Bolaño entre paréntesis

Respecto a Roberto Bolaño (Santiago de Chile 1953, Barcelona 2003) albergo dos o tres sospechas:

1. Que su muerte y su editor español sobredimensionaron la valía de su obra.

2. Que tal vez su prosa mejora en la traducción al inglés (Los detectives salvajes me pareció un libro traducido al español). Eso explicaría en parte el fervor anglosajón hacia Bolaño, cuya escritura, despojada de toda voluta barroca, parece obra de uno de los nuestros. Sus temas ofrecen además la dosis exacta de otredad que la etiqueta postboom lleva implícita. Y eso facilita mucho las cosas. Es decir, metemos en una coctelera a la generación beat y le añadimos algo de exotismo (lo sudamericano) y un poco de malditismo literario y obtenemos la road movie que el New Yorker necesita. El realismo visceral: de Burroughs y Henry Miller a McCarthy para llegar a Ellroy. Digo Ellroy porque en algún lugar del libro que comento Bolaño dice que James Ellroy representa lo mejor que se está escribiendo en inglés en este momento (finales de los noventa o principios de los 2000). Se refiere en cambio despectivamente al “palabrerío” de David Foster Wallace.

3. Que aquella joven promesa hoy cuarentona de las letras latinoamericanas y probablemente argentino, a qué dudarlo, pergeña en sus noches nuevos inéditos de Bolaño en connivencia con su agente y su viuda. El único requerimiento es que los manuscritos lleven en su título palabras como policía, sabueso, puta, lumpen, salvaje, nocturno, bourbon.

Quede claro que hablo exclusivamente desde el despecho. Desde un lugar incómodo, desde esa silla de pinchos de la que se levanta con las manos vacías el lector que se siente estafado. Empecé 2666 y frené en seco en la página ciento poco. Cuando llego a la página cien de una novela de más de mil sin haber encontrado un motivo para seguir, la dejo.  Luego estaba aquella fea historia de que Bolaño había planeado publicar 2666 en cinco volúmenes para así incrementar las ganancias de sus herederos. Ese dato indeseable conduce inevitablemente a pensar que Bolaño había escrito aquello con ese único objetivo: aumentar los réditos aun a costa de la calidad, alargando hasta el absurdo una historia escrita con una prosa nerviosa y como yerma que en aquel momento me impacientó. Abandoné también Los detectives salvajes cuando me faltaban unas veinte páginas para terminarla. Dejó de interesarme cuando vi que la novela no cumplía ni iba ya a cumplir aquello que prometía. Estaba la anécdota pero le faltaba el alma. Una novela cuyo corazón pretende ser un órgano coral no puede ser ejecutada con una sola nota. Seguramente se trate de una incapacidad mía, pero no logré escuchar “el flujo de voces” de la segunda parte de la novela. Las voces me parecieron solamente una. No, me dije, no estaba a la altura del bombo y del platillo que había tañido la crítica. Bolaño, por supuesto, no tenía nada que ver con eso. Fueron los críticos quienes la nombraron “mejor novela mexicana de la contemporaneidad”, y esto no significa gran cosa si no existen términos de comparación o si tenemos reciente y presente Bajo el volcán y el resto es silencio. Como el propio Bolaño sabe, las mejores novelas sobre México las escribieron anglosajones: D.H Lawrence, Malcolm Lowry y Graham Greene. Bolaño califica de virtuosa Mantra, la novela mexicana de Rodrigo Fresán. Antes de él, Carlos Fuentes y Fernando del Paso.

Los detectives salvajes tiene, hay que admitirlo, partes muy divertidas como esta:

Y en Latinoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque este tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rohka (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora y junto con Lezama todos los poetas de la Revolución Cubana (Diego, Vitier, el horrible Retamar, el penoso Guillén, la inconsolable Fina García) excepto Rogelio Nogueras, que es un encanto y una ninfa con espíritu de maricón juguetón. Pero sigamos. En Nicaragua dominan mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos, tipo Ernesto Cardenal. Maricas también son los Contemporáneos de México…

De hecho –prosiguió imperturbable San Epifanio–, Muerte sin fin es junto con la poesía de Paz, La Marsellesa de los nerviosísimos y sedentarios poetas mexicanos maricas. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa, Rubén Bonifaz Nuño, bujarrón amariposado, Sabines, bujarrón abujarronado, nuestro querido e intocable Josemilio Pe, loca. Y volvamos a España, volvamos a los orígenes: Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus padrotes del alma. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una estaca removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que aman y odian con toda su alma) descubren en sus propios ojos hundidos la identidad del Chulo de la Muerte.

La gracia se devalúa cuando abrimos por curiosidad la novela póstuma Los sinsabores del verdadero policía y vemos que comienza con la exacta retahíla de mariconería poética sudamericana. Cabe suponer entonces que Bolaño no necesita un negro postmortem para seguir vendiendo; a su agente, albacea o editor le basta con sacar a la luz viejos borradores o novelas en elaboración que tal vez Bolaño no hubiese querido publicar, toda vez que algunos de esos papeles se habían decantado ya en Los detectives salvajes.

Vuelvo a acercarme a Bolaño leyendo Entre paréntesis (Anagrama, 2004), que recoge su labor articulista desde 1998 (fecha de la publicación del premio Herralde de novela Los detectives salvajes, catapulta de su fama) hasta su muerte cinco años después. Son crónicas y columnas publicadas en Diari de Girona y en Las últimas noticias (Chile). Una especie de “cartografía personal”, una forma de autobiografía, compendio de opiniones y reflexiones literarias donde vemos al Bolaño escritor y al Bolaño lector, al Bolaño que regresa, al Bolaño que ya se fue.

Su tema es la literatura y así lo vemos desde la primera crónica, Derivas de la pesada, donde esquematiza los tres tentáculos de la literatura argentina después de Borges: el primero lo representaría Osvaldo Soriano, “un buen novelista menor de fácil acceso a las masas de lectores”. Dice Bolaño que “con Soriano los escritores argentinos se dan cuenta de que pueden, también ellos, ganar dinero”. Basta “un poco de humor, mucha solidaridad, amistad porteña, algo de tango, boxeadores tronados y Marlowe viejo pero firme”. (Vemos que aquí vilipendiar con ligereza a otros escritores es lo más fácil del mundo; la enumeración de sus temas como si de una receta de cocina se tratase rebaja al puesto de pinche la labor del crítico). El segundo tentáculo nace de Arlt y va hasta Piglia, fundador de la iglesia de Arlt y que teje en torno a él “un desvarío gansteril”. La tercera línea la encarna Osvaldo Lamborghini, muerto en Barcelona a los 45 años, autor de Tadeys, “una novela insoportable que sólo leo cuando me siento particularmente valiente”. El problema de Lamborghini según Bolaño es que se equivocó de profesión. “Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapero, o como sepulturero”. Esta “corriente secreta” de la literatura argentina continúa con su albacea César Aira, “que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini cristaliza en obras memorables como el cuento Cecil Taylor o la nouvelle Cómo me hice monja, pero que en su deriva vanguardista y rouselliana la mayor parte de las veces sólo es aburrida”.

De cierto interés es la crónica de su regreso a Chile por primera vez desde 1974. En ella relata una cena un tanto sórdida en casa de Diamela Eltit (casada con Jorge Arrate, portavoz del gobierno de Frei, cuestión esta que pone muy nervioso a Bolaño) y en compañía de Lina Meruane, que ya había escrito Las infantas y que “escribe como una demonia”. Habla también de Pedro Lemebel, uno de los fundadores del grupo activista Las yeguas del apocalispsis y a quien Bolaño considera uno de los más notables escritores chilenos de los últimos años. De Donoso dice que escribió tres buenos libros, el mejor El lugar sin límites. “Decir que él es el mejor novelista chileno del siglo es insultarlo. No creo que él pretendiera tan poca cosa. Decir que está entre los mejores novelistas en lengua española de este siglo es una exageración, se mire como se mire. Chile no es un país de novelistas”. Skármeta y Teitelboim “son dos funcionarios” a quienes “no salva ni Dios” y la literatura de Isabel Allende “es mala pero está viva”.

Alan Pauls es uno de los escritores argentinos que más le interesa y a quien más teme; la prosa de Jaime Bayly le parece luminosa; Rodrigo Rey Rosa es el mejor de su generación, “maestro consumado” de prosa “metódica y sabia”.

Fragmentos próximos al dietario, que se hacen íntimos cuando recorre lugares de España -Blanes, Madrid o Sevilla- o didácticos y nunca exentos de humor como en Consejos sobre el arte de escribir cuentos.

Cierra el volumen la última entrevista que concedió, la que le hizo Mónica Maristain, entera aquí:

Mónica: “¿con quién le gustaría encontrarse en el más allá?”

Bolaño: “no creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal”.

Me cae bien Bolaño, esa es la verdad. Leyendo la entrevista veo que a él lo hubiera asqueado tanto halago desmesurado, tanta inevitable comparación grandilocuente; siempre evitó caer en “los potreros de la cursilería”, que eran precisamente sus “potreros natales”.

¿Dejó Bolaño Diarios? Creo que no, pero me gustaría que así fuera. Seguramente entonces pasaría definitivamente a formar parte de los escritores cuya no-ficción prefiero frente a sus cuentos o novelas, como me sucede con Cheever o Ribeyro. De todas maneras que mi comunicación con Bolaño es mejor de lector a lectora que de escritor a lectora lo demostrará el hecho de que algunas de mis próximas lecturas serán, así lo creo, un par de los libros que recomienda.

Anuncios