Genet, Sartre, Beauvoir

Si Cocteau impulsó la carrera de Genet, Sartre la catapultó hasta la canonización. Su extenso ensayo de 1952, San Genet: comediante y mártir  -psicoanális existencial sobre la elección moral-  sirvió para situar a Genet ante la crítica en un momento en el que resultaba evidente que el ladrón había escrito ya sus obras más importantes. Había capitalizado en cinco novelas su experiencia en los bajos fondos desde la homosexualidad, la traición y el mal; ahora era un autor respetado y con dinero. El ensayo nació como pequeña introducción a las obras completas de Genet en Gallimard pero creció y creció hasta las seiscientas páginas. Cuenta la leyenda que una vez hubo concluido Sartre el ensayo se lo dio a Genet para que hiciera con él  lo que quisiera. Se dice que después de leerlo Genet lo arrojó al fuego pero en el último momento decidió salvarlo. La actitud de Genet hacia el libro fue siempre oscilante entre la indiferencia y el desdén (“no me ha enseñado nada”). En su ensayo Saint Genet de 1963, Susan Sontag lo define como “infatigable acto de vivisección literaria y filosófica”. Grotesco y al mismo tiempo digno de atención. Cita Sontag a Sartre:

“La abyección es una conversión metódica, como la duda cartesiana y el epoché husserliano: establece el mundo como un sistema cerrado al que la conciencia observa desde fuera, a la manera de la inteligencia divina. La superioridad de este método sobre los otros reside en que es vivido con dolor y orgullo. Por ello no conduce a la conciencia trascendental y universal de Husserl, al pensamiento formal y abstracto de los estoicos ni al cogito sustancial de Descartes, sino a una existencia individual en su más alto grado de tensión y lucidez”

Genet y Sartre supieron por primera vez el uno del otro en 1944. Jean Paulhan, el poderoso editor de Gallimard encargado de la obra de Sartre y Beauvoir había descubierto a Genet gracias a L’Arbalète, prestigiosa revista literaria del momento surgida durante la ocupación. Los editores de la revista habían publicado el capítulo menos escandaloso de Notre-Dame-Des-Fleurs, el del juicio final.  El mismo número traía un artículo de Sartre y el texto de Genet llamó poderosamente la atención de la pareja. “Quedamos muy impresionados con su prosa”, confiesa Beauvoir, que no obstante -y a diferencia de Sartre- mantuvo respecto a él una postura distante aunque siempre considerada.

En 1946, durante un viaje de promoción a Estados Unidos, Sartre les habló de Genet a un grupo de intelectuales del círculo de la Partisan review. Cuando Hannah Arendt, William Phillips y Lionel Abel  le preguntaron por Camus Sartre afirmó que sí, que Camus tenía talento. Pero no genio. El genio pertenecía por entero a Genet. Resultado de esta publicidad aparecieron en la Partisan review textos de Genet en 1946 y 1949. Fue presentado como “un secreto bien guardado por la élite intelectual de París, desconocido por el público francés en general”.

Y fue secreto durante bastante tiempo. Durante los años 40 sus novelas circulaban en ediciones caras de tirada pequeña “para tentar a los homosexuales ricos y sibaritas de París”. Donde debía poner el nombre del editor decía “financiado por un buen número de lectores entusiastas”. En 1947  Sartre lo arregló todo para que le otorgaran un premio recién creado por Gallimard por su pieza teatral Las criadas, publicada originalmente en L’Arbalète. (También en 1947 Beauvoir conoció al noveslista norteamericano Nelson Agren y se convirtió en su amante. Aprovecho la ocasión de insertar aquí un plano trasero de la escritora en la toilette)

Beauvoir fotografiada por Art Shay en casa de Nelson Agren

En 1948 Genet firmó con Paul Morihien un contrato para traducir al inglés de Santa María de las Flores: se imprimieron 500 copias de lujo con dibujos de Cocteau. En 1950 unos cuantos ejemplares cruzaron la frontera de manera clandestina rumbo a Estados Unidos y pronto llegó a las manos de William Burroughs y a Kerouac. Genet se convirtió así en un texto clave para la Generación Beat: el libro combinaba de extraña manera un tono lírico con una temática marginal.

Hasta 1955 Jean Genet padeció un periodo de sequía creativa que se rompió a mitad de la década con tres obras de teatro polémicas (en Francia) cuya puesta en escena en Londres, Berlín y Estados Unidos  le darían éxito internacional: Los negros, Los biombos y El balcón. Diario del ladrón se publicó en Estados Unidos en 1964 (Genet recibió un anticipo de 50.000 dólares por él) y vendió 50.000 copias en unos pocos años. En Gran Bretaña se publicó una edición del bolsillo de Santa María de la Flores en 1967 y en 1972 se había vendido una cifra parecida. Iba por ahí con los bolsillos abultados de billetes. En Hamburgo le desplumaron dos gigolós. Pero qué podía hacer sino encogerse de hombros. Nada podía reprochar a los rateros.

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Genet, Burroughs y Ginsberg. Chicago 1968

Retrato de Genet en 1943

El 16 de febrero de 1943 un hombre de poco más de treinta años entró al apartamento del Palais-Royal de Jean Cocteau con un mazo de papeles bajo el brazo. Tenía los ojos hundidos, la nariz respingona, un gesto de tranquilo desafío. Édouadr MacAvoy, un retratista que se hizo famoso en los 50 estaba allí por casualidad y definió al tipo que entraba como un boxeador de peso medio. A Cocteau le pareció un timador. Era Jean Genet y los papeles el manuscrito de Notre-Dame-des-Fleurs. Cocteau había leído por intermediación de unos jóvenes poetas un poema autoeditado por Genet en un papel de pésima calidad sobre la condena a muerte de Maurice Pilorgue, un asesino de veinte años. Y sintió curiosidad.

Aquel 16 de febrero Genet leyó de pie durante casi una hora algunos pasajes de su novela. Cocteau decidió que quería leerla completa. Dice un tanto maliciosamente Edmund White, biógrafo de Genet, que Cocteau nunca había querido escribir sobre la homosexualidad (salvo el anónimo El libro blanco) para no ofender a su madre. Pero ella acababa de fallecer. Y ahora que se sentía completamente libre para escribir una novela sincera sobre la homosexualidad Genet se le había adelantado. Pero la generosidad ganó a la envidia y Cocteau impulsó la carrera literaria del ladrón. En Francia habían escrito abiertamente sobre la homosexualidad Proust (un aristócrata judío) y Gide (un burgués protestante). Ahora era el turno de Genet, un indigente católico.

Luego de escuchar estos párrafos Cocteau escribe en su diario:

“Genet me trajo su novela. Trescientas páginas increíbles en las que elabora minuciosamente la mitología de los maricones.  A primera vista parecía un tema repelente (…) Su novedad es lo que resulta perturbador. Es un mundo que hace ver el mundo de Proust como las fotografías de Didier-Pouget (…) ¿Qué debe hacerse? Uno sueña con poseer ese libro y hacerlo famoso. Por otro lado eso es imposible, y está perfectamente bien que así sea. El auténtico ejemplo de de ceguera y pureza inaceptable. El escándalo debe emerger. Verdadero escándalo. Estalla silenciosamente con este libro y espontáneamente dentro de mí. Genet es un ladrón buscado por la policía. Uno tiembla al pensar que podría desaparecer y que sus obras podían ser destruidas. Deberían publicarse, solo unos cuantos ejemplares para venderlos por debajo del mostrador.

Y tras leerla entera:

“La bomba Genet. El libro está aquí, en el apartamento, extraordinario, oscuro, impublicable, inevitable. Uno no sabe qué ángulo de aproximación elegir. Es. Será. ¿Obligará al mundo a ser como está retratado en sus páginas? Para mí es el gran acontecimiento de nuestra época. Me desagrada, me repele, me asombra, tiene miles de problemas. Provoca el escándalo con extrema sutileza (…) ¿Sería Proust más vasto y sólido si no mintiera? ¿Y su prestigio se debe a sus mentiras? Yo me entrego a un sueño que reemplaza la inteligencia. He leído Santa María de las Flores línea por línea. Todo es abominable y a la vez digno de respeto. Genet perturba –repito- y no hay nada que él pueda hacer al respecto”.

Jean Genet (París 1910- 1986) había estado en la cárcel por novena vez desde el 5 de diciembre de 1940 hasta el 4 de marzo de 1941. Casi exactamente un año después, desde el 10 de diciembre de 1941 hasta el 10 de marzo de 1942, cumplió su décima condena (siempre por robo o por falsificación, con el agravante de que era un desertor del ejército colonial francés). En mayo de 1943 fue atrapado por robar una edición de lujo valorada en cuatro mil francos de las Fiestas galantes de Verlaine. Si añadimos las dos siguientes condenas que cumplió durante la guerra concluimos que Genet pasó en total un año y nueve meses tras las rejas entre diciembre de 1940 y marzo de 1944.

Lo asombroso es que este huérfano tutelado por la asistencia pública que había estudiado hasta los doce años escribe entre 1942 y 1947 sus cinco novelas más importantes: Santa María de las flores, Pompas fúnebres, Milagro de la rosa, Querelle de Brest y Diario del ladrón.  En la cárcel y en un cuartucho de Montmartre que un amigo le prestaba y donde -muerto de hambre- una vez mató y se comió un gato.

Santa María de las Flores no se distribuyó hasta 1944 debido a la restricción de papel durante la guerra.  Pero el mundo artístico del París de la ocupación era pequeño y chismoso y el genio de Genet se propagó rápidamente.

Todo aquel que se haya sentido alguna vez deslumbrado por la prosa de Genet, por su manera de organizar las oraciones como amontonando piedras preciosas entre un complemento directo y un sujeto para dilatar el asombro y edificar (conmovedoramente) la dignidad y el sentido debe leer esta biografía de Edmund White, titulada simplemente Genet, publicada por primera vez en 1993 y en España en 2005 por DeBolsillo. La traducción es de Rossend Arqués. Tiene 1000 páginas y de momento me mantengo a 75 páginas/día.

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