Tideland, de Mitch Cullin y Terry Gilliam

“Mi primera tarde en la granja salté los escalones del porche de la casa, dejé a mi padre dentro, la radio encendida, mi maleta con pegatinas de flores fluorescentes sin desempacar y corrí hacia el autobús escolar volcado que había visto desde una ventana del piso de arriba. Flanqueada a ambos lados por el pasto silvestre que me cubría hasta la cabeza seguí un sendero tortuoso por donde habían pasado las vacas, extendiendo los brazos de vez en cuando para que mis palmas pudiesen peinar las espigas. Te arqueas para no romperte, susurraba a la yerba que golpeaba mis manos, tarareando la canción que mi padre había escrito para mí. Te arqueas para no romperte, das y das pero nada recibes, Jeliza-Rose, y no sé qué hacer por ti. Y seguí por el sendero que a veces torcía a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez, hasta terminar en una pradera salpicada de colas de zorro y de los altramuces azules del final de la primavera. Una brisa se arrastró atravesando la humedad mientras el cielo se desvanecía. Pero las florecillas se mantenían radiantes, así que con cuidado pasé por encima de ellas y me adentré en la espesura.

Detrás de mí se agitaba la maleza.

Apareció ante mí el autobús volcado – amasijo de chatarra oxidada- con casi todas las ventanillas rotas o renegridas. Las florecillas habían brotado por todas partes, incluso debajo del techo aplastado del autobús donde colgaban como niños temerosos, y el aire estaba tan lleno de su aroma que me olí los dedos, pero sólo percibí el tufo de mi vestido. La puerta del autobús estaba entreabierta pero parecía inaccesible. Mirando dentro vi el volante derretido, el asiento del conductor destripado. Olía a hierro y plástico quemado. Aunque yo tenía once años nunca había estado en un autobús escolar. De hecho nunca había ido a la escuela. Así que me apretujé atravesando la puerta invertida, con la escalera sobre mi cabeza, y me acomodé sobre los trozos de vidrio que crujían bajo mis zapatillas de deporte”.

Así comienza más o menos Tideland (2000), la novela de Mitch Cullin (Santa Fe 1968) que Terry Gilliam (Minnesota 1940) llevó al cine con el mismo título en 2005 . Digo más o menos porque al parecer la novela no se ha traducido al español, así que en Hanna O. Semicz nos hemos dedicado un rato a adaptar de manera amateaur el principio del libro. A Gilliam la novela (ya de culto) le fascinó y le deslumbró y el homenaje es este cuento gótico cargado de heroína, necrofilia, taxidermia, travestismo, epilepsia, pedofilia, alusiones a Psycho y sueños rotos varados en una pradera de Texas, mezcla de Faulkner y Carrol, hija de Léolo y Alicia.

A la pequeña Jeliza-Rose (Jodelle Ferland) le sorprende la orfandad total en este páramo que no es Wonderland ni Jutlandia ni Oz, en la casa destartalada de estilo gótico carpintero de la abuela a quien no conoció pero que sin duda distaba de ser una anciana bondadosa. Mientras el cadáver de su padre yonky (Jeff Bridges) se pudre en la mecedora ella huye de la sordidez gracias a esa capacidad de asimilación que tiene la infancia y que la mantiene intacta gracias a la inocencia. Así escapará del torpe y siniestro amor de Dickens, una suerte de Nemo retarded (Brendan Fletcher) cuya obsesión es -cita de Melville- dar caza a un tiburón que cruza la llanura sobre raíles. El tren que descarrila le concede a Jeliza-Rose la oportunidad de despertar de ese sueño, de ingresar en la adolescencia tras una adultez mimética (infancia con los roles padres-hija invertidos) y de abandonar esa vía muerta para ir al encuentro de una vida diferente.

Nadie dijo que los cuentos de hadas no fueran despiadados. Ustedes que han leído a Grimm y a Andersen lo saben muy bien. Los finales felices son un artificio de la ficción, milagros que se cobran a menudo atroces sacrificios.

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The road: claves de una extinción adelantada

En La carretera de Cormac McCarthy (Providence 1933) un padre y un hijo emprenden un viaje a pie hacia la costa través de una América devastada por un cataclismo que ha arrasado todo vestigio de vida. Apenas quedan unas extravagantes hordas de caníbales, “hollejos de hombres sin credo” que asolan la carretera, única posibilidad de salida de un laberinto de bosques y de montañas tenebrosas y heladas.

Empleando una prosa  granítica y precisa el narrador nos conduce a través de los escombros de un país que es una gigantesca casa del terror donde todo ha sido violenta y definitivamente reducido a cenizas. En medio de un silencio hostil y de una oscuridad casi permanente, de un hambre y de un frío de muerte, esos diálogos mínimos que son amor en estado puro mantienen el calor y ahorran energía. Es agónica la esperanza de avanzar, de encontrar comida, de sobrevivir a los carniceros y de “llevar el fuego”. De llegar al Sur y al mar donde todo comienza.

Entre la multitud de referencias, claves y textos incrustados en la novela, uno de los más relevantes esboza la tensión entre el egoísmo necesario para subsistir como individuo (padre) y el altruismo imprescindible para sobrevivir como especie (hijo), tensión extrema en un mundo sin luz y sin ley que comienza a perfilarse en nuestros días. Porque la novela es menos una hipotética tragedia futurista que una ominosa metáfora del presente espiritual del hombre, de un mundo que no tiene “vuelta atrás, ni posibilidad de arreglo”, que apenas si apuntala a un homúnculo arruinado y reducido a su mínima expresión, zombi en una carretera que conduce a la nada.

Más oscuro, cada vez más frío, “las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres… el sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad”, la novela enlaza la dramática extinción del mundo material y el paisaje con la lenta e irreversible extinción del lenguaje y la memoria humanas, apenas conservada en la porosa mente de unos pocos supervivientes que no tienen otra salida que empezar de cero, desde la ausencia “de las cosas que uno creía verdaderas”.

El hombre que constantemente otea el paisaje y que busca amenazas que provienen siempre de los otros con frecuencia encuentra una especie de tabula-rasa, un paisaje extirpado de muchas de las características que antes lo definían. De hecho, con demasiada frecuencia, el resultado de su vigilancia no es más que el vacío.: “No hay nada que ver. . . . Nada”. Aun el sol es descrito como un “extranjero”, “perdido” y “desterrado”, notable principalmente por su ausencia en un cielo cuyas implicaciones teológicas enfatiza la tragedia de hallarlo siempre expurgado de todo referente y significado.

McCarthy compone con lirismo acerado una novela gótica que viene de Faulkner pero también una historia post-apocalíptica de resonancias bíblicas:  siembra la semilla de la esperanza en la salvación del hijo, en el futuro improbable aunque no imposible de una humanidad renovada.

Cormac McCarthy es en sí mismo un enigma. Creció en el condado de Knoxville (Tennessee) y apenas se le ha visto en los medios de comunicación (eso sí, en prime-time). Esquivo y crítico de la civilización urbana a la que pertenecen muchos de sus ilustres contemporáneos (Don DeLillo, Philip Roth, James Ellroy) McCarthy prefiere la literatura de la frontera, una frontera que no es sólo física o territorial. Ese gusto faulkneriano por lo patológico: el incesto, la necrofilia, el canibalismo, la persistencia en el hombre de los atavismos más bestiales. Ambos comparten un imaginario alimentado por un horror cuyo signo más externo es la condenación: “Él pensaba que en la historia del mundo tal vez incluso había más castigo que crimen, pero ese era un magro consuelo”.