Cómo me relacioné con El libro uruguayo de los muertos

1

El libro uruguayo de los muertos es misterioso desde su título. El objeto que el libro es alienta ese misterio aunque revele a la vez cierta información convencional que acompaña a todo libro (sinopsis argumental en la contra, somera biografía del autor en la solapa etc).

Vemos sin embargo que un título grave que nos catapulta directamente por asociación al tibetano (guía de instrucciones para los muertos, considerando que la muerte dura 49 días y después de ello sobreviene un renacimiento en el ciclo de la reencarnación) está ilustrado con un motivo lúdico: ocupa la totalidad de la tapa lo que parece ser un patito de goma fotografiado. De goma o no lo que sí es cierto es que se trata de un pato de grandes ojos con las patas colocadas sobre una base delgada de madera o de cartón colocada a su vez sobre una superficie terrosa o acaso de cemento. Tres datos rodean al muñeco: El libro uruguayo de los muertos, Mario Bellatin (sin tilde en la i) y Sexto Piso. En la solapa interior se nos dice que Bellatin nació en México (en 1960, pero esto no lo dice) estudió teología y cine, que es practicante del sufismo y que tiene más de cuarenta libros publicados. A continuación se enumeran algunos de los premios con los que ha sido galardonado así como los proyectos creativos que capitanea. Una gran foto del autor acompaña esta breve lista de méritos. La fotografía parece tomada por el propio autor. Se trata de una fotografía en blanco y negro de su rostro. Un rostro de ceño fruncido y boca abierta en un gesto de desafío o de desprecio. ¿Desprecio hacia quién o hacia qué? Desprecio, pienso, hacia la imagen de uno mismo. Patada a la solemnidad posada de este tipo de retrato. O tal vez quiere mostrar una imagen de sí agresiva y desdeñosa. Lo que sí es seguro es que Bellatin deseaba que esa y no otra fuera la foto de solapa de este libro, el segundo de los suyos que publica Sexto Piso (el primero fue Disecado en 2011)

En la sinopsis de la contraportada no me detengo mucho. Prefiero sumergirme directamente en su interior para que se vayan desvelando los misterios en el tiempo de la narración. Después seré yo misma quien redacte una sinopsis, tal vez.

Para redondear el misterio del que se toca el libro como objeto (objeto bello y digno de observarse antes de dejarse caer en él) mencionaré que una faja lo arropa, faja roja que nos dice que si queremos recibir un libro-fantasma de Mario Bellatin debemos escribir un correo a la editorial manifestando este deseo. Cuando he leído unas ochenta páginas del libro me animo a escribir a la dirección de correo que sexto piso indica en la faja. Me responden enseguida pidiéndome la dirección postal a la que deben enviarme el libro-fantasma. Mientras espero la recepción del libro-fantasma sopeso la posibilidad de que la editorial me envíe un sobre vacío.

Pero comencemos a leer:

Página 28: “Decisiones: rompí mi relación con los editores de mis últimos libros. Desde ahora publicaré en México con la editorial Sexto Piso. En Argentina con Entropía o Eterna Cadencia y en Francia con la pequeña y concisa Passage du Nor Ouest y la consabida Galimard. Deseo editores atentos a mi trabajo, que entiendan y aprecien sus movimientos. Nada con gente fea y usurera”.

Bellatin publicaba antes en España con Anagrama, vendida según creo a Feltrinelli. Supongo que la gente fea y usurera son ellos, aunque debe haber más. Esta franqueza me produce un oscuro regocijo.

2

Bellatin trae y lleva  al lector por una construcción que convencionalmente llamamos libro. Lo lleva y lo trae de la realidad (o lo que el lector en connivencia con el autor asume como tal) a la ficción (a la invención) propiciando a través de una “narrativa performática” una serie de trasmutaciones que acaban identificando ambos conceptos en una suerte de ósmosis.

Cuando el libro-fantasma de El libro uruguayo de los muertos llega a mis manos se produce de nuevo un pequeño desconcierto. Unas 14 páginas sin numerar con fragmentos de El libro y una cantidad igual de fotografías tomadas por el autor. Las fotos, reproducidas en blanco y negro y hechas con una cámara Diana o pinhole son fragmentos de realidad vistos como en un sueño. Ilustran partes de la narración. Justifican la existencia de unas cuantas anécdotas que el libro refiere.  Pero todo se ha puesto en duda. ¿Las fotografías son reales pero el entorno narrativo que Bellatin ha creado para ellas son ficción?

No importa averiguarlo. No se trata de comprender un argumento o de dilucidar una trama. Se trata, creo, de asomarnos al proceso creativo de un artista ocupado en forzar ciertos límites. Difuminando con el lenguaje el borde de las cosas. Inclinando nuestras pocas certezas del lado contrario al esperado.

El libro uruguayo de los muertos se lee como un diario fragmentario de Bellatin. En él da cuenta de sus proyectos a un corresponsal al que sólo vio una vez pero con el que compartió algo valioso. El corresponsal funciona como leitmotiv, una excusa para armar una falsa epístola de tono confidencial donde el misterio se cultiva y adquiere una relevancia que luego acentúan las fotografías.

Paul Valéry escribió en sus Cuadernos (cito de memoria) que para hacer la crítica de un libro hay que saber primero lo que el autor se propuso. La crítica tendría entonces que ver con el hecho de si el autor logró o no hacer la obra que se había propuesto. En la página 65 Bellatin (o su alter ego lúdico y un poco perverso; “lo lúdico es lo lúcido” dijo otro mexicano) habla de ” mi fracaso consuetudinario cuando se trata de involucrar a alguien más en alguna construcción que no sé por qué razón denomino como luminosa. Me impuse un periodo de prueba para ver si el problema mayor -el de no poder interesar a quien me agrada- es capaz de resolverse”.

Involucrar sería aquí la palabra clave. De qué manera el lector se involucra en el libro (en la propuesta). Por otra parte hablar de construcciones luminosas me hace recordar la novela póstuma de Levrero, y encuentro entre ambas un cierto parentesco de orden místico.

Como este es el primer libro de Bellatin que leo y las referencias biográficas y artísticas que tenía de él eran escasas me he entregado a su lectura desde una inocencia casi absoluta. Cuando termino de leer sé que Bellatin me ha engañado, ha mentido, ha jugado. La forma del libro me ha inducido de alguna manera a dar por hecho la veracidad de lo narrado. Como si eso importara. Sin embargo lo que hace Bellatin es construir un laberinto donde meterse y meternos. “No mueras sin laberinto” repite el recientemente fallecido escritor cubano Lorenzo García Vega en El oficio de perder. Construir un laberinto para después salir de él.

Así hace Mario Bellatin. Al hilo de la narración nos hace recorrer a veces un mismo pasadizo. Por esa esquina ya pasé. Ya construí con palabras este pedazo de ficción para tropezar de nuevo en ella. También para dar constancia del artificio. No hay una pizca de inocencia en la obra de Bellatin. No puede haber inocencia. La literatura (y el objeto en que se encarna) es de una vez y para siempre un viaje de vuelta.

3

Página 154: “De pronto aparece ese otro yo. En medio de la espesura, desde la oscuridad más profunda empieza a mostrar su forma. Aparece y desaparece. Sólo se advierten fragmentos. El movimiento de una mano. De pronto la oscuridad, la más absoluta. El vacío y su silencio. Hasta que, de improviso, el otro termina siendo mi yo. No importa de quién se trate. Solamente será importante que siga cierta conducta. Dirigida por mí mismo hasta en sus últimos detalles. Se presenta en ese supuesto otro una no-conducta perfecta. No tiene interés que lo haga de manera consciente. Es el movimiento en el que incluso el otro puede ser bautizado como regazo, ceniza, desecho, composta. Se presenta, se impone y en lugar de fortalecer cualquier construcción -de servir como una suerte de caldo de cultivo- por el contrario, su naturaleza es la de corroer, de desintegrar, de crear un agujero, dejando la rasgadura, lo cortado por la mitad. Una sombra con nada tras de sí”.