Ágape se paga, de William Gaddis

En su reportaje sobre el rodaje de Carretera perdida, David Foster Wallace explica por qué Los Ángeles es, después de todo y a pesar de la tendencia de Lynch a filmar en pueblecitos siniestros, un lugar decididamente lynchiano, entendiendo por lynchiano algo que alude “a un tipo particular de ironía donde lo muy macabro y lo muy rutinario se combinan de tal forma que revelan que lo uno está perpetuamente contenido en lo otro”. Es 1995. DFW observa una ciudad llena de coches relucientes cuyos conductores, incluso los muy ancianos, hablan por teléfono todo el tiempo y donde hay gente extraordinariamente atractiva y bien vestida por la calle. Desde su habitación del hotel el escenario es claramente posthopperiano. Ve un “centro comercial de color aguamarina y salmón con escaleras mecánicas futuristas que suben en ángulos oblicuos por el exterior del edificio” y sin embargo en tres días no ve a nadie subiendo o bajando por esas escaleras. En el vestíbulo del hotel “suena una bonita música de piano Steinway, pero cuando vas a poner una moneda en el platillo del pianista resulta que no hay nadie tocando, que el piano se está tocando a sí mismo, pero no es una pianola, sino un Steinway normal con una extraña caja computerizada atornillada debajo del teclado; el piano toca veinticuatro horas al día y nunca repite un solo tema”.

Este piano acondicionado en los 90 para ser nieto de aquellos primeros pianos mecánicos de 1909 es precisamente la vuelta de tuerca de la pianola que Gaddis coloca en el centro de su diatriba contra una técnica que ha logrado que la música prescinda de su intérprete.

Una pianola atraviesa la literatura norteamericana.

Escrita en 1998 y publicada por vez primera en 2002 por Viking Press, Agapē Agape es el estertor de William Gaddis (Nueva York, 1922-1998): en su lecho de muerte compone su obra mientras su tiempo se acaba.  En boca de su alter ego Jack Gibbs nos lo dice: tiene que ordenar ese “montonazo” (la traducción es de Miguel Martínez-Lage) de papeles y apuntes que le rodean, tiene que dejar zanjada la cuestión testamentaria mientras su cuerpo se apergamina y se pudre. Su propósito largamente postergado es hacer la historia de la pianola en Estados Unidos, centro y símbolo de la mecanización del arte, el papel troquelado como antecedente directo del sistema binario que  abolirá lo que solíamos conocer como humano y dará paso a la supresión del artista propiciando la falsificación. La suplantación del artista por el prestidigitador de masas hace destilar a Gaddis una bilis tan amarga (tan negra) como la de Baudelaire ante la mercantilización del arte. El primer animal clonado, la oveja Dolly, bala innominada desde el centro del relato.

“Tan sólo un minuto para explicar toda esta demencia con los ordenadores de los que está perdidamente enamorada la ciencia y enamorada hasta las patas la tecnología con esta explosión del progreso y de la revolución de la información, de lo que estamos en el fondo enamorados es de esa gente que gana millones, que gana miles de millones con los chips informáticos con los circuitos impresos con los programas de ordenador un tío que gana treinta mil millones de dólares al año porque eso es precisamente lo que siempre nos ha encandilado (…) ¿en qué consiste Norteamérica, en qué ha consistido siempre, si no se trata de esos treinta mil millones de dólares?”.

Este clima de ruina moral y apoteosis del fragmento y del recorte Gaddis lo aglutina en monólogo encabronado, a veces delirante, perorata tragicómica, sonata, pataleta. Vestido de frac para decir lo último el viejo Gibbs lanza un salivazo más o menos lúdico tratando de respirar entre la amalgama de ideas y alusiones que le vienen encima en frases muy largas casi siempre, omitiendo las comas a veces y sin puntos y aparte: sesenta y cinco páginas en la edición de Sexto piso convenientemente arropadas por elocuentes prólogo y postfacio de Rodrigo Fresán y Joseph Tabbi respectivamente. Paradójico que este sea “el libro en el que trabajó durante toda su vida” si echamos un vistazo a The recognitions (1955), obra de algo más de mil páginas que Gaddis terminó con veintisiete años y publicó con treinta y tres. Entre la primera y la última JR (1975), Carpenter’s gothic (1985) y A frolic of his own (1994): un total aproximado de 2200 páginas de ficción frente a estas 65 de testamento. Las traducciones españolas dormían en el limbo de los libros descatalogados hasta que llegó Sexto piso y decidió reeditarlas, empezando por Ágape se paga (2008) y Gótico carpintero (2012). JR y Los reconocimientos estarán disponibles en 2013.

Canto de cisne también, reloj de cuco, tiovivo y collage; el “estilo despojado” que Gaddis admiraba en Berhnard era consecuencia de los efectos de la prednisona, la droga que ambos tomaban por prescripción facultativa para aliviar uno los síntomas del enfisema pulmonar y de la tuberculosis el otro. A su hijo Gaddis le contó que despertó cantando la primera vez que tomó el fármaco, cuyo colocón es responsable de los meandros y la calidad alucinatoria del texto, apunta Tabbi. Entonces vemos a Gaddis convertido en poco menos que un autómata. Porque este monólogo, esta pieza inconclusa para piano mecánico si se me permite, esta densidad de sintaxis dislocada es el fruto del delirio de un moribundo empecinado en construir su artilugio para decirnos ahí os quedáis, hijos de puta, ahí os quedáis con vuestros premios, entretenimientos, mentiras en serie y demás. Ustedes también van a morir. Traten de ensayar una mejor manera de ahogarse.

“El colectivo definitivo, el rebaño atontado y silenciado y boquiabierto ante la sangre el sexo las armas volarse por los aires los unos a los otros hechos pedazos es la única participación que se consigue tal vez chicos que lo vean a la mañana siguiente irán a clase con la sola idea de cepillarse a sus compañeros se acabó el elitismo se acabó la élite lo mismo da donde quiera que uno vaya la extensión de la mera multitud con su, cómo la llamó, lo que Huizinga llamaba, a ver, ¿lo sabes? Su sed insaciable de actividades recreativas banales y de sensacionalismo crudo, la masa de los mediocres que van ensanchando el abismo la popularidad de una obra se mide por su mediocridad dice Melville lo cual no es precisamente noticia ¿o sí? Las masas invaden la provincia del escritor dice Walter Benjamin cien años después, ahora han caído las defensas no queda provincia ya, en el estante con los hombres blancos muertos lo que quieres es el abismo verdadero”.

Tabbi nos recuerda la procedencia de ágape: “Agape –la comunidad del amor fraterno que celebraron los primeros autores del cristianismo- se ha desmadejado, ha quedado boquiabierto, pasmado (no es otro el significado del vocablo inglés agape, adjetivo que en su raíz tiene el vocablo gape, grieta, hendidura, resquebrajadura)”. Agapē Agape en el original en inglés, agonie d’agapè en francés, L’agonia dell’agape en italiano, Agape se paga en español, aprovechando acaso el palíndromo que subraya la circularidad y le guiña el ojo a lo que de lúdico y cerrado tiene la obra.

En el original:

“. . . falls right into line doesn’t it, collapse of authenticity collapse of religion collapse of values what Huizinga called one of the most important phases in the history of civilization, and Walter Benjamin picks it up in his Art in the Age of Mechanical Reproduction in this heap somewhere, the authentic work of art is based in ritual he says, and wait Mr. Benjamin, got to get in there the romantic mid-eighteenth century aesthetic pleasure in the worship of art was the privilege of the few. I was saying, Mr. Huizinga, that the authentic work of art had its base in ritual, and mass reproduction freed it from this parasitical dependence. Ah, quite so Mr. Benjamin quite so, turn of the century religion was losing its steam and art came in as its substitute would you say? Absolutely Mr. Huizinga, and I’d add that this massive technical reproduction of works of art could be manipulated, changed the way the masses looked at art and manipulated them. Inadvertently Mr. Benjamin you might say that art now became public property, for the simply educated Mona Lisa and the Last Supper became calendar art to hang over the kitchen sink. Absolutely Mr. Huizinga, Paul Valery saw it coming, visual and auditory images brought into homes from far away like water gas and electricity and finally, God help us all, the television. Positively Mr. Benjamin, with mechanization, advertising artworks made directly for a market what America’s all about. Always has been, Mr. Huizinga. Always has been, Mr. Benjamin. Everything becomes an item of commerce and the market names the price. And the price becomes the criterion for everything. Absolutely Mr. Huizinga! Authenticity’s wiped out when the uniqueness of every reality is overcome by the acceptance of its reproduction, so art is designed for its reproducibility. Give them the choice, Mr. Benjamin, and the mass will always choose the fake. Choose the fake, Mr. Huizinga! Authenticity’s wiped out, it’s wiped out Mr. Benjamin. Wiped out, Mr. Huizinga. Choose the fake, Mr. Benjamin. Absolutely, Mr. Huizinga! Positively Mr. Benjamowww! Good God! a way to find a sharp pencil just sit still avoid stress stop singing what, anybody heard me they’d think I was losing my, that I’d lost it yes maybe I have . . .”

(Biblioklept ha publicado aquí abundante material sobre Gaddis, incluida la entrevista a cargo de Malcolm Bradbury)

Catorce años después de la muerte de Gaddis vivimos en el reino MIDI, no el mediodía de la música sino la interfaz digital: ausencia de intérprete y de instrumentos. Presionando la “a” obtienes la sección de vientos de una sinfónica grabada para la biblioteca de samples de Logic. Presionando la “b” ya tienes los violines. Hasta un caniche con buen oído podría conseguir una perfecta orquestación.

Disparad sobre el pianista. No lo necesitamos.

La falsificación del mundo es la verdad.