La formidable Djuna Barnes

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Cuando Andrew Field, primer biógrafo de Djuna Barnes (Nueva York 1892- 1982), la llamó a su apartamento del Greenwich Village en 1977 solicitándole una entrevista personal la escritora quiso saber qué pinta tenía. Cuando él dijo que llevaba barba ella respondió que más le valía que se la afeitara para ir a verla. Field, que sólo se la había recortado un poco, llegó acompañado de su esposa Meg. La octogenaria Djuna le preguntó cómo había podido casarse con un hombre con barba. ¡Es repugnante!, exclamó. Tras una pausa agregó que después de todo era mejor así: así no se le veía la cara. Field declara que aquella tarde con Barnes fue la más larga de su vida. Cinco años más tarde ella se mostró alternativamente complacida y furiosa pero más lo segundo que lo primero con el libro de Field, publicado el mismo año de su muerte a los noventa años y calificado por Field como “biografía no autorizada”: la única intervención de la protagonista fue aquella conversación de cuatro horas en el crepúsculo de su vivienda.  (Hubo que esperar quince años para que apareciera una nueva biografía de la más notable escritora americana de entreguerras, la más perdida de la generación perdida : Djuna: The Life and Work of Djuna Barnes, de Phillip Herring). No he leído la segunda, pero la primera le transmite al lector la desagradable impresión de un trabajo no ordenado del todo, de un borrador al que aún se le va a dedicar algún tiempo más con el fin de evitar indeseables saltos temporales y  tediosas digresiones genealógicas. La traducción de una tal Elsa Mateo tampoco ayuda demasiado. La verdad.

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Después de su regreso forzoso de París a Estados Unidos cuando estalla la Segunda Guerra Mundial pasa los últimos cuarenta y dos años encerrada en su apartamento de Patchin Place, en una esquina del Greenwich, sobreviviendo gracias a la modesta dotación mensual que recibía de su amiga Peggy Guggenheim. Era la autora de Nightwood (1936), probablemente la novela más importante escrita por una mujer en el siglo XX, dice Field (y por ende en cualquier siglo, añado yo). Así quiero imaginar a quienes alguna vez escribieron una novela de culto. Solos en un apartamento oscuro alfombrado de papeles, olvidados de comer  (forzados a no beber) y tratando a patada por culo a quienes lloriqueaban en el portal suplicando verla (Anïs Nin y Carson McCullers intentaron denodadamente que Miss Barnes les abriera la puerta y sólo encontraron la bilis de la anciana desde la ventana exhortándolas a desaparecer de su vista right now).

Djuna Barnes frente a su casa en Greenwich Village

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“No soy lesbiana. Simplemente amé a Thelma”, afirmó Barnes. De hecho tuvo numerosos amantes masculinos e incluso un embarazo abortado. Field sostiene que la falta de hijos es uno de los temas más constantes en la obra de Barnes y su determinación de no tenerlos una creencia profundamente asumida tanto en su vida como en su obra. El biógrafo se refiere a través de una nota al pie en Ryder (1928) a la postura de Barnes respecto a la (no) procreación. “En la antigüedad no era una noción poco común ni poco respetada. El término colectivo encratitas se emplea para describir a aquellos primeros cristianos heréticos que decidían abstenerse de la carne y del matrimonio, entre otras cosas por la creencia de que la carne es en sí misma esencialmente perversa y debe ser resistida (…) Hasta el siglo cuarto de nuestra era la secta de los abelitas proponía uniones espirituales para el matrimonio común y se oponía a toda procreación (…) Los defensores más conocidos de la no procreación fueron los saturnianos, que a finales del siglo primero después de Cristo siguieron las enseñanzas de los saturnianos gnósticos. Para los saturnianos, el vínculo del hombre con el animal es mucho más fuerte en el pensamiento occidental anterior a Darwin que en ninguna otra época. A raíz del énfasis puesto sobre la bestialidad humana y de la necesidad que tiene el género humano de no tomarse la vida seriamente y de abstenerse de procrear, el pensamiento de Djuna Barnes debería llamarse saturniano cristiano. Le da el aire de una especie de criatura descomunal que se creía extinguida y que de súbito aparece aparece sombríamente viva desde otra era. Sombríamente viva y – con reservas- afligida y sonriente”. Sombría y oscura como una muñeca rota en el bosque de la noche.

La relación de Djuna Barnes con la primeras sectas postcristianas no es caprichosa. Su tío abuelo Thomas Cushman Buddington, uno de los muchos espiritualistas de la familia, publicó en 1886 un libro que trataba de Julián el Apóstata y de las relaciones entre el paganismo y el cristianismo. Zadel Barnes, la abuela de Djuna, descendía de tres hermanos Barnes que a principios del siglo XVII se trasladaron a Norteamérica procedentes de Inglaterra. En la historia de la familia hay una bruja: Mary, primera esposa de Thomas Barnes de Hartford, que murió ahorcada.

Thelma Wood

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Djuna Barnes nunca fue a la escuela ni a ninguna otra institución educativa. Siendo aún adolescente empezó a colaborar con diversas publicaciones neoyorquinas escribiendo artículos, columnas o reportajes que ella misma ilustraba. Su abuela Zadel -que publicó varios libros- fue una figura clave en su educación.  Sostiene Field que durante la juventud de Zadel las letras norteamericanas sufrieron una importante transición en estilo y contenido. Emerson, Irving, Thoreau, Hawthorne y Melville “escribían en inglés corriente sobre su nuevo y provinciano país”. Pero en la década siguiente al final de la guerra civil surgió un grupo que no cantaba a los Estados Unidos sino que se hizo consciente de la pobreza cultural de su situación, sintiendo el dolor inesperado de la ruptura con la cultura europea. James Whistler, Henry James, T.S Eliot y la propia Djuna pertenecían a este grupo. Cuando la guerra civil terminó se abrió un debate acerca de las posibilidades de la cultura norteamericana que se prolongó hasta bien entrados los años veinte. Entonces Hemingway dijo: “algo les ocurre a nuestros escritores al llegar a cierta edad. Los destruímos de diversas maneras”.

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Cuando regresó a Nueva York Djuna Barnes empezó a presentar su novela a los editores. El manuscrito no sufrió las consabidas demoras sino que entraba y salía de los despachos “como expulsado por una engrasada puerta giratoria de una película muda”. Pero la novela había ganado fervientes admiradosres antes de llegar a imprenta: Dylan Thomas, Edwin Muir y T.S Eliot. Un joven editor de Faber ya había rechazado el manuscrito por sus temas y sus posibilidades comerciales.  Barnes había escrito 190.000 palabras que redujo a 65.000. Cuando al fin la novela fue aprobada, Eliot dijo que quisiera reducirla más aún. Pero su más notable aportación fue el título: de “Anatomy of the night” pasó a “Nigthwood”. Djuna lo aceptó de buen grado. El título contenía la involuntaria marca secreta de Thelma. Además wod significa locura en inglés antiguo. Emily Coleman logró derribar la última resistencia de la editorial diciendo que era amiga personal del censor y que utilizaría su influencia a su favor en caso necesario. Después Eliot escribió el consabido prólogo y la novela salió al aire. El bosque de la noche recibió críticas favorables pero no se vendió. Oscura, difícil, retrato decadente de un mundo en crisis, lésbica, isabelina, art decó construida con un propósito trágico, piedra angular de su tiempo. Fue evidentemente incomprendida. También lo fue The Antiphon (1958), obra teatral de ardua composición que la mantuvo ocupada durante más de una década. Después de eso sólo escribió poesía. Trazada en esos papeles que alfombraban su apartamento del Greenwich y que antes de su muerte pidió destruir junto todo lo demás.

No se cumplió.

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