Nymphomaniac vol.1

Más que la historia de una ninfómana contada por ella misma, Nymphomaniac vol. 1 es la potencialidad de una conversación, la posibilidad de cura de una enfermedad que no existe. Es lo hermoso y lo inesperado floreciendo de una confesión de culpa. Porque la ninfomanía no existe y Lars Von Trier lo sabe. Entonces va y elige a Stacy Martin como protagonista. Una colegiala flaca, con marcas de acné en la cara, modosa siempre en ropas y gestos. Stacy Martin (de nombre Joe en el film, además) es el corazón (y no sólo el corazón) de la película. Tampoco olviden, caballeros, activar la suspención de la incredulidad, que han apagado las luces y el mundo ahí fuera no existe. Relájense y disfruten. No se dejen engañar por los carteles promocionales. Eran sólo una pista falsa del perversito Lars, que nos regala, al fin, la menos dañina de sus películas. De Rompiendo las olas, del Anticristo y de Melancholia salí convulsionando. De esta salí de muy buen humor. Cualquiera de las anteriores es tal vez mejor que esta adolescente que es toda ternura hasta en sus decisiones más violentas. A la risotada sobre las convenciones sociales (Los idiotas), a la banalidad del mal (Dancer in the dark), al sacrificio (Rompiendo las olas), a la sosa caústica vertida sobre ese simulacro de pueblo americano que encarnaba teatralmente los límites de la crueldad humana cuando se organiza para vivir en sociedad (Dogville, Manderlay) ha seguido la búsqueda de redención. También aquí se insinúa este camino. Es de esperar que la segunda parte, que debe estrenarse este año, eche por tierra estas benignas impresiones de hoy. Algo me dice que una magullada (no sabemos aún que pasó) Charlotte Gainsbourg continuará narrando a su ecuánime complaciente interlocutor una deriva cada vez más oscura y más dolorosa de una adicción aún en primera fase.

Nymphomaniacstacynymphomaniac 2wiki: Nymphomaniac is the wild and poetic drama story of a woman’s erotic journey from birth to the age of 50 as told by the main character, the self-diagnosed nymphomaniac, Joe (Charlotte Gainsbourg). On a cold winter’s evening the old, charming bachelor, Seligman (Stellan Skarsgård), finds Joe beaten up in an alleyway. He brings her home to his flat where he tends to her wounds while asking her about her life. He listens intently as Joe over the next 8 chapters recounts the lusty story of her very much erotic life. The story is divided in 2 volumes and 8 chapters, Volume I follows Young Joe as portrayed by Stacy Martin and Volume II follows Joe as portrayed by Charlotte Gainsbourg.

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Melancolía, de Lars Von Trier

“Hacía tiempo que un director no lograba que una actriz con semejante par de tetas luciese tan melancólica”. Esta frase la leí hace unos días en un blog y aunque estuve a punto de indignarme y tomar la reseña por un simple comentario chabacano acabé riéndome de buena gana. El director del que hablaba el artículo era Lars von Trier y la actriz, evidentemente, Kirsten Dunst. El autor del artículo evocaba la escena en que la Dunst yace tendida junto a un lago tomando no el sol sino las azuladas radiaciones del planeta Melancolía, próximo a estamparse contra la Tierra para provocar así su irremisible extinción.

El autor del artículo comentaba también que, desde todos los puntos de vista (o mejor dicho a simple vista) Charlotte Gainsbourg hubiese sido una mejor candidata a ejercer de melancólica. Por flaca (por plana) y por fea. Pero que sin embargo el cabrón de Lars von Trier había elegido a una actriz con semejante potencial físico para encarnar a la melancólica, a la que renuncia a llevar una vida razonablemente acomodada y exitosa, a la que sabe que la vida es malvada, a la que espera el fin de mundo sin aspavientos, a la que convierte su último gesto en un gesto de esperanza, a la que es capaz que convertir el fin del mundo en una especie de juego para su sobrino y construir una chocita.

Hay un momento terrible en Melancolía en que el espectador sabe que no hay marcha atrás. El momento en que una Kirsten casi cianótica de tan demacrada, una Justine que no encuentra un sentido para levantarse de la cama, se sienta a la mesa (a rastras) ante el reclamo de su hermana, que ha preparado para ella su plato favorito, pastel de carne. “Si no reacciona ante esto no reaccionará ante nada”, viene a decir, ingenua, la burguesa Charlotte. Y claro, Justine no reacciona. Y no sólo no reacciona, sino que escupe el bocado y arranca a llorar ante una constatación amarga: le sabe a ceniza. Este momento terrible magistralmente filmado y espectacularmente interpretado hace visible los síntomas de su enfermedad.

Hipócrates consideraba la melancolía una enfermedad. Aristóteles en cambio la veía como un estado sublime en que el enfermo era capaz de producir como por encanto obras sanas, resistentes a los avatares del tiempo, capaces de cautivar a las personas. Aristóteles, fiel a la tradición hipocrática, parte de la observación del cuerpo: también considera insano el predominio de la bilis negra respecto a los otros humores, pero ve la fuerza determinante en la temperatura de la bilis negra.

En su libro Melancolía, László F. Földenyi explica que la singularidad y el desamparo asumidos de manera consecuente aíslan al melancólico; pero si bien sufre a causa de esta situación, la vive de manera muy diferente de lo que puede parecer a ojos de un observador. Los trastornos psicosensoriales que experimenta el melancólico expresan esa diferencia: siente un vacío en la cabeza, no percibe el cuerpo como suyo, su visión perspectiva y su percepción del tiempo se ven perturbadas, etc. Para el mundo externo todo esto parece injustificado. Sin embargo, al melancólico le sirve para construir su mundo propio, con una entrada inaccesible para los demás. Las alucinaciones, visiones y trastornos psicosensoriales, combinados con una conciencia absolutamente intacta, no tienen un origen sólo físico o sólo psíquico, sino que son mensajeros de una peculiar vivencia de la existencia […] El mundo nuevo del melancólico nace desde la conciencia de haber desaprovechado sus posibilidades, por un lado, y de ser víctima de una profunda injusticia por otro: las posibilidades se han vuelto imposibles y lo que parecía imposible (ser prisionero de sí mismo) se ha realizado.

Las cualidades visionarias de Justine (“yo sé cosas”- le confiesa a su hermana-, y una de las cosas que sabe es que estamos solos en la galaxia y que la extinción de la vida humana es inminente, aunque esto último no lo dice y en virtud de este secreto los últimos minutos de la película funcionan como una bomba de relojería) y su indolencia casi total -su negativa a bañarse, a levantarse de la cama, a conversar- son los otros síntomas de los que se sirve el director para construir el carácter melancólico del personaje en la segunda parte. Pero Melancolía es el planeta que se acerca a la Tierra contra todo pronóstico científico.

Ante este hecho consumado (vemos que se acerca, que no hay marcha atrás) las reacciones humanas son variopintas pero desde luego muy humanas todas: el suicidio, la alocada desesperación, la impasibilidad. Lars von Trier nos invita a reflexionar sobre lo esencial, sobre lo que nos atañe absolutamente: a qué vamos a destinar el resto de nuestras vidas. El final está ahí aunque no miremos […]