Bruce Chatwin, “el arlequín inclasificable”

“Escribo esto en el arquetípico escenario patagónico, un boliche situado en una encrucijada insignificante, con caminos que llevan a todas direcciones y aparentemente a ninguna parte. Un bar alargado verde menta, con paredes azul verdoso y un cuadro de un glaciar; la vista desde la ventana es una hilera de álamos negros inclinados unos veinte grados por la fuerza del viento, y más allá la interminable pampa gris (la hierba está teñida de amarillo, pero tiene raíces negras como una rubia teñida) con nubes que corren por encima y un viento aullador […] La Patagonia es como esperaba, pero más, y suscita violentos arrebatos de amor y odio. Físicamente es espléndida, una serie de badenes o barrancas escalonados, que marcan los acantilados de los mares prehistóricos y que contienen una rara abundancia de ostras fosilizadas de 25 centímetros de diámetro. Hacia el este te encuentras de pronto con el muro inmenso de la cordillera, con brillantes lagos turquesa (algunos son blancos como la leche y otros de color verde jade pálido) con colores increíbles en las rocas. En ocasiones da la impresión de que el Todopoderoso ha estado jugando a hacer helado de varios sabores”.

El fragmento pertenece a una carta que Bruce Chatwin (Yorkshire 1940-Niza 1989) le envía a su mujer el 21 de enero de 1975 desde un pueblecito patagónico llamado Baja Caracolles y es un ejemplo de  la fuerza expresiva y plástica de su prosa, curtida como tasador de obras de arte en Sotheby´s primero y como reportero del Sunday Times después. En Sotheby´s aprendió a mirar un objeto y a describirlo concisamente. En el Sunday Times cultivó un estilo basado en “la observación mordaz y en la técnica límpidamente fría” de Francis Wyndham, su redactor jefe y uno de sus mentores.

Bruce Chatwin, paradigma del escritor viajero pero también del viajero sin más, sigue resultando un escritor absolutamente atractivo. “Escribe en una prosa dura y lúcida, gran parte de la cual deja al lector con la impresión de que el autor rebosa imperturbable autoestima, de dandismo, de sangre fría y en último término de banalidad”. En estos términos atacó Chatwin la prosa de su Jünger y esto fue lo que más tarde la crítica detectó en su propia obra. Ambos compartían además el gusto por la especulación filosófica, combinado con un espíritu de suprema curiosidad. Su biógrafo Nicholas Shakespeare dice que “junto a la confianza absoluta del catalogador, Bruce introdujo en su periodismo la sabiduría de saber qué debía excluirse”. El detalle diferencial, el cómo lo dice más que el contenido de lo que dice y su egocéntrica inclusión en el cuadro caracterizan sus entrevistas y las convierten en piezas literarias con un valor añadido.

Bruce Chatwin fue esencialmente un autodidacta. Como coleccionista, tasador, marchante y arqueólogo adquirió una gran cultura que utilizaba  a su antojo en sus artículos y entrevistas. “Oscuras formas artísticas y movimientos del pensamiento, la historia, la geología, la antropología y todas las ciencias afines, eran absorbidos con la facilidad con que se respira”, dice Patrick Leigh Fermor de la erudición de Chatwin.  Leigh Fermor cuenta que en una ocasión le preguntó a Bruce “¿Sabías que las mujeres de Gengis Khan se vestían por la noche?” “Sí , lo sabía -respondió Chatwin-, llevaban pieles cosidas de ratón campestre. Probablemente del jerbo saltarín que brincaba en las estepas asiáticas. Hace unos años se vio un buen ejemplo de esto en Katanda, donde desenterraron a una mujer Khan, una dirigente de los hunos, que se habia conservado intacta envuelta en un jubón cosido con estas pieles”.

¿Qué hago yo aquí?, delicioso volumen que reúne sus reportajes y entrevistas para el Sunday Times y En la Patagonia, su primer libro, excelsamente elogiado por la crítica y éxito de ventas, se han convertido en  libros de culto de la literatura de viajes.

Aunque es indudable que desde Homero hasta Chatwin y más acá puede rastrearse una “literatura de viajes”, personalmente he desconfiado siempre de esta etiqueta. Sus límites me resultan incomprensibles e inescrutables, se disuelven en el concepto mismo de lo que entiendo por literatura ¿Qué impide, por ejemplo, considerar Escúchanos, Señor, desde el cielo, tu morada, de Lowry, literatura de viajes? ¿No es Lolita la novela de un viaje? ¿No lo es En el camino? Son en todo caso viajes novelados, es decir, ficción. ¿Es Tristes trópicos, de Levi-Strauss, literatura de viajes? La clasificación resulta empobrecedora. Sí, es eso y mucho más.  Prefiero hablar de “libros de viajes”, entendiendo que en estos el leitmotiv argumental es un periplo que el autor emprende lejos de su hábitat  narrado en primera persona. (Desde Baudelaire vemos a través de su humo que el mejor viaje es el de dentro, el que el poeta emprende sin salir de su cuarto. ¿No es la composición de una novela el viaje que hacemos para saber de nuestros alcances, para dejar constancia de la “crónica íntima de lo que somos”?)

El hombre ha necesitado desplazarse desde sus orígenes. El nomadismo de la especie interesó siempre a Chatwin y trató de dilucidarlo en una novela malograda y pretenciosa que no llegó a publicarse –La alternativa nómada– y que acabó convirtiéndose en Los trazos de la canción. Nicholas Shakespeare sostiene que de haber nacido en el siglo XIX hubiera sido Chatwin uno de esos náufragos o megalómanos, personas corrientes que abandonan las zonas residenciales para reinventarse a sí mismos a lo grande en lugares remotos. (“Ser inencontrable e ilocalizable; ¡ese es un sueño inglés. Neal Ascherson describe este rasgo, la sonrisa del gato de Cheshire).

A Chatwin le interesaban las respuestas y las historias. No acababa de entender lo que significaba “novela”. Él se interesaba por una historia e iba detrás de ella para contarla. En la Patagonia participa del periodismo de investigación, de la crónica, el diario, la biografía, la poesía, las memorias. ¿Es una novela? ¿Es la novela de un viaje? Su eclecticismo rehuye límites y etiquetas. Lo que sí parece claro es que Chatwin escribe En la Patagonia para sí mismo. Por eso no adolece de ese afán divulgativo del periodismo rampante y pastichero que caracteriza a buena parte de lo que hoy se llama “literatura de viajes”. “Las fronteras entre ficción y no ficción son tremendamente arbitrarias y las inventaron los editores”, aseveró Chatwin, que en virtud de su naturaleza cambiante detestaba que le encorsetaran en uno u otro género. La forma híbrida de Los trazos de la canción fue bien acogida por Hans Magnus Enzensberger: “en mi opinión es en los intersticios de los géneros donde tienen lugar las cosas más interesantes”

Pero decía que a Chatwin le interesaban las respuestas. En 1984 se sumó a la expedición sudafricana del paleontólogo Bob Brain. Chatwin había leído The hunters or the hunted?, que ofrecía la tesis de que el hombre temprano no había sido un caníbal salvaje, como se había venido sosteniendo, sino la presa favorita de uno de los grandes felinos con los que compartía las despejadas praderas de África. Hace un millón doscientos mil años las tornas se volvieron cuando el hombre empezó a burlar al dinofelis o falso tigre de dientes de sable. Brain determinó el uso más antiguo del fuego a través del análisis de unos huesos relacionados con el homo habilis. “La presencia del fuego le había sugerido a Brain la especulación de que el lenguaje, y por tanto la narración de historias, habían surgido de la necesidad de lanzar advertencias sobre nuestro predador. El lenguaje surgió de la necesidad de disponer de una forma más precisa de comunicar e identificar objetos y circunstancias. Brain llama al fuego instrumento coadyuvante de la sociabilización y afirma que fomentó el lenguaje porque la gente tenía que estar dentro de la influencia de la luz del fuego, alrededor del cual se sentaban al final de día para contar cómo les había ido. Si salían de él corrían un peligro mortal”.

Chatwin llegó a convertirse en escritor gracias a una inquebrantable fuerza de voluntad y a través de la necesidad de reinventarse a sí mismo. Para él, como para los “primeros custodios del fuego”, las narraciones no eran un mero entretenimiento, también tenían que ver con su supervivencia. Él se salvó gracias a ella y al movimiento constante.

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