Marranadas (de Marie Darrieussecq)

Alguien decía no hace mucho en twitter que la página 77 debería ser el ecuador de todo libro. Yo estoy completamente de acuerdo. Por eso, antes que nada, aprovecho esta irrisoria ventanita para conminar a los escritores a hacerlo breve. No se cuelguen galones en virtud del grueso de sus tochos, damasicaballeros. No se crean más escritores por traer más páginas al mundo en un mismo volumen. Digan lo que tengan que decir en 154 páginas. Cuenten su historieta, hagan su drama, pergeñen su sátira. Pero que la página 77 sea el ecuador de su criatura. No se hagan daño. Piensen en Foster Wallace. La 77 como ecuador no nos libra necesariamente del aburrimiento (piensen en César Aira), pero sin duda lo mitiga. Además, el gesto de abandonar un libro fino es para el lector siempre más alegre que el abandono de uno gordo. Comenzar un libro fino y al poco desecharlo es algo que hacemos casi con alegría, con despreocupación. Bah, nos decimos: era un librito de mierda. Ni libro casi era. Y probamos con el siguiente.

Esto viene a que el otro día, después de leer esta reseña de @justlola de una novela de Darrieussecq, a quien no conocía pero quien de inmediato me intrigó, troté a mi biblioteca amiga y acto seguido a la segunda más amiga y heme aquí ante todos los libros de Marie Darrieussecq (Bayona, 1969) disponibles en las bibliotecas públicas de Madrid. Uno sobre otro encima de mi escritorio los miro con devoción. La regularidad es asombrosa. Todos son idénticos en grosor. Ninguno excede las 150 páginas. Ni Marranadas, ni El bebé, ni Respirando bajo el agua, ni La aparición de los fantasmas rebasan esa redonda cifra. Veo los libros apilados y uniformemente flacos, amarillos (son de anagrama), colaborando desde la sensatez y la mesura a ser leídos (cada uno) en cuatro viajes de metro. Empiezo por el primero, Marranadas (Truismes, 1996). El Pornokratés de Félicien Rops bajo el título divide mis dudas entre la moral y el chancho. Prevalece después la patada a lo burgués sobre lo meramente porcino. Estoy dentro de la historia desde la página uno y divirtiéndome desde la tres, y me alegra pensar que las historias de Darrieussecq absorberán el tedio y el fastidio de los diarios viajes en metro durante al menos medio mes. El tono deliciosamente menor y el argumento en torno a la vida laboral y medio fantástica de una mujer joven que acaso se metamorfosea me llenan de esperanzas sobre mis posibilidades como escritora y ya estoy en Gregorio Marañón.

Una joven narra en primera persona la historia reciente de su vida. Lo hace desde un lugar oscuro y sórdido y lleno de barro y en el tono confesional que se mantiene durante todo el libro lamenta que recordar le es cada vez más penoso. Humilde, pide perdón de antemano por la desagradable historia que no puede dejar de contar: con solo estudios elementales y por razones de pura supervivencia se lanzó al mercado laboral y encontró trabajo en una perfumería. La perfumería se revela al poco salón de masajes y el salón de masaje se revela eufemismo de burdel con fachada de perfumería. Rápidamente medra gracias a un atractivo basado en la turgencia de sus formas. Es la favorita de los clientes aunque su salario es más que pírrico. Ella se esfuerza en aumentar las ganancias de la empresa. Lo primordial es que el jefe esté contento. Su cuerpo empieza a mutar: engorda, cambia sus bocadillos de jamón por patatas crudas y castañas, su piel se vuelve áspera, le crecen pelos como escarpias incluso en la espalda, las uñas se le curvan y le nacen cuatro tetillas nuevas. Apesta. A su alrededor todos, incluso su novio Horoné, la rechazan.

Por conservar su trabajo se somete a todo tipo de vejaciones. La renuncia a uno mismo es acaso la primera de ellas. Darrieussecq nos lo dice en forma de fábula. No es la renuncia sino la evidencia de que cada uno de nosotros tiene que venderse en el mercado. La metamorfosis como asunto es tan viejo como la propia literatura (piensen en Ovidio) y la transformación en cerdo resulta idónea para escenificar el adocenamiento, la compra-venta laboral de que somos objeto. D. nos hace ver además cómo colaboramos nosotros en esta suerte de vejación, en esta disolución de identidad y ser en aras del lucro ajeno. El llamado instinto de conservación es, después de todo, poco más que un bajo instinto. Oink. Cuando se consuma la metamorfosis, la protagonista pasea por la ciudad la ignominia de haberse convertido en cerda. Lleva sobre la piel las marcas de la caída e incluso los curas se niegan a absolverla de lo que por fuerza ha de ser el síntoma físico de sus pecados.

Cuando lo más despiadado se cuenta desde una inocencia animal, desde una conciencia que no juzga porque no concibe el mal ni cuestiona nada, el humor es como una flor que marchitó la ironía. (Es absoluta la solidaridad del lector con la cerda. Amamos a la cerda. Sufrimos por la cerda). Narrar hechos fantásticos con los recursos del realismo, mirar hacia lo cotidiano siendo el-otro-indefenso, la víctima que se siente culpable, nos obliga a terminar esta frase con un adjetivo kafkiano. Darrieussecq asegura que no tenía intención de denuncia al comenzar la novela (durante las peripecias de la cerda por el submundo de la ciudad un candidato xenófobo gana las elecciones presidenciales, justo después de que la cerda se haya quedado embarazada del árabe (já) que limpia en el hotel donde la cerda pasa unas noches, luego el árabe es deportado a punta de metralladora, quería la crítica ver una crítica a Le Pen, etc). Pero dice la autora que empezó a escribirla y fue la historia quien tomó su propio camino. La historia sin duda estaba en el ambiente. Es tarea del escritor detectar y dar cuenta de las sucesivas mutaciones del alma contemporánea. Marie lo hace magistralmente en 150 páginas y yo la aplaudo.

Crédito: Pierre Verger

Crédito: Pierre Verger

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