La novela de un literato

Borges tenía a Rafael Cansinos Assens (Sevilla 1882- Madrid 1964) en alta estima.  A la muerte del escritor español, Borges lamenta la postergación y el olvido a los que España le había sometido. Simpatizante republicano pero ajeno a toda actividad política, el franquismo le privó de su carné de prensa y lo relegó hasta su muerte a su silenciosa labor de traductor. Sin salir de su biblioteca madrileña, Don Rafael “se enseñó” once idiomas. Tradujo para Aguilar las obras completas de Balzac, de Goethe y de Dostoievski.  Tradujo del latín al emperador Claudio Flavio Juliano “el apóstata” y las Obras escabrosas de Maquiavelo. Tradujo del árabe El libro de las mil y una noches y también algunas obras del poeta Hafiz. Tradujo del hebreo Selecciones del Talmud. Tradujo el Teatro completo de Schiller. Entre otras muchas cosas. Cansinos escribió algunas novelas crepusculares y la que yo considero su obra más importante e imperecedera:  La novela de un literato, publicada por Alianza en tres tomos.

La novela de un literato nos ofrece un inestimable testimonio del Madrid de principios de siglo. O más concretamente, desde la llegada a la capital de Cansinos rozando el 1900 hasta el comienzo de la guerra civil en el 36.

Madrid festivo y triste. Madrid atrasado, con claros ribetes de miseria. Madrid que una olfatea callejeando a través de las estampas de Cansinos. Y en esta evocación la ciudad se estrecha en blanco y negro, y ondea la ropa tendida en los balcones de Malasaña, y proliferan mujeres enlutadas que dejan escapar de sus cazuelas el olor fláccido de la coliflor hervida. Madrid pobretón, señores con sombrero, la picaresca callejera como género oriundo y enquistado en la sociedad. Y eso que el Madrid que Cansinos dibuja es el Madrid de los salones literarios, de las redacciones de los periódicos y de los cafés. El Madrid de la calle Fuencarral, de Ópera, de la puerta del Sol y de la calle de Alcalá.

Pero de todo este panorama destaca la descripción de los personajes, de los tipos madrileños. Cansinos dibuja a individuos concretos y en este punto es sumamente expresivo, reproduciendo diálogos en estilo directo. El casticismo torna hilarantes estas conversaciones y convierte la novela en una especie de fiesta sórdida. Como los toros.  Aquí el refinamiento y la bonhomía que se le adivinan a Cansinos quedan al servicio de la descripción de lo grotesco. Teatrillos, cocottes, los viejos ricos que las mantienen, redactores-jefes chulescos con el puro en la boca, anarquistas, curas, una caterva de periodistas, crápulas y amargados que una reconoce como su gente. El bisabuelo madrileño que nunca tuve está ahí, subsistiendo de mala manera con artículos y crónicas en diferentes diarios. Pero Don Rafael no habla jamás de dinero y no escribe para el vulgo. Su legado -amén de sus traducciones- es este crisol madrileño del primer tercio del siglo XX tejido con su prosa ensortijada, retrato imprescindible de la bohemia.

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