Magma (Spurious) de Lars Iyer (I)

Ahora te sientas ante el escritorio, soñando con la Literatura y leyendo distraídamente el artículo de Wikipedia sobre la “novela”, mientras picas algo y ves vídeos de perros y gatos en el móvil. Escribes un poco en tu blog y tuiteas los pensamientos más profundos de que eres capaz, te devanas los sesos intentando añadir tu propia opinión sobre algún tema de moda en la red. Susurras, como en una plegaria, los nombres de Kafka, Lautréamont, Bataille, Duras, con la esperanza de conjurar el espectro de algo que apenas comprendes, algo ridículo y obsoleto que, sin embargo, te reconcome todos los días de tu vida. Y te sorprendes riéndote impotente de ti mismo muy a tu pesar, hasta que casi se te saltan las lágrimas. Por fin haces clic en “abrir nuevo documento” y estremecido, clavas la mirada en la pantalla, y te preguntas qué demonios podrías escribir ahora.

Además de este fragmento de Desnudo en la bañera, piedra angular y declaración de intenciones de Iyer, cubren la contratapa de la edición española de Magma (Spurious) pequeños extractos de las reseñas anglosajonas de la novela. Estas frases entrecomilladas cuidadosamente elegidas nos predisponen a la diversión total mediante sintagmas alusivos a la comicidad de la obra. “Todavía me estoy riendo”, dicen en Los Angeles Times. “Brutalmente divertida” proclaman desde el San Francisco Chronicle. Algunos dicen “sátira mordaz” y “cómicamente sombría”, pero la palabra que más se repite es “divertida”. A mí me ha parecido un libro tristísimo, lo que me lleva  a pensar que tal vez la triste sea yo. Abordaré en cualquier caso esta reseña desde mi absoluta falta de sentido del humor.

Novela de campus fuera del campus: dos profesores ingleses ( Lars y W.) recorren Europa  con camisas floreadas bebiendo ginebra con hielo en vasos de plástico. Con una prosa que tiene el color del cielo de Wolverhampton Lars refiere en estilo indirecto conversaciones y recorridos junto a su camarada. El coloquialismo le otorga al discurso una cualidad quebradiza y sincopada, como si devanara el profesor una madeja de lana que ha estado oculta en el armario desde la segunda guerra mundial.

“Estos son los últimos días. Todo está acabado. Todo es tan asqueroso. Y sin embargo estamos contentos y ¿por qué motivo? Porque somos pueriles. Porque somos inanes. Eso nos salva”.

Se viene el apocalipsis ergo ¿qué importancia tiene nuestro fracaso?

“¡Los últimos días! ¿qué vamos a hacer? seremos los primeros en hundirnos. Sí a la ginebra, no al apocalipsis”.

Apostemos por abordar el fin epicúrea, donisíacamente. O con una buena dosis de LSD como hiciera Huxley.

La parodia y la autodenigración redimen a estos dos comicastros de su incapacidad (“debería ponerme a trabajar en serio en otro libro. Ese es el único modo de experimentar mi propia incompetencia”). Ante la imposibilidad de ser Kafka debemos optar por revolcarnos por el barro cual cerdos en cochiquera. La conciencia del fracaso nos salva un poco. Aceptar el fracaso es el primer paso para proceder a la sátira. Como nunca seremos ya intelectuales orgánicos centroeuropeos podemos practicar el autovilipendio edificando con las ruinas una novela que sea la última novela.

“¿Cuándo empezó a ir todo mal? cavila W. Ambos sabemos la respuesta: ¡la literatura!”

Leíste El proceso hace años y pensaste que podías ser Kafka. Pero no llegas ni a Brod. Eres incapaz de un pensamiento. No tienes ideas (en lugar de bosquejar ideas Lars dibuja en su cuaderno pollas de distintos tamaños). La humedad que invade su casa es una metáfora del naufragio (“el tabique se está desmoronando (…) es como cuando se está en un barco, le digo, y este se ladea hacia un lado mientras surca las olas. Y nunca está enderezado. Siempre está inclinándose hacia estribor. En cualquier caso ya no estoy para nada más, le digo a W., salvo para mecerme mientras las esporas de moho flotan a mi alrededor y las babosas dejan su rastro sobre los suelos de madera“).

El mesianismo y las matemáticas pueden salvarnos. No la literatura. No su viscosidad sartreana, no su contingencia.

El apocalipsis es nuestra coartada para desistir o para darlo todo. Tú eliges.

La gran literatura se ha ido para siempre y no volverá. Como las grandes ideas, como el pensamiento.

Todavía me estoy riendo.

Lars se mofa del aspecto leonino que le confiere a W. su cabello crecido. Iyer se ríe de las apariencias (“si no vas a ser un pensador, al menos deberías parecerlo“).

Mientras, en su apartamento la humedad está peor de lo que cabe imaginar. Las manchas de moho aumentan, la humedad se ennegrece y una fina capa de pelusa salina cubre el yeso. Sal filtrada desde la pared, ¿no es algo bello?.

Béla Tarr podría filmar esta decadencia de patio interior mediante un largo plano secuencia, con el triunfo de la vida filiforme abriéndose paso como contrapunto -eclosión del hongo- mientras suena una ópera potente.

La novela lleva décadas firmando su acta de defunción en cada entrega y el brío de su rúbrica es nuestro consuelo. Hay que matarse para renacer mejor. Hay que llevar al lenguaje hacia su límite y al género contra las cuerdas. No hay nada nuevo bajo el sol. Pero eso ya estaba en el Eclesiastés.

(Cuidado, bloggers: decir que Iyer recuerda a Bernhard no es original).

Continuará.

magmaLa traducción de Magma (febrero de 2013) es de José Luis Amores para Pálido fuego.

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