Viaje en torno de mi cráneo

Una tarde de marzo de 1936, el escritor húngaro Frigyes Karinthy merendaba en un café de Budapest mientras resolvía el crucigrama semanal y pensaba en la obra cómica en tres actos en la que estaba trabajando. Entonces partieron los trenes. Eran las siete en punto y era raro que partieran los trenes porque en Budapest sólo quedaban ya tranvías eléctricos. Era un ruido ferroviario, un gruñido de esfuerzo, lento como cuando las ruedas de la locomotora se ponen en movimiento poco a poco y luego empiezan a chirriar; el convoy pasa a nuestro lado, después nos deja allí, con una trepidación que luego va disminuyendo… El ruido era violento y se repetía cada diez minutos, con  puntualidad de horario municipal. Al terminar su merienda, Karinthy había descartado que el ruido perteneciera al mundo circundante. Venía de su cerebro. Algo estaba mal. Tal vez a usted no le suene de nada, pero en el Budapest de los años 30 hasta los perros paraban a Karinthy por la calle para pedirle un autógrafo. Era autor de más de cinco mil artículos periodísticos y más de mil obras teatrales. Había escrito dos novelas que eran continuaciones de Los viajes de Gulliver de Swift y había formulado la hipótesis de los seis grados de separación en su cuento Chains (aquí en inglés).

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Al ruido de los trenes se sumaron en los días que siguieron jaquecas, vértigos, naúseas y desmayos. Una visita al oftalmólogo vino a confirmar las sospechas del escritor: la papila edematosa, añadida a los anteriores desarreglos, era el síntoma inequívoco de un tumor cerebral. Karinthy conocía el diagnóstico antes de que los médicos le dieran el funesto veredicto. En un hospital psiquiátrico había visto a un paciente con tumor y había reconocido en la expresión de su cara un rictus y un color que él veía en el espejo cada mañana al levantarse. Los médicos tardaron un tiempo en confirmarlo. Pero él ya andaba por ahí como un detective bienhumorado que ha descubierto antes que nadie a su futuro asesino. Tres semanas después, el diario novelado del enfermo registra pasajes dignos de una tragicomedia:

Salgo del coche, no sin dificultad; me pongo al borde de la calle, atestada de gente, y empiezo a vomitar, altivo, impertinente, impúdico. La gente se detiene; hay quien menea la cabeza sorprendido, otros se contentan con mirarme. Un golfillo se ríe a carcajadas. ¡Pazguatos!, pienso. Estoy vomitando, ¿qué os parece? ¿y qué más da? Estoy enfermo, en situación especial, tengo derecho a hacerlo: vosotros no lo tenéis; ya podéis ver que lo devuelvo todo. Pasad, señoras y señores: aquí se puede ver mi modesta opinión acerca de todos vosotros, de mí mismo y de toda esta vida tal y como ha resultado (…) Me encuentro en la terraza de Café de France. Ya no bromeo ni reniego; guardo silencio. Me duele la cabeza. Observo admirado mi jaqueca, pues esto también es posible. Nunca hubiera creído posible que hasta tal punto… Y a pesar de ello uno no pierde la conciencia, no se desmaya, sino que es capaz de reflexionar. Razona, observa y ejecuta complicados cálculos. El cerco de acero que aprieta mi cráneo se contrae con minúsculos ruidos de ruptuta. ¿Hasta cuándo podrá seguir estrechándose? Voy contando las rupturas casi imperceptibles. Ha habido dos más aún, a pesar de que me he tomado tres dosis de la medicina que me recetaron. Saco mi reloj y lo coloco ante mí, sobre la mesa.

-Que me traigan morfina -digo fríamente y con hostilidad.

-No es posible. ¿Sabe que no es posible? ¡Qué ideas tiene usted! ¿Y por qué ha sacado el reloj?

-Dentro de tres minutos, quiero que me den morfina.

Me miran desconcertados, vacilantes e inquietos; nadie se mueve. Pasan los tres minutos. Pasan otros diez más; entonces guardo el reloj en mi bolsillo, muy tranquilo, y me levanto tambaleándome.

Si el tumor no se opera en diez días, Karinthy se quedará ciego y no tardará en perder la razón. La familia se pone en movimiento. Le operará en Estocolmo el cirujano  Herbert Olivecrona. A su paso por Viena, tras las enésimas pruebas, un doctor (que por otra parte intenta curar la esquizofrenia con pinchazos de insulina) concluye que detrás del cerebelo del escritor crece un edema que es ya del tamaño de un huevo de gallina. El diagnóstico, detallado y admirablemente preciso, ha sido establecido en función de unos cuantos datos en extremo oscuros, obtenidos por mera especulación (…) tal como Le Verrier designara con exactitud el emplazamiento de Urano, sus dimensiones, su trayectoria. Karinthy se ríe de los otros tanto como de sí mismo y a estas alturas del libro se ha ganado ya un hueco duradero en nuestro corrupto corazón. Es consciente de que el buen humor y las bromas no nacen de las circunstancias, sino que son una necesidad vital, como un narcótico. Si el huevo en su cabeza no le impide la  fantástica narración de un sueño que es como un fresco de El Bosco, ni el despliegue de su erudicción amable, ni esta franca exhibición de deducción e intimismo, el triunfo es suyo hoy, por ahora.

Cuando llega a Estocolmo la autobiografía neurológica cede momentánemente ante la crónica de viaje y las reflexiones acerca de la realidad como materia novelable. El autor se convierte en algo así como un turista-paciente. Está ingresado en la clínica y ha empezado a enviar sus crónicas a Budapest, que se publican en forma de folletín (luego un editor las reunirá en el volumen póstumo que tenemos entre manos). Su enfermedad se convierte en un asunto de Estado. Karinthy, para quien la realidad es una creación humana y hasta un género literario, reconoce que esta impone su criterio, su cronología, cuando el escritor “pretencioso” intenta alterar el orden de hechos, pensamientos o asociaciones en la composición de la novela autobiográfica. Siempre, dice, todo resulta más comprensible y produce mayor efecto contado tal como ocurrió en la realidad y no como hubiera podido ocurrir. La realidad sabe mucho mejor, aun desde el punto de vista simbólico, cómo, cuándo y dónde colocar las cosas.  Y es que, aunque positivista confeso (y detractor del psicoanálisis), Karinthy tenía algunas supersticiones. Por ejemplo:

Explico al director que soy enemigo acérrimo de la cremación, pues considero que es un procedimiento demasiado violento; el cadáver no es algo tan muerto como suponemos generalmente, o, por lo menos, no se puede saber a ciencia cierta si todavía sirve para algo. Ni siquiera pienso en el ciclo de la naturaleza, en el nitrógeno que las plantas necesitan, sino que me pregunto si un buen día no se descubrirá que es muy importante para nosotros mismos, para nuestra alma (o para eso un tanto enigmático que llamamos alma) que el cadáver se descomponga precisamente así, de esta manera, poco a poco, tal como se ha venido haciendo, ya que tal vez el cuerpo astral toma su finísima materia de estos residuos. Al volver a casa me siento avergonzado: ese hombre me habrá tomado por un místico ocultista, cuando yo en realidad sólo intentaba hacerle comprender que todas las cosas tienen un ritmo, su horario sui géneris, y que es preciso no precipitar nada.

Karinthy asiste consciente a la extirpación del tumor y lo narra con detalle, con tensión pero siempre con humor. En temas de humor, no admito bromas. Mientras está bocabajo con los sesos al aire la vida continúa con sus pequeñas banalidades. Hace valer sus vigorosas dotes de dramaturgo, se convierte en el maestro de ceremonias de cuanto pasa a su alrededor. Cita a Kant, recuerda a Strindberg. Anima los pensamientos del cirujano, imagina lo que ahora mismo estará diciendo Tibor, camarero de Budapest, o la condesa X, que ha costeado la operación. Está en el centro de un escenario, la realidad es una (bella) creación suya. Sueña que es un perro que corre detrás de un tren. Vive dos años más.

Viaje en torno de mi craneo

La edición norteamericana trae un prólogo de Oliver Sacks. Viaje en torno de mi cráneo se publicó en España en los años 50 en la excelente traducción del psiquiatra e hispanista húngaro F. Oliver Brachfeld que Galaxia Gutenberg recuperó en 2007.

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