K. de Calasso, fragmento

Kafka intuyó que sólo se nombraban un número mínimo de los elementos del mundo circundante. Una afilada navaja de Occam se hundía en la materia novelesca. Nombrar lo mínimo y en su pura literalidad. ¿Por qué? Porque el mundo volvía a ser una selva primigénea, demasiado cargada de sonidos ignotos y de apariciones. Todo tenía una potencia enorme. Por eso era necesario limitarse a lo más cercano, circunscribir el área de lo nombrable. En ese círculo fluiría toda la potencia, dispersa de otro modo. En aquello que se nombra -una taberna, una diligencia, una oficina, una habitación- se concentraría una energía inaudita.

Traducción de Edgardo Dobry

Cambiar de idea

Hoy me ha dado por pensar que no es la novela lo que ha muerto, sino nuestras ganas de leer novelas. Y de escribirlas. Ha cambiado nuestro tiempo, nuestra manera de estar en el tiempo. Nuestra concentración, nuestra atención. Agotamiento y hastío.  Todo eso. Denme una buena razón para leer una novela determinada y la leeré, lo aseguro. Pero adelanto que no suelen interesarme las historias que (se) cuentan y que tendrán (ustedes) que prescindir del argumento para seducirme. Después de tanto tiempo sigo pensando que la escritura es la búsqueda de la voz. Denme la novela de una voz, de una luz, de un alud. Me paro al azar (pero no hay azar) ante las novelas de una escritora contemporánea joven. Zadie Smith (Londres, 1975). Premiada, prometedora, elogiadísima. Desde la solapa nos mira con ojos lánguidos. Los ojos lánguidos de Zadie Smith prometen como una dosis de tristeza que bien pudiera ser estrategia de marketing. Sopeso el grosor de esas novelas. Los premios, las promesas y los elogios no son suficientes ante el tedio que me producen de antemano las novelas gordas de autores que tienen más o menos mi edad. Otra cosa es que la descollante novelista de turno nos hable de lector a lector, o de escritor a escritor. Ahí empezamos a creer que puede haber comunicación, incluso si su experiencia lectora y escritora no nos mueve a leer sus novelas finalmente. Este género que llamo ensayo semiautobiográfico me interesa por su fondo y por su forma. Prefiero al Chatwin de “¿Qué hago yo aquí?” al de El virrey de Oudah. Prefiero al Foster Wallace de Hablemos de langostas y de Algo supuestamente divertido que al de La broma infinita. Prefiero la experiencia personal del lector (del escritor) que sus obras de ficción. Prefiero el diario personal del escritor que sus novelas.

Me asomo a Cambiar de idea (Salamandra, 2011) de Zadie Smith movida por una sanísima curiosidad promovida por el marketing y los fuegos de artificio de algunos blogueros que han elegido para su post la foto más sexy de Zadie. Cambiar de idea es un compendio de ensayos ocasionales que encontraron un editor oportuno. Volumen dividido en cinco bloques poéticamente temáticos, verbalmente infinitivos: Leer, ser, ver, sentir, recordar. Voy de acá para allá por los ensayos. Leo sus reflexiones lectoras ante Sus ojos miraban a Dios de la escritora negra Zora Neale Hurston, cuya existencia desconoceré siempre. Leo el viaje a Liberia, un reportaje correcto a la manera -digamos- de Cees Nooteboom en Hotel Nómada pero menos sabroso. Leo su devoción por la Hepburn. Leo el ensayo titulado Kafka, el hombre corriente. Max Brod subió a Kafka a un pedestal de donde hay que bajarle, dice Zadie. ¿Cómo leer a Kafka? ¿Como a un asceta o como a un putero de balneario? No es sólo que la dicotomía me tire profundamente para atrás y me deje pegada a la pared con los brazos en cruz. Es que el maniqueísmo que destila el ensayo me desagrada en su negligente cortedad y me niego a debatir. Y es que yo pertenezco a la estirpe de los lectores totalitarios de Kafka, a los que leyeron el ensayo de Citati demasiado pronto como para cambiar de idea ahora. (Otra manera de leer a Kafka es como si no hubiese EL HOMBRE detrás, no sé si me explico. O con un escarabajo pelotero -no cucaracha, cuidado- diseccionado sobre el croquis de un apartamento praguense, a lo Nabokov. O pútridamente como el lacónico Sebald, o… ) ¿Era Kafka un misógino? Aletea esta idea por el texto cuando habla de sus tres compromisos matrimoniales (dos de ellos con Felice Bauer) fallidos. Algo así como gana la literatura pierden las mujeres ergo misoginia. En este punto me declaro Contra la interpretación, me levanto y me voy. Más afortunadas (interesantes) me parecen las reflexiones sobre el oficio (novelistas como macroplanificadores o microgestores en la manera de organizar su trabajo, etc) o sobre el propio David Foster Wallace, techo que sin duda  Zadie aspira a rozar. El ensayo de Smith sobre Foster Wallace comienza con esta cita de la entrevista con Wallace realizada por Larry McCaffery en Dalkey Archive Press, 1993, mientras se escribía Entrevistas breves con hombres repulsivos:

“Un profesor mío que me caía bien decía que la buena narrativa debía reconfortar a quien está alterado y alterar a quien se siente cómodo. Supongo que gran parte del objetivo de la narrativa seria es dar al lector, quien como todos nosotros está en cierto modo aislado en su propio cerebro, acceso imaginativo a otros yos. Dado que una parte ineluctable de ser un yo humano consiste en sufrir, los humanos nos acercamos al arte en parte para tener la experiencia del sufrimiento, una experiencia necesariamente mediatizada, más bien una especie de “generalización” del sufrimiento. ¿Esto tiene sentido? Todos sufrimos a solas en el mundo real; la verdadera empatía es imposible. Pero, si una obra de ficción nos permite identificarnos en la imaginación con el dolor de un personaje, puede ser que también nos sea más fácil concebir que otros se identifiquen con el nuestro. Eso es algo enriquecedor, redentor; interiormente nos sentimos menos solos. Podría ser así de sencillo. Pero ahora pensemos que el arte de la televisión y el cine popular y la mayoría de las formas de arte “inferior” –que no es más que el arte cuyo principal objetivo es ganar dinero- es lucrativo precisamente porque reconoce que el público prefiere un ciento por ciento de placer antes que la realidad, que tiende a ser un 49 por ciento de placer y un 51 por ciento de dolor. En cambio, el arte “serio”, cuya principal finalidad no es sacarte el dinero, es más propenso a incomodarte u obligarte a hacer un esfuerzo para acceder a sus placeres, igual que en la vida real el verdadero placer suele ser fruto del esfuerzo y la incomodidad. Así pues, el gran público, sobre todo el público joven educado para esperar que el arte sea ciento por ciento placentero y que el placer no suponga el menor esfuerzo, le resulta difícil leer y apreciar la narrativa seria. Y eso no es bueno. El problema no es que el lector actual sea tonto, yo no lo veo así. Lo que pasa es que la cultura del arte comercial y la televisión lo ha formado para albergar expectativas perezosas e infantiles. Y eso significa que captar a los lectores actuales, tanto imaginativa como intelectualmente, implica una dificultad sin precedentes”.

(“Captar a los lectores actuales” no es una ambición mía. Es mi manera de ser pragmático).

(Cambiar de idea no es una ambición mía. Es mi manera de vender libros).

Los obsequios difíciles de David Foster Wallace es el subtítulo de este último ensayo. Escribir Entrevistas breves con hombres repulsivos bajo el auspicio de cierto premio económico libró a Wallace de “la necesidad de gustar siempre”, esa “atadura posindustrial (sic)” en palabras del propio autor. Zadie Smith señala que la crítica no fue magnánima con este libro. Después del rubor y la repulsión llamaron a Foster Wallace simio compulsivo, más o menos. Pero al fin y al cabo “las críticas malas tienen muchas utilidades, y una de ellas es el obsequio de la libertad: te liberan de la obligación de leer un libro”.

Espero haberles sido útil.

Zadie Smith. Crédito: Darren Filkins

Zadie Smith. Crédito: Darren Filkins