Un hombre encabronado

Zadie Smith, una de las embajadoras de Knausgard en el mundo anglosajón, ha afirmado que necesita el próximo tomo de Mi lucha como una dosis de crack. ¡Pero Zadie! ¿Qué tiene el crack Knausgard que no tengan otros? El crack te deja sin piños en un santiamén. Te tumba en la cuneta. Te insta a desvalijar a tu familia. Te relega a las aceras de la periferia. Te convierte en un zombie. Te mata. Nada de eso le sucederá a Zadie ni a ningún otro lector de Knausgard, claro. Entendemos que se trata una analogía hiperbólica para describir la adicción que los libros del noruego han despertado en ella. Es el mismo Knausgard el que anda algo devastado por su propia obra, como un Saturno devorando a sus hijos pero al revés: la familia de su padre dejó de hablarle. Su esposa, víctima de un brote bipolar que casi la tira por la ventana en el año 2000, ha caído en una profunda depresión. Él lee libros de física por las esquinas para ver si logra reinventarse como escritor. O sea, todo mal excepto su cuenta corriente.

Mi tedio ocio estival, que todo se lo traga, se ha tragado también el primer tomo knausgardiano y la mitad del segundo. Mientras, sus lectores en español se tiran de los pelos porque el tercero solo aparecerá en mayo de 2015. La literatura solo es adictiva cuando es folletinesca. Detrás de todo escritor adictivo se agazapa un editor sensato. Y que son 3.600 páginas, joder. Qué menos que seis tomos, ¿no?

La muerte del padre (500 páginas en la edición de Anagrama) comienza con un ensayo sobre la muerte y un bello pasaje paradigmático de la relación del niño Knausgard con Knausgard padre. Tras alguna referencia a su vida actual (admito que la descripción del carácter de sus hijas me conmovió un poco) regresa a la adolescencia para recrearse en lo etílico y lo sexual. Y luego la muerte del padre. Como todos sabemos, el padre murió alcoholizado en medio de una montaña de mierda en casa de la abuela. Entonces Knausgard dedica 200 páginas a narrar cómo limpiaron la casa su hermano y él. 200 páginas. Yo las leí todas. Estoy escribiendo este post para tratar de explicarme por qué.

No satisfecha con el colofón doblemente neurótico del primer volumen, me hice con el siguiente para saber más. Más de Knausgard. Allí estaba él, fregando los azulejos del baño meticulosamente. Yo aquí, espiando sus movimientos, presta a hacer la prueba del algodón cual jurado de un reality show. “Karl Ove, hay un poco de mierda seca allí arriba. Límpiala bien, por Dios. Que no quede rastro de la agonía y la pudrición de tu padre. Ni en el baño ni en ti”. Knausgard era mi amigo. Al menos hasta que pudo saciar una cierta demanda de voyeurismo. El lector de Knausgard es un voyeur de la despampanante banalidad de nuestro tiempo. Y quiere más. Por eso no me extrañaría que Knausgard se convierta en uno de los escritores más influyentes del siglo XXI. Hasta que el público se canse y cambie de canal. O abra nueva ventana en su explorador.

En Un hombre enamorado (628 páginas) Knausgard novela su llegada a Suecia y el encuentro con la que será la madre de sus hijos. Pero hacia la página 200 se convierte en Un hombre encabronado. Imagino que el encabronamiento extremo de querer estar solo y escribir pero tener una familia que atender es el tema fundamental de las 300 páginas que me faltan. Esta lucha trasciende al costumbrismo sueco y acaso no sea más banal que los pulsos que nos echamos a nosotros mismos en la barra de un bar cualquiera, cuando ya es madrugada e invitaríamos a una ronda a cualquiera que se acercase para contarnos su vida.

Pero todo lo que cuenta el autor en el segundo tomo es tan jodidamente burgués que se convierte en basura apenas lo toca. Me pregunto hasta qué punto está Knausgard en conflicto con esa “clase media cultural sueca” que le es en cierta medida ajena pero a la que pertenece al fin y a la que tan profusamente narra. Ahora nos lo venden como un proscrito, pero en verdad no es más que un narcisista grafómano que hace lo que puede.

“Knausgard ha roto la barrera del sonido de la novela contemporánea”, ha dicho Eugenides. Ja ja.

Knausgard esculpido en bronce

Knausgard esculpido en bronce

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2 comentarios en “Un hombre encabronado

  1. Cuando llega el mail de Hanna O. Semicz, reacciono porque sé que será algo interesante; no siempre lo leo, sobre todo porque me alejé radicalmente de los libros de literatura, antes mi pasión, y me genera ese conflicto del emigrante aún adolorido cuando tiene noticias de su tierra. Este lo lei porque me enteré de la existencia de Knausgard el otro día y, por supuesto, la atracción se generó de inmediato (soy amante en particular de los ángulos autobiográficos, papeles personales, diarios, cartas, de escritores y otros personajes). Me encanta que alguien sea capaz de apostar un juicio a contrapelo de todos los demás, señalar el bluff, la superficialidad de la reacción en torno al reality show en el que nos hemos convertido. Siempre me pregunté si “La novela luminosa” de Mario Levrero podría tener interés para quien no lo hubiera conocido personallmente (y reconozco que casi todo ese interés proviene del hecho de que haya muerto: la NL, es decir su prólogo de como 400 páginas, nos regaló un año más de su “vida” luego de que no estuvo más, pero reconozco que me pasó los borradores de los primeros dos meses y se los devolví diciendo que me aburrían… y se enojó… veo que en eso me parezco a Hanna O. Semicz). Pero la novela convulsionó ciertos círculos, acercó lectores y académicos, se dijeron cosas como “la más gigantesca construcción contemporánea de un yo” (algo así); a mí no me parecía tal cosa, sino Levrero retratándose a sí mismo hasta la obsesión, porque ya no podía escribir otro tipo de cosas, ya no le interesaban siquiera. Por supuesto, alguien que escribe muy bien y que además es interesante no es lo mismo que leer los papeles de otro cuyo alcance existencial sea “ola ke aze”. Me pregunto si el fenómeno Knausgard no viene en esa dirección, pero catapultado por un verdadero escaparate internacional, lo que magnifica su alcance y dimensión “rumbo al Premio Nobel”.
    Mis respetos a H.O.S., que es capaz de acercarnos una mirada personal, prolífica y comprometida (en el buen sentido, no de Folklorita, Venceremos! de los años 70s), además de alimentar la blogósfera, que pienso podría ser el camino de retorno a Ítaca luego de este deshebramiento de comentarios sagaces e inútiles en que nos perdemos a causa de las redes sociales, plaga de los últimos años.
    Y lamento confirmar mi percepción (ya fue desmentida, lo sé) de que H.O.S. no es mujer, sino una narradora construida por un hombre: cada vez que aparecen conjugaciones en femenino me chocan, porque a pesar de llamarse Hanna en mi imaginación estoy leyendo a un hombre que escribe desde una recóndita madriguera. Pero todo esto es lo de menos.

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