Zumbido

Al narrador en primera persona se le muere la hermana y sin otro motivo que el de habitar la libertad o la vacilación, ese estado como de flotación que se impone después de un trauma o una pérdida, emprende una especie de fuga por una ciudad latinoamericana, tal vez Bogotá u otra ciudad colombiana. Sigue a una mujer que en realidad carece de misterios, estrangula al perro de un pastor, un mulato albino le cura las heridas, come chicharrón y baila en una carpa de feria, presencia las supersticiones de una congregación evangélica. La noche es húmeda y carnosa como una guayaba madura. Diríase que todo se descompone alrededor, que el discurso se pudre en esa huida inconcreta. Juan Sebastián Cárdenas ha calificado su novela (Zumbido, 2010) como espectral. Preguntado por el origen, responde:

En realidad no podría decir que haya un origen. No hay un hecho desencadenante, ni un relato detrás del relato. Por las particularidades del proceso de escritura, el libro ha ido apareciendo delante de mí. Y ha ido apareciendo, entre otras cosas, porque este es un libro de espectros. En últimas, la noción de fantasmalidad atraviesa todos los estratos del texto. La situación del relato es espectral, precisamente porque uno nunca acaba de situarse. No se sabe dónde se está ni a qué se asiste, pero la idea es que esto no ocurra escondiendo el sentido, sino poniéndolo todo a la vista y haciéndole gambetas constantes a la amenaza de la legibilidad. Entiendo por legibilidad la reducción de un texto a determinado discurso de poder jerárquico proveniente de cualquier rama (el periodismo, la filosofía académica, la psicología, la ciencia, la religión). No es que la literatura niegue esos discursos. Al contrario, juega todo el tiempo con ellos, pero los despoja de su capacidad de determinar el significado. La literatura procura espacios nuevos para que el lenguaje prospere y haga rizoma con el mundo desde una situación que es siempre espectral. Si existe un aspecto político de la literatura es justamente ese. Yo quería hablar de mis fantasmas colombianos, de la violencia, del horror y de la vitalidad rabiosa que se manifiesta en extrañas formas de resistencia cultural contra los poderes que desangran al país. Pero para hablar de todo eso tenía que encontrar una manera de gambetear la legibilidad hasta el límite del absurdo. Si te volvés legible te agarran y te ponen a trabajar para ellos.

La entrevista entera aquí (bien las respuestas, mal las preguntas).

Una lee el libro medio hipnotizada por esa combinación entre prosa de ritmo trepidante, prosa dura y llena de matices, y el devenir viscoso de la acción. Habrá que hablar del tipo de viaje que emprenden ciertos autores latinoamericanos de la generación de Cárdenas  -más o menos líricos, más o menos lacónicos, más o menos lúdicos, más o menos fantasmagóricos (Carlos Yushimito, Maximiliano Barrientos, Carlos Labbé, Valeria Luiselli…)- y hacia qué límites van.

La última novela de Juan Sebastían Cárdenas es Los estratos (Periférica) y ha sido elogiada por gente como Chejfec. Voy a tratar de leerla enseguida.

Aunque no es representativo del tono global del libro, copio un fragmento sobre el que me detuve porque da una clave de lo que el narrador persigue:

Apagué voluntariamente las imágenes. Alguien dijo que la imaginación nunca se muestra tan limitada, tan pobre y timorata como cuando tenemos que proyectar la vida conyugal. En esas proyecciones es inevitable que las mujeres se conviertan tarde o temprano en guardianas o carceleras. El monstruo adopta la forma de una amenaza que repta sutilmente y pone en juego la consistencia del sueño. El monstruo es el adulterio o la enfermedad, nunca la revolución, que ya no forma parte de las opciones disponibles. El rango se estrecha como un esfínter y a lo sumo se nos permite cultivar en secreto una vida salvaje, alguna dependencia, alguna fantasía, una parafilia grotesca, episodios controlados de abyección que sirvan para mitigar el tedio. ¿Era eso lo que yo quería? ¿A eso se refería ella con “volver a vivir”? ¿Ponerse en manos de mi paupérrima imaginación, de mi incapacidad para concebir algo distinto, algo nuevo? ¿Qué quería yo? Lo único que supe con claridad fue que, solo o acompañado, ya no volvería nunca más a poner un pie en mi casa.

zumbido

 

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