Baroni: un viaje

Baroni: un viaje (primera edición argentina de 2007, primera edición española de 2010) es el segundo libro de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956) que leo. El primero fue Mis dos mundos (2008), brevemente reseñado unas fechas más abajo. Pero el argentino ha escrito ocho novelas de 1990 a 2004; la última de este periodo se titula Los incompletos y contó con el apoyo de una beca Guggenheim. Creo que todas estas novelas se han publicado bajo el sello Alfaguara en Argentina y en España son difíciles de ver y de encontrar. Último recurso: Amazon.es, aunque por lo que he visto, a día de hoy sólo dos de sus libros están disponibles en el catálogo. Que un libro determinado no sea demasiado fácil de encontrar me anima a buscarlo, porque esa búsqueda puede generar a su alrededor una especie de literatura detectivesca que seguro acabará indicando si la indagación valió o no la pena.

Baroni: un viaje nos habla ante todo del arte (pero también de la vida y la muerte) como representación. La figura central del libro es Rafaela Baroni, escultora y artista performática venezolana, aunque al hilo de la narración aparecen otros artistas como los poetas Barreto y Juan Sánchez Peláez y el escultor Juan Andrade. Ni novela, ni biografía novelada, ni diario. Baroni: un viaje, al igual que Mis dos mundos, no cuenta con la artificial y usual división en capítulos. Se trata de una prolongada reflexión en primera persona en la que el autor expone sus contactos con Baroni, sus encuentros en varios pueblos preandinos de Venezuela, las transacciones mercantiles con ella y las meditaciones que las figuras talladas por la artista popular le han despertado. El origen del libro es, en palabras de Chejfec, “una conmoción que no sabemos de dónde procede pero que tiene un rango conceptual o intelectual, aunque al mismo tiempo desconocemos el significado de lo que se está diciendo”. Así, la combinación entre conmoción, elocuencia e incertidumbre da como fruto un libro que no tiene como cometido el deseo expreso de iluminar una zona determinada de la realidad tal cual es, sino generar duda. El carácter religioso de la duda de Chejfec me recuerda el aforismo de Kierkegaard “la fe es el coraje de sostener la duda”.

“De manera natural, personas como Baroni conocen sus propios límites y casi siempre un instinto benigno les aconseja no sobrepasarlos. Ella hace pequeñas estatuas que ocupan dos campos, el del arte y el de la religión; estas obras en ningún momento se proponen traducir una totalidad, incluso tampoco buscan un argumento en particular, ninguna aserción, nada de significados que no sean místicos o demasiado convencionales. Esta sencillez me parece reveladora. Por un lado, como antes di a entender, muestra la vigencia de estilos estéticos simples, pertenecientes a un viejo tiempo, a una suerte de iniciación al arte, y por otro proyecta, por lo menos es como yo lo veo, una profunda melancolía. Esta melancolía, me parece, es un aporte del observador y se relaciona con que Baroni traza un argumento sobre el mundo y ninguna refutación; ella y su obra prueban que la representación es posible”.

El mundo ceremonioso, simbólico y representativo que Chejfec contempla alrededor de ciertos objetos como bolsas de plástico o papeles que han servido de envoltorio le permite establecer con ellos un diálogo que le suma al relato incertidumbre y su materia. Ha adquirido algunas tallas que ahora observa en su casa. “Forman un ejército de miembros elocuentes y mudos al mismo tiempo, sólo transmiten su mera presencia, impávida frente a la compañía de los demás. Me pongo a observarlos y me canso… Cada uno con su sola individualidad, pienso. Y me sorprendo al rato viendo no la imagen que los distingue, de la que ya estoy bastante interiorizado, sino el silencio que transmiten, insondable pero trivial, materializado a pesar de ser intangible. Las miro como figuras mudas que sólo muestran su simple presencia. Es una suerte de melancolía sencilla, no sé cómo decirlo. La tristeza de ser observable. El objeto instituido para ser contemplado en primer lugar produce nostalgia y en segundo lugar, debido a su aislamiento en medio de las múltiples miradas, transmite desamparo”.

Mis dos mundos

Hay un momento crucial en Mis dos mundos (Candaya, 2008) de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956) en el que el narrador, a punto de dar por concluida su jornada meditativa, su densa ceremonia de paseante reflexivo, se detiene al borde del lago que es uno de los centros posibles del libro. Entonces un grupo de carpas y tortugas se acerca instintivamente a la figura que permanece de pie en la orilla y esperando de él alguna miga o alimento adopta la forma de un semicírculo expectante, extraño auditorio ciego y sordo ante el soliloquio del autor:

Este grupito de animales subacuáticos es una metáfora del lector de Chejfec y del lector contemporáneo en general. Prestamos por un momento nuestra atención a alguien a quien no conocemos, a alguien de quien nada sabemos pero a quien nos ha acercado un reclamo o quién sabe qué suma de azares. Él tampoco ve a su lector. Nada sabe de quien toma su libro. Nada sabe de quien le sigue los pasos por esta ciudad ignota, por este parque “que en su conjunto había operado como inesperado catalizador de mi universo” y en el que ya no podremos decir no haber estado. Nos ha confiado su reflexión sobre el paso del tiempo, su esfuerzo por comprender a qué vinimos -por qué él escribe, por qué yo leo-. Y confiesa que le preocupa la opinión que de él tengan los otros. Esta preocupación, esta pregunta que acude a él cíclicamente funciona como el comienzo de “ficciones privadas”. El resultado es este hermoso libro sobre la soledad contemporánea. Sobre la soledad del escritor, sobre sus dudas y su misión. Sobre su lugar en el mundo. Su ejercicio introspectivo, su jornada de escritor extranjero en un parque versa sobre el mismo acto de escribir, y avanza como un reloj hacia el final del día. Chejfec escribe después de otros (y muy concretamente el autor inicia esta aventura porque dos amigos ya reflexionaron antes que él sobre el paso del tiempo con motivo de su cumpleaños, ineludible efeméride que tan implacablemente habla de cada uno), y es consciente del ruinoso paisaje moral que habitamos.

Al final del libro el escritor se sienta frente a su cortado en la terraza junto al lago. Podría abrir su cuaderno y ponerse a escribir. Sin embargo no lo hace. Como si un pudor kafkiano se apoderase de él prefiere no exponerse y opta por dejar en el ámbito privado el ejercicio físico de la escritura. Pero ya ha llevado hasta la últimas consecuencias su defensa de sí mismo (“la literatura lucha por preservar su ilegibilidad, porque si es completamente legible pierde su condición de eficacia”) y de la escritura como salvación.