Esto no es una novela, David Markson

Posibles denominaciones genéricas para la obra en marcha del Escritor, citas no atribuidas, cómo murieron algunos de los artistas más influyentes de la cultura occidental y también las descalificaciones que se dedicaron unos a otros: Esto no es una novela. Todo en el estilo epigramático, conciso, ahorrador, de David Markson.

This is not a novel (2001) es la segunda obra de la tetralogía “The notecard quartet”. La primera, Reader’s block (1996) también fue traducida al español por La bestia equilátera. La tercera, Punto de fuga, la tradujo la editorial mexicana Verdehalago y no sé quién se encargará de la cuarta, The last novel (2007), que fue de verdad lo último -novela o no- que Markson escribió. Curiosamente ninguna de las necrológicas que he leido especifican la causa concreta de su muerte a los 82; solo dicen que lo encontraron sin vida sus hijos en la cama. En los 70’s y 80’s Markson había escrito novelas policiales y después de su monumento a Lowry dio el salto experimental con Wittgenstein’s Mistress (1988), publicada por Dalkey Archive Press después de ser rechazada por 54 editoriales.

En realidad sabes dibujar tan bien… ¿Por qué te la pasas dibujando todas esas cosas raras?

Picasso: por eso

(…)

En realidad, el Escritor ha escrito algunas novelas relativamente tradicionales. ¿Por qué se dedica a hacer este tipo de cosas?

Por eso.

(…)

El Escritor está bastante tentado de dejar de escribir.

El Escritor está mortalmente aburrido de inventar historias.

Una novela sin ningún tipo de indicio de argumento.

Y sin personajes. Ninguno.

Que sin embargo induzca al lector a seguir pasando las páginas.

Sin acción, la quiere el Escritor.

Una novela sin escenario.

Ergo, finalmente, sin descripciones.

Una novela sin motivaciones centrales predominantes, quiere el Escritor.

Por lo tanto, asimismo, sin conflictos y/o confrontaciones.

¿Es esto una novela? Esto no es una novela será lo que el Escritor quiera que sea. Para que las cosas sean solo hay que nombrarlas. Pero la duda de Markson es más epistemológica que literaria o formal. Y es una duda no formulada: emana del argumento subterráneo del texto, de la superposición de sentidos. Si de clasificar el texto se trata, si de ponerle alguna etiqueta que sirva a la crítica se trata, el Escritor -el primero de los críticos- baraja la posibilidad de que su obra en marcha pueda considerarse:

  • “Una novela” (p. 30)
  • “Un poema épico” (p. 32)
  • “Una secuencia de cantos que esperan ser numerados”(p. 35)
  • “Una especie de mural” (p. 49)
  • “Una autobiografía” (p. 68)
  • “Un perpetuo montón de acertijos” (p. 86)
  • “Algún tipo de ópera polifónica” (p. 88)
  • “Una disquisición sobre sobre las enfermedades de la vida del arte” (p. 102)
  • “Una alternativa en prosa a La tierra baldía” (p. 119)
  • “Un tratado sobre la naturaleza del hombre” (p. 129)
  • “An assemblage [no lineal, discontinuo, en forma de collage]” (p. 147)
  • “Una variante contemporánea de El libro egipcio de los muertos]” (p. 167)
  • “Una fuga verbal” (p. 192)
  • “Una tragedia clásica” (p. 193)
  • “Una especie de comedia” (p. 208)
  • “Su propio Finnegans wake” (p. 209)
  • “Algo que no encaja en ninguna categoría” (p. 207)
  • “Nada más ni menos que una lectura” (p.213)
  • “Una lectura no convencional, por lo general melancólica, aunque a veces incluso juguetona” * (p.213)

O un compendio solapado y sintético de todo el patrimonio cultural de Occidente.

Pero todo esto (el nombre dado a la cosa, arbitrario como todo signo) no es más que una falsa refutación de su propio título y también una tautología. Además de dinamitar el concepto de novela tradicional, Markson resta toda importancia al asunto confrontándolo con la muerte. Porque This is not a novel es una novela sobre la muerte.

– ¿Sobre la muerte de la novela?

– No. Sobre la muerte de cada uno de nosotros. Sobre el fin.

Esta entristecedora suma de epitafios y certificados de defunción nos enfrenta con el hecho objetivo, nombrable, atribuible casi siempre a algún tipo de fallo orgánico, de nuestra muerte segura. Nuestra segura muerte será un dato, una cifra, un renglón (con suerte) sintácticamente correcto. ¿De qué morirá el Lector? ¿De una infección pulmonar, como Kierkegaard? ¿De Alzheimer, como Katherine Ann Porter? ¿Atragantado con una semilla, como Anacreonte? ¿De un ataque al corazón, como Orson Wells? ¿De esclerosis lateral amiotrófica, como Charles Mingus? ¿De neumonía, como Simone de Beauvoir? ¿De una infección intestinal, como César Vallejo? ¿De cáncer de próstata, como Marcel Duchamp? ¿De cirrosis hepática, como Rubén Darío? ¿De una infección renal tras años de consumir heroína, como Billie Holliday? ¿De cáncer de garganta, como Alejo Carpentier?

Una novela elíptica de la historia del arte. Una suma de datos con sentido no evidente, novela o no. Un libro que fomenta la hipocondría.

*La traducción es de  @LauraWittner para @labestiae

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La amante de Wittgenstein

Abrimos el libro y habla una mujer desde un paisaje rocoso. Desde la costa. Desde una playa.  Hubo un tiempo en que vivía en los museos, dice. Vivió en el Louvre. Vivió en la Tate. En el Metropolitan. En los Uffizi. Alguna vez se protegió del frío haciendo leña con el marco de un Rembrandt. Hubo un tiempo en que estaba loca, confiesa. Tuvo un hijo también. No sabe con certeza la edad que tiene. Alrededor de cincuenta, tal vez algo menos. Los signos fisiológicos le ayudan a llegar a alguna conclusión: aún menstrúa, conserva la dentadura. Tiene un pedazo de espejo. Su monólogo erudito y neurótico intercala informaciones sobre la Ilíada con detalles doméstico-silvestres: ella tiende sus bragas al sol sobre las rocas.

Es la última mujer sobre la faz de la Tierra. No hay nadie más. Todo presenta el aspecto de un gran naufragio. En la arena de la playa desde donde habla la resaca ha dejado 3000 años de cultura occidental: sus astillas refutadas. Después tenemos la impresión de que esta última mujer de la Tierra ha atravesado el tunel de la cultura para irse a vivir a un lienzo de Giorgio De Chirico. La improbable amante de Wittgenstein (él prefería muchachos francos y rudos que encontraba por la calle) viene y va de Homero a Dostoiesvski; de Miguel Ángel a Magritte; de Troya al Soho haciéndose preguntas, desmontando con las dudas sembradas en su propio discurso algo que podríamos llamar tradición. Proponiendo cosas que podrían haber sido.

La mujer nos habla desde la memoria de lo deglutido en algo parecido a una existencia anterior. Y nos habla (a nadie, puesto que está sola) con el lenguaje. Y consciente de que el lenguaje es la herramienta que posee para decir/recordar/comprender repite como un mantra que “el lenguaje suele ser impreciso/ engañoso”. Por ejemplo:

En una ocasión Turner se hizo amarrar al mástil de un barco varias horas, durante una tremenda tormenta, para poder más tarde pintar la tormenta.

Obviamente, no era la tormenta en sí lo que Turner tenía intención de pintar. Lo que pretendía pintar era una representación de la tormenta.

He descubierto que el propio lenguaje suele ser impreciso en este punto.

El libro está compuesto por claúsulas o proposiciones más o menos cortas separadas por puntos y aparte. La incertidumbre (sobre su propia memoria, sobre el lenguaje, sobre la existencia de ciertos hechos) rompe constantemente el sesgo discursivo del monólogo.

Una de las tesis del libro es, siguiendo a Wittgenstein, que el mundo es la totalidad de los hechos (reales/posibles), no de las cosas (“el mundo está hecho de cosas que suceden”, dice ella en más de una ocasión). En su necrológica de Wittgenstein, Russell cuenta la siguiente anécdota: entre las primeras alusiones a un pensamiento filosófico propio de Wittgenstein se encuentra la declaración “no es posible conocer lo empírico” y “las proposiciones existenciales carecen de significado”. Para refutar a Wittgenstein con una afirmación existencial, Russell propone: “¡De momento no hay ningún hipopótamo en esta habitación!”. Esta última proposición carece de significado, pero no de sentido. Si no existen tales proposiciones, cuando constatamos algo sobre ellas, esas constataciones son absurdas. La amante de Wittgenstein (voy a llamarla novela postpocalíptica metafísica) busca -como el El Tractatus- determinar los límites de lo que puede decirse de forma sensata.

Wittgenstein’s Mistress (considerada por la crítica el punto más alto de la novela experimental en USA (pdf, DFW) fue rechazada por cincuenta y cuatro editoriales y publicada al fin en 1988. En España la tradujeron Antonia Kerrigan y Horacio Vázquez Rial para Ediciones Destino un año después. Y es el único libro de Markson traducido y publicado en España. Y hay un único ejemplar (ahora en mi poder) en las bibliotecas públicas de la comunidad de Madrid.

Un fragmento:

Una última curiosidad. A través de un artículo de Jorge L. Madinabeitia para Esquire me entero de lo siguiente: (copio parte del texto)

Antes de su muerte, Markson decidió legar (¿vender?) su biblioteca personal a la mítica librería neoyorkina Strand, cuyos estantes fatigaba con regularidad. Pronto, usuarios de esta librería comenzaron a descubrir primeras ediciones de clásicos americanos, y otros, firmadas por Markson en la tapa o en la guarda, muchas de ellas profusamente subrayadas y anotadas. Los primeros compradores descubrieron, por ejemplo, que Markson había subrayado todas y cada una de las frases donde decía «Preferiría no hacerlo» en su edición de Bartleby el Escribiente de Melville, que no le había gustado nada Ruido Blanco de Don Delillo, o que encontraba la última novela de Gaddis, Agape se paga (Sexto Piso, 2008), «monótona, tediosa, repetitiva».

El rumor se corrió rápido y ‘marksistas’ y amantes de la literatura comenzaron a revolver y buscar, entre los miles de libros indistinguidos, ediciones asequibles de unos ejemplares que normalmente irían a parar a la biblioteca de alguna universidad del medio oeste americano. Y así dieron con una primera edición en tapa dura de Los Reconocimientos por 9 dólares, el ejemplar de Markson del Quijote, en dos volúmenes, por 25 dólares, o El bosque de la noche, de Djuna Barnes, por 7,50.

50 cajas con alrededor de 50 libros cada una acabaron en Strand y es presumible que aún queden, inadvertidos, libros con la firma de Markson en algún carro o en alguna de las 18 millas de estanterías de Strand, como reza su rótulo casi centenario. Enseguida algunos de esos cazadores se organizaron en Facebook para compartir sus hallazgos. Hubo incluso quién creó un blog Reading Markson Reading— dedicado a publicar las glosas y comentarios nacidos de la mano de Markson.

Punto de fuga, David Markson

“La  historia de la Literatura es como el eco que reproduce una cámara de sonido, que va debilitándose con cada nueva reiteración (…) El postmodernismo, nombre que en el fondo no hace más que añadir al modernismo una dosis de desesperación, nos ha conducido al final del juego: todo está a nuestro alcance pero nada nos sorprende. En el pasado, cada gran afirmación contenía un manifiesto y cada vida literaria era una invitación a la heterodoxia; pero hoy todo es fotocopia, nota a pie de página, gesto teatral. Ni la originalidad misma es ya capaz de sorprendernos. Hemos presenciado tantos ejercicios de estilo y forma que incluso algo original en cada uno de sus componentes contiene la novedad como meta-cualidad y así nos resulta, paradójicamente, reconocible al instante”.

Después de anotar este fragmento del demoledor ensayo de Lars Iyer Desnudo en la bañera, asomado al abismo pienso que el placer de leer a David Markson (New York, 1927-2010) reside en su renuncia a la narrativa. Estoy hablando de Vanishing Point (2004), Punto de fuga (2011) en la traducción de la editorial mexicana Verdehalago. Punto de fuga es el tercero de los libros que componen la tetralogía “The notecard quartet”, precedida de La soledad del lector (Reader’s block, 1996)  y This Is Not a Novel (2001) y cerrada por The Last Novel (2007). En Iyer pensé al recordar que Markson escribió en los años 60 cuatro o cinco novelas policiales y tras un silencio de casi veinte años regresó en 1988 con Wittgenstein’s Mistress dando un golpe de timón hacia la novela experimental. Así podemos afirmar que Markson ingresa en la historia de la literatura por los libros que escribió ya en su tercera edad. En el mundo académico era conocido por su famoso estudio de la ópera lowriana: Malcolm Lowry’s Volcano: Myth, Symbol, Meaning, publicada en USA en el 78. Los lectores de Hanna O Semicz recordarán que aquí amábamos a Markson antes de leerle,  por haber afeitado a Lowry cuando a él le temblaba la mano.

Si el placer de leer Punto de fuga está en la renuncia a narrar de Markson, su interés reside en la cualidad biográfica de su contenido. En Punto de fuga Markson continúa el trabajo comenzado en La soledad del lector. Pero aquí el Autor está solo, y viejo, tratando de completar un libro. Hay un incremento de la fatiga (cansancio, desmemoria) que tal vez exima a Autor de la responsabilidad del resultado.Va ordenando las notas de las fichas que guarda en cajas de zapatos: una sucesión de datos sobre artistas desde la antigüedad griega hasta el siglo XX (sin orden cronológico y de nuevo, preferentemente, del mundo anglosajón): niveles de pobreza, relación con otros artistas; gestos que nos revelan la bondad o la mezquindad del genio: hechos expuestos siempre por Autor de la más sucinta de las maneras. De ellos brota una pregunta que Autor se hace (y casi nunca formula) sobre la condición humana del genio, o sobre las circunstancias en las que cumplió la obra. Y en las preguntas que a su vez el lector se hace y en su capacidad para responderlas se agazapa la extraodinaria novela que Markson decide no escribir.

¿Por qué existe en la novela de Markson un “Autor” y no un “Escritor”?

“El autor es indudablemente sólo una de las posibles especificaciones del sujeto, y considerando transformaciones históricas pasadas, parece ser que la forma, la complejidad, e incluso la existencia de esta función, se encuentran muy lejos de ser inmutables. Podemos imaginar fácilmente una cultura donde el discurso circulase sin necesidad alguna de su autor. Los discursos, cualquiera sea su status, forma o valor, e independientemente de nuestra manera de manejarlos, se desarrollarían en un generalizado anonimato” (Michel Foucault).

¿Podemos afirmar que el único personaje de Punto de Fuga es Autor, al que el narrador se refiere en tercera persona?

Dice el narrador (Markson) de la novela de Autor (Markson):

El que haya cambiado sus notas de lugar no quiere decir que Autor tenga una idea real de hacia dónde se dirige el libro. Lo ideal, de hecho, es que termine en algún lugar que incluso lo sorprenda a él mismo.

No lineal. Discontinuo. Como un collage. Un montaje.

Una novela de referencia y alusión intelectuales, para de esta manera no hacer menos a la novela.

Una no semificción semificcional.

Tercamente intertextual y de sintaxis interconectiva críptica.

¿Fue Menandro quien anunció que su nueva obra ya estaba terminada y que lo único que faltaba era escribirla?

Reader’s post

Vivíamos en una gran casa de campo. (¿Quiénes? ¿Cuántos hombres y cuántas mujeres?) O tal vez fuera una de esas casas suburbanas prototípicas de los Estados Unidos, con porche y con tablones de madera. Uno de los hombres moría. Tal vez le asesinó a palazos uno de nosotros.  A alguien se le ocurría esconder el cadáver en un colchón. Alguien abría el colchón, metía dentro el cuerpo, cosía el colchón y lo tapaba con un edredón floreado. Era una estúpida manera de esconder un crimen. Alguien sugería que no tardaría en oler. Entonces se decidió que lo enterraríamos en el jardín. Pero por alguna razón no esclarecida había que esperar para hacerlo una hora propicia.

Esto lo soñé la noche en que terminé de leer La soledad del lector.

Ahora el Lector tiene dos posibilidades: escribir la novela que el Protagonista plantea/bosqueja o escribir su propia novela de Lector, haciendo que el Lector pase a ser el Protagonista. ¿O son el Lector y el Protagonista la misma persona? ¿Soy yo el Lector? El Protagonista es el Autor.

Ser o no ser.

Una autobiografía hecha de experiencia lectora. Citas atribuidas o no, datos biográficos más o menos banales de quienes han escrito (pintado, esculpido, compuesto) la historia de la cultura occidental. Y dentro el armazón de una novela hecha de dudas sobre su propio devenir. Sobre los hechos que contendrá. Una novela hecha de complementos circunstanciales.

Porque ¿Quién soy Yo?

En cualquier caso Markson menciona la anécdota del after shave en La soledad del lector, cosa que yo ignoraba cuando escribí el post del día 11. Lo hace en estos términos (la traducción es de Laura Wittner para La Bestia Equilátera):

“Para el pasado nuevamente lejano del Protagonista:

Malcolm Lowry: Tengo una historia divertida para contarte, de algo que sucedió cuando no estabas.

Protagonista: ¿Sucedió? Ay, carajo. Se huele en todo el departamento. ¿No te habrás tomado mi loción de afeitar?

(Y unas páginas después):

La loción de afeitar que Malcolm Lowry se tomó era Mennen Skin Bracer.

El Protagonista seguirá teniendo la misma marca sobre un estante del cementerio”.

¿Y no es acaso la novela una convención tan flagrante como una autobiografía? ¿Puede una biografía ser una biografía?

Planteamiento. Nudo. Desenlace.

Hypocrite lecteur, – mon semblable, – mon frère!

Apelemos a la experiencia lectora de nuestros lectores en los libros que escribimos (para ellos).

El libro de Markson cumple la misión de todo arte verdadero postmoderno: desasosegarnos con preguntas incómodas durante (al menos) más de media hora.

Markson fagocita la tradición. Su ruptura con ella es formal.

“David Markson, narrador de la muerte de los artistas” (El País) Un título casi despectivo para una necrológica. Prefiero la del New York Times: David Markson, Postmodern Experimental Novelist, Is Dead at 82.

En aquella época Margerie le llenaba a Lowry la boca de pastillas antes de irse a dormir. Le decía a Markson que eran vitaminas para ayudarlo a afrontar la resaca del día siguiente.

Pero Markson no estaba seguro de que fueran vitaminas.

¿Qué bebió después Lowry en la fiesta?

Estuvo en silencio más de una hora en un rincón. Después se llevó las manos a la boca y empezó a producir sonidos de jazz, interpretando con la “trompeta” viejos temas de Dixieland como “Singing the blues” de Beiderbecke.

Ningún incidente. Todo debe suceder en la conciencia del escritor.

Escribir proustianamente sobre la obra de Markson.

Apoteosis del fragmento o muerte.

Lowry tenía pánico a contraer sífilis. ¿Fue violado Lowry?

Rimbaud fue violado. Bruce Chatwin fue violado.

Chatwin fantaseaba con ser violado en un camino solitario.

¿Y quién no, querida?

Diría Reinaldo Arenas.

La tétrica mofeta.

Después Markson lo afeitó por última vez y los Lowry se embarcaron rumbo a Italia.

¿Por qué seguimos fotografiando las nubes?

Markson escribió novela negra. Y novela experimental a partir de 1988 con La amante de Wittgenstein. Reader’s block (1996). This is not a novel (2001). Vanishing Point (2004) The Last Novel (2007).

Cuando Nabokov vivía en Ithaca veía desde su escritorio cómo los pájaros se emborrachaban con el escaramujo de los rosales y se estampaban contra las ventanas. Algunos se partían el cuello.

I was the shadow of the waxwing slain/ By the false azure in the windowpane.

Fue su casa americana favorita, en el 880 de Highland Road, en Cayuca Heights.

Casa de un profesor en año sabático. De nombre Lauriston Sharp.

Casa de cedro, estilo rancho. Con un gran ventanal que daba a las nieves que cubrían un hayedo pelado.  Nabokov vivió en esta casa en 1956-1957. Allí gestó el principio de Pálido Fuego (1962)

A principios de 1957  Markson le envió a Lowry The Recognitions (1955) de William Gaddis.

A mediados de ese año Lowry murió ahogado con su propio vómito. En algún lugar de Inglaterra. Es casi seguro que The Recognitions fue lo último que leyó.

¿Pynchon? ¿Alumno de Nabokov en Cornell?

El hermano menor de Nabokov, Sergei, murió en un campo nazi. Era homosexual y vivía en Berlín.

El padre murió en Berlín de un disparo que no iba dirigido a él.

No es imposible que Nabokov se cruzase con Kafka en un tranvía de Berlín en 1923.

No es imposible que se cruzara con Joseph Roth.

“El mundo está hecho de cosas que ocurren” (La amante de Wittgenstein)

Lo contrario de esta afirmación es igualmente cierto, como es obvio.

Lowry le agradecía a Markson el envío de The Recognitions en la última carta que le escribió. Aunque después de esta carta le escribió todavía una postal. Que fue con toda seguridad lo último que escribió Lowry.

¿Le dio algún consejo Lowry a Markson el último día que se vieron?

De todo lo que hagas y dondequiera que vayas, ¡toma notas siempre!

Lowry le escribió a Markson que The Recognitions le parecía una obra “verdaderamente fabulosa, una Glorieta super Recargada y una secreta Catapulta del alma, y a la vez en extremo divertida” (la traducción es de Carmen Virgili para Tusquets)

¿Leyó Lowry Lolita (1955)?

“Death for misadventure”

El escritor nos saluda con la mano desde las ruedas dentadas del engranaje de la novela.

Pero esto no es una novela.

El after shave de David Markson

Leí por primera vez el nombre de David Markson en la biografía de Malcolm Lowry de Douglas Day (Fondo de Cultura Económica 1983). Markson era el joven universitario que había escrito una tesis sobre Bajo el volcán que entusiasmó a Lowry y a Margerie y de ahí nació la amistad. Leí por segunda vez el nombre de Markson en la biografía de Lowry de Gordon Bowker Perseguido por los demonios, publicada en español también por el Fondo de Cultura Económica en 2008 y en inglés (Pursued by the furies) en 1993. Mientras leía esta segunda biografía me llegó la noticia de la muerte de Markson y tal vez por esta razón fijé la siguiente anécdota donde reluce entre ambos escritores un frasco vacío:

A principios de septiembre de 1954 (a Lowry le quedaban poco menos de tres años de vida) Malcolm y Margerie viajan a Nueva York y se hospedan en el pequeño apartamento de Markson, en la calle 113 Oeste, cerca de la Universidad de Columbia. La compañía aérea en la que habían volado desde Vancouver perdió el equipaje, que contenía el manuscrito de Ferry de octubre a Gabriola y Malc pasó unas días de angustia indecible hasta que apareció la maleta (el historial de manuscritos quemados, perdidos y rechazados constituye como se sabe capítulo aparte en la biografía de  Lowry. Este incidente venía precedido de innúmeros desastres. Los más recientes fueron el rechazo de Random House y la fractura de una vena y varias costillas cuando se cayó en el cuarto de baño tratando de liberar a una paloma (explicó él) que se había quedado atrapada en el eje del ventilador).

Las alucinaciones y los temblores de Lowry durante aquella estancia en casa de Markson le llevaban a ver búhos en las ventanas y le incapacitaban para afeitarse. Los espasmos matutinos sólo se calmaban después de dos dedos de ginebra con zumo de naranja. Utilizaba una vieja corbata a modo de cinturón y su conversación era más farragosa que nunca.

Frank Taylor había organizado una fiesta a la que estaban invitados los Lowry y a la que acudirían agentes y editores y también Conrad Aiken. Aquel día Markson tenía compromisos editoriales y Margerie tenía que salir, así que dejaron solo a Lowry en el apartamento. “Margerie estaba decidida a llevarlo sobrio a la fiesta, de manera que escondió todo el licor y dejó únicamente un paquete de seis cervezas”.

Cuando Markson regresó flotaba en el aire un olor diferente y encontró a Lowry con una sonrisa tonta en los labios. “Tengo algo divertido que contarte”. Pero Markson ya sabía de qué se trataba: él tenía un frasco de after shave marca Mennen con un 50% de alcohol y Malcolm se la había bebido entera. El bueno de David le afeitó (reviviendo la escena donde Hugh afeita al cónsul en Bajo el volcán, señala el biógrafo) y se fueron a la fiesta, que fue devastadora. Fue la última vez que vio a Aiken. Para trabajar en Ferry de Octubre y en Lunar Caustic Lowry estaba siguiendo el consejo de su maestro: “en la novela no debe suceder nada, ningún incidente. Todo debe suceder en la conciencia del escritor”. A su vez Lowry lanzaba consejos a Markson, escritor embrionario de obras de ficción: “No trates de demostrar que tienes talento, de lo contrario te verás obligado a hacer algo fuera de tu alcance”.

El nombre de Markson ha pululado ante mí en los últimas semanas de manera insistente vía blogs vecinos a raíz de la (primera) traducción al castellano y publicación de Reader’s block (La soledad del lector, La bestia equilátera, Buenos Aires) en este año 2012 de Nuestro Señor. Saludo desde aquí a la bestia, cuya edición acabo de mercar por veinticuatro euracos. El recuerdo de esta anécdota (el aliento de Lowry, la bonhomía de Markson) precede a mi lectura de Markson.

PS. Mi bulldog inglés está leyendo La amante de Wittgenstein y tras haber alcanzado la página 93 alza la vista de sus gafas de pasta y me comenta contrariado que no hay acción, que no pasa nada, que hay el discurso de una loca,  algo así como una pintora lanzando piedras a toda la cultura occidental.