Un viandante de 1999

Se preguntaba quién habría escrito ese cuento. Sin duda alguien ceremonioso y solemne. Alguien a quien le sobrase tiempo para dedicarse a esas pamplinas. Alguien solitario también, con tendencia a buscar ventanas en las que quedarse asomado largo rato. Alguien que hablase poco. Alguien que tuviera pocas cosas que decir y que contar. Alguien maniático y avariento. Un usurpador de palabras. Las roba y las guarda en el cajón esperando la ocasión de convertir en signo el significado. Alguien que al doblar la ropa oficia una ceremonia religiosa por cada par de calcetines que casa. Alguien así, bufón para sí mismo. Aunque también podría ser ese, el que entra ahora. Vaya tipo, qué lento y qué pasmarote. Allá donde vaya su voz se eleva como la de un retrasado sobre la de los demás, y la gente se ríe de él con disimulo. Los que le conocen le tienen como un caso perdido, le llevan la corriente. Es un inocente. Se aprovechan de él. Jamás ha tenido a una mujer sin pagar. Su físico raya en lo nauseabundo. Le falta todo. Empieza a hacer calor. Manga corta hoy en la calle por primera vez en el año. En el fondo es un gran día éste. Un mosquito diminuto en mi brazo mientras esperaba el verde del semáforo. Desde un coche que pasaba me llegó I miss you de los Rolling. Que eso haya sucedido hoy es rarísimo. Ráfagas suficientes como para que un día se salve. El parque se ofrece hoy como un lugar frondoso con sombras suculentas en medio de un sol que va avisando de lo que es capaz. Pero primero un refresco en la terraza junto al estanque. Los camareros están desprovistos de cualquier jovialidad. Son cincuentones, visten chaquetas blancas, parecen contramaestres. Los negros y los moros rivalizan en las puertas. Te asedian con un saludo o un movimiento rápido de cabeza buscando compradores. Aparecen en un claro, se descubren tras un seto, se reúnen entre ellos. Así pasan el día. Los patos amodorrados se acurrucan con el pico entre las plumas a orillas del estanque. Graznan con pereza, se asean en el agua bajo la luz metálica del nublado mediodía. Este sol no puede durar. Se ruboriza con bochorno. Estaba aquí, sin mucho que hacer, pensando en ti, pronunciando para ti, por tu silencio de ayer.  ¿No cruzó por tu desleal memoria aquel tiempo en que nuestro amor era posible? ¿No fue nuestro amor la más sangrante de las sugerencias? Mis palabras son vanas porque nunca van a llegarte. Era yo quien escribía el dolor mientras tú urdías provisiones de barro para el olvido. Yo acuñé territorios sagrados que nos honraban y  sembré en los surcos mi homenaje. Hoy sé que tu banal  desmemoria nos ha devastado. El dolor es también ya un débil eco. Allí quedó para siempre. En la casa sin ventanas, en los papeles mojados, en los sobres que tus labios no sellaron. Llegan las gitanas intentando vender sus ramitas de romero. Son un gremio: el de las gitanas-vendedoras-de-romero-que-si-pueden-te leen-la-mano-y-te-sacan-milquinientas. La gente se atemoriza un poco y sucumbe. Lo que sucede es lo siguiente: digamos que alguien que se siente generoso le compra por veinte duros una ramita a la gitana. Ella, agradecida e impulsiva, le coge la mano y se dispone a dictarle un futuro con faltas de ortotografía. Vas a enfermar. Lo vas a pasar muy mal. Sólo con velas y aceite podrás salvarte. Paga por ellas mil quinientas o la agonía de la enfermedad caerá sobre ti. La gitana llega sin pudores a la amenaza. Te condena. Total, mejor mandarla lejos al mínimo acercamiento, es decir, negar con la cabeza cuando se acerca y ya. Estoy aquí, pensando en ti. Ya no te quiero. Te quise, sí, pero ya no. Y ahora estoy aquí, debatiéndome con la realidad. Desintoxicándome.

Perder teorías

Hace unos días me topé con un librito (cuarenta y dos páginas, tapas duras, apenas un opúsculo) de Vila-Matas (Barcelona, 1948) titulado Perder teorías (Seix Barral, 2010). Digo que me topé con él porque no fui a buscarlo a una librería o a una biblioteca. Me topé con él en un lugar donde esperaba encontrar algún libro pero no uno de Vila-Matas. Cuando nadie miraba me guardé el libro y salí de allí pensando que su lectura duraría tanto como el viaje en metro de vuelta a casa.

No acostumbro a leer autores vivos pero desde hace unos meses estoy dispuesta a hacer una excepción con Vila-Matas. De hecho, hace tres o cuatro semanas, movida por la curiosidad que alguna reseña elogiosa me deparó, fui a la librería y compré Una vida absolutamente maravillosa (el título no me gusta) publicado en 2011 por Mondadori Debolsillo.  Tras una rauda inspección del índice decidí reservar su lectura para algún viaje, pensando que un avión, una habitación de hotel o una ciudad desconocida serían lugares idóneos para paladearlo y utilizar sus efectos estimulantes en provecho de una escritura propia.

El caso es que encontrándome en vías de leer Una vida absolutamente maravillosa me topé con Perder teorías, que ya he leído. Un autor, el mismo Vila-Matas, ha sido invitado a dar una charla sobre relaciones entre realidad y ficción dentro de un Encuentro Internacional de Literatura celebrado en Lyon. Llega al hotel, donde nadie parece esperarlo puesto que nadie (ni siquiera un miembro de la organización) acude a recibirlo. Ligeramente despechado pero también aliviado decide esperar para ver qué sucede y decide convertirse en el héroe de un relato titulado La espera.

A Vila-Matas le gustan los hoteles. En los hoteles comienzan los dramas y terminan las persecuciones. En los hoteles somos otro. Nuestra identidad queda difuminada por la circunstancia transitoria de nuestro paso por allí. Convertido en persona anónima, el escritor aprovecha para probarse el nuevo traje que la ciudad le brinda. Y sale a la ciudad desconocida para tratar de averiguar quién es él allí.

Como las esperas son siempre fecundas para un escritor como Vila-Matas, el héroe del relato bosqueja una teoría literaria: cinco rasgos esenciales e irrenunciables que debe poseer una novela que pertenezca al nuevo siglo:

La “intertextualidad” (escrita así, entrecomillada).

Las conexiones con la alta poesía.

La escritura vista como un reloj que avanza.

La victoria del estilo sobre la trama.

La conciencia de un paisaje moral ruinoso.

A mí las teorías literarias no me gustan tanto como a Vila-Matas. Sin embargo al leer estas cinco claves me detuve sobre cada una de ellas tratando de encontrar algún libro que las ejemplificara. Entonces pensé en Hanna O Semicz.

Hanna O. Semicz, escritora desaparecida en cuyo honor he abierto este blog (ver ABOUT) dejó unos cuadernos que por razones que ya explicaré en otra ocasión cayeron en mis manos. Uno de los cuadernos contiene una especie de diario novelado (que ya he empezado a pasar a word) en el que reconozco al menos cuatro de las cinco premisas vilamatianas. Se trata de un diario de formación, un diario de iniciación en la escritura, una aventura urbana sobre la dificultad de ser. La conciencia de que escribimos porque otros escribieron antes que nosotros, el diario-novela concebido como un work-in-progress, la escritura sobre la nada, el hastío del sujeto occidental como un retrato del escritor seriamente enfermo son algunos rasgos de El Diario de la pasajera enferma de Hanna O. Semicz que espero publicar aquí dentro de unos meses con el consentimiento de su familia.

Como estoy absolutamente segura de que Hanna no leyó a Vila-Matas (y además su muerte es anterior a este libro) pienso en la intuición (el pensamiento trabaja por impulsos vitales) que mueve a un temperamento artístico a realizar una obra que después encaja en las teorías de otro. Entonces me digo que la teoría de Vila-Matas no sólo es acertada sino que es consecuencia natural de la sensibilidad de una época, de la comprensión íntima de lo que una obra debe ser hoy.

En el taxi que le lleva a hotel, el héroe del relato de Perder teorías es interpelado por el conductor, que le espeta a la ligera, con ese desparpajo del que el héroe carece: “Y dígame, ¿se lo pasa uno bien siendo escritor?” Y el héroe no responde. Pero a nosotros nos dice “preferí no contestar, pero me habría gustado explicarle sin complejos que cuando un escritor se encierra a trabajar en soledad está poniendo consciente o inconscientemente una gran fe en la humanidad, porque él cree que todos los seres humanos se parecen y por tanto deben llevar dentro de sí heridas similares y lo comprenderán”.

Vila-Matas visto por Loredano