Petra’s under the volcano

La naturalidad con que el gato abrió interponiendo su pezuña entre el marco y el acabado metálico de la puerta de cristal no me impidió a mí cerrarla acto seguido. No supe ver en su acción el gesto repetido de la sirvienta al caer la tarde: finalizadas sus tareas sale al umbral a ver quién pasa. Cargada de instinto de conservación cerré la puerta justo delante de su hocico. Un par de veces. Después me despreocupé echando de nuevo un vistazo sobre el anaquel de novela en español. Pero antes le pregunté al dueño si el gato podía salir. Creo que tardó en entender mi pregunta. Actué aprensivamente. Una piensa que los gatos escapan, que salen a la noche y no regresan o que corren peligro de atropello. Entonces el hombre me dijo en un tono jovial pero pedagógico que a donde había comida los gatos regresaban siempre. Que este salía un rato a la acera y después volvía. Cuando miré de nuevo estaba encaramado en el capó de un coche negro vigilando el portal de un club de topless de la calle Campomanes, su inmensa grupa apuntando hacia Petra’s. Había sido una presencia poderosa cuando abrimos y entramos después de cinco años. Rodeado de miles de libros polvorientos nos miró desde una redondez bastante plácida aceptando de buen grado la carantoña que él hacía más honda embistiendo la mano con la cabeza. Como durante casi un minuto nos pareció que era el único ser vivo de la tienda estuve tentada de decirle de modo teatral buenas tardes estamos interesados en literatura europea. Pero enseguida el hombre que atendía emergió no se sabe de dónde (después vi que había una cocina en la trastienda) y el teléfono sonó.  Él respondió a una pregunta sobre un disco de Eric Clapton que su interlocutor formulaba. Entonces me di cuenta de que el hombre era bilingüe o que por lo menos hablaba buen inglés. Inmediatamente le supuse marido de Petra. Y si le supuse marido de Petra fue porque con anterioridad yo había asumido de manera infundada que la librería Petra’s tomaba su nombre de la señora inglesa que la regentaba. Como si una inglesa pudiera llamarse Petra. Más tarde, cuando una señora verdaderamente inglesa entró a la tienda con unos libros bajo el brazo para trocar y preguntó por Constance me di cuenta de que Petra era en verdad Constance, y entonces lo que no acababa de comprender era el apóstrofe y la ese que lucía el nombre de Petra en el rótulo de la entrada denotando propiedad. Who the hell is Petra? El gato se encaramó confianzudamente en la espalda de la inglesa sin que esta dejara en ningún momento de buscar novela histórica en alemán. Después, a poco que se pregunte, una se entera de que Petra fue la primera gata que habitó el local allá en 1991, cuando una estudiante inglesa abrió la librería para paliar el déficit de lugares que vendían en Madrid libros usados en varios idiomas.

Crédito imagen: @lanzaflor

Él fue a husmear en la estantería del pasillo que quedaba oculto desde la estancia principal y regresó blandiendo un pequeño volumen. Era una edición Penguin de Under the volcano un poco manoseada, con un fragmento de mural de Diego Rivera en la cubierta. Tengo en casa la edición de Bruguera libro amigo y también la de Tusquets, que es la que he leído. La de Penguin me gustó. Y como la verdad es que todo en Petra´s era novela histórica y gótica y romántica y Ken Follett y Thomas Hardy decidí llevármelo porque no me gusta salir de las librerías de ocasión con las manos vacías.

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