Juan Luis Panero: Sin rumbo cierto

En El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) Juan Luis Panero (1942-2013) interpretaba el papel del snob decadente, treintañero atildado y cosmopolita, fetichista que está de vuelta, hermano mayor distante y airado que nunca salió en plano con Leopoldo María, su trastornado hermano menor, mejor poeta que él. Ya había escrito un par de libros de poemas (A través del tiempo, 1968 y Los trucos de la muerte, 1975), había antologado a su padre, había bebido ríos de whisky escocés, se había fumado dos bibliotecas, había vivido en Londres, Nueva York y México y se había casado y divorciado de Marina Domecq. Había tenido que vender cuanto cuadro o libro heredase de su abuela materna o de su padre para sufragarse los viajes y en general fue viviendo de sus varios trabajos editoriales en Selecciones del Reader’s Digest o en el Círculo de Lectores. Compartió coversaciones y licores con escritores y poetas de ambas orillas (Rulfo, Mutis, Octavio Paz, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Gastón Baquero) hasta que a finales de los 70 se instaló en el pueblito catalán donde murió hace unos días. Siguió escribiendo poesía, colaborando como articulista en diversos medios, ganando algún premio (Loewe, Ciutat de Barcelona) y sobreviviendo al cáncer de boca que le diagnosticaron con 56 años.

juanluispanero

Fernando Valls, instigador de Sin rumbo cierto, cuenta en el epílogo cómo surgió el libro. A Panero se le había reproducido el cáncer en 1995. Su proyecto de escribir unas “memorias literarias viajeras” había quedado varado en la playa de la enfermedad y su consecuente desánimo. Valls llamó a Beatriz de Moura, de Tusquets, para ver qué le parecía la idea de una memorias de Juan Luis y para que fuera ella quien se lo propuesiera. A ella le entusiasmó la idea. Quería además que las presentarse al premio Comillas organizado por la editorial. Hay que añadir que hacía poco Ricardo Franco había filmado la infame segunda parte de El desencanto, una cosa de pésimo gusto titulada Después de tantos años a la que Juan Luis se prestó porque pagaban bien (también le pagaron bien Chávarri y Querejeta por su papel de paranoico decadente en El desencanto, todo sea dicho). Era el momento perfecto para algo más de carnaza paneriana justo cuando parecía que el primogénito estaba en las últimas.

Sin rumbo cierto (2000) memorias dictadas  -o más bien monologadas- decepciona por su levedad, por su prisa para llegar a tiempo al premio Comillas (que le fue concedido, qué duda cabe). Panero recorre su vida enumerando viajes, encuentros y anécdotas sin tiempo para meandros ni reflexiones de ningún tipo. Esto convierte el libro en una suma, en poco más que una cronología pautada por el apremio de su inmediata exhibición. Comienza con su primer viaje a Londres en 1946, donde su padre el poeta Leopoldo Panero era embajador cultural de Franco. Allí iba a visitarlos T.S Eliot, con su traje gris oscuro y su copita de jerez, agusto en la penumbra. El libro empieza bien pero cualquier ilusión de profundidad se disipa a las pocas páginas. El tono generalmente cínico y ácido de Panero tiene su gracia. Apenas se refiere a sus hermanos y cuando lo hace es desde el rencor y el absoluto desapego: Michi destrozó el piso de su madre de la calle Ibiza junto a su “última y borrachísima mujer”. Con 17 años Leopoldo María compró y leyó las obras completas de Lenin a 40 grados durante un viaje por el Mediterráneo “y así se quedó”.

El libro incluye algunos de sus poemas -experiencias versificadas, construídos en torno a un recuerdo- bastante literales y autobiográficos, lejos del malditismo de su hermano menor y de los novísimos de Castellet. Habla de la influencia decisiva que tuvieron en él Cernuda, Cavafis y, en otro sentido, Camus. Su encuentro con Borges, con Bioy, con Barral. Todo contado a vista de pájaro, sin tiempo y sin ninguna profundidad. Dice Juan Luis muy poco de sí mismo y por eso el libro resulta decepcionante. Su crónica es la de un vividor culto pero negligente y, finalmente, superficial. Cuánto más interesante hubiera sido, por ejemplo, el análisis de la deriva psiquiátrica de la familia a la sombra del padre castrador. Pero el libro es más un catálogo irrelevante de vivencias que el ejercicio espeleológico, bergsoniano, que unas memorias sugieren. Lástima.

sin-rumbo-cierto_panero