Alrededor de una duna

Debo sortear el escollo que los datos representan en la narración. Un reto: que aparezcan los datos pero con otra apariencia. Con la apariencia de las piedras o las nubes. Como si fueran parte del paisaje. Hay un personaje que debe sacrificarse. Debe caminar por el porche de su casa como un payaso que tropieza, lanza una risilla inadecuada y dice verdades como puños. Personajes que no hablen de política o geografía sino de la buena calidad del vino o del peligro que suponen las termitas para su casa de roble. No mencionar la cifra de negros que llegaron de Sudán, sino las leyendas que trajeron. No hacer acotaciones al comentario de aquella mujer. Dejar que caiga sobre el lector-paseante así, como yo lo oí: “Marañón es del reggae y del buey”. Dejar que nuestros anfitriones lancen, mientras comen o caminan por el porche, una batería de frases en apariencia incongruentes. Contienen, como es lógico, un sentido. Pero no se le pondrá fácil al paseante: tendrá que hacerle justicia a su condición, tendrá que salir a buscarlo, intuirlo, y seguir por entre las dunas o la maraña de tallos. Lo importante será que nos inmiscuimos en sus vidas y fuimos tratados como huéspedes, no qué pensamos o cómo nos vieron llegar. El narrador puede ser cualquier cosa menos impertinente o sabihondo. Debe detenerse ante los hechos, ocultarlos, desprestigiarlos. Ordenar las palabras de la oración como un niño lo haría. Luchar contra la clase de verdad que el periodismo exhibe. Ser contrario al análisis y a la interpretación facilona que el lector en el sofá quiere para su confortable siestecita. Que sepan que es verdad, que Marañón es del reggae y del buey y que la frase se detenga ahí. Y aunque se extrañen que no duden que es cierta: el narrador ni engaña ni explica la verdad. Está en igualdad de condiciones que el lector-que-pasea. Debo ir con la memoria a las dunas de Atins, caer de pie sobre la arena ya fría de la tarde, descalzarme al borde del desierto y echar a correr hacia dentro, resbalándome y hundiéndome en un prodigio hijo del viento. Voy corriendo, salto, me sumerjo en lo blando, me dejo caer. El viento ha depositado un desierto aquí y hemos venido a mirarlo y a saltar dentro. Dicen que en época de lluvias hay lagunas de colores. La laguna azul, la laguna verde, la laguna amarilla. Hay quien las visita de noche, a caballo, bajo la luz de la luna, acompañados por un guía. El guía es de Atins y así se gana la vida, se gana más que saliendo a pescar. Poco más puede hacerse aquí, donde hay un suelo agreste entre el océano y las dunas, donde la vida asoma tallos en las marismas, más acá de la tierra blanca y estéril sobre la que andan descalzos los maranhenses del confín. Aquí empieza el nordeste. Quiero que vean el esfuerzo que hago por eludir los datos, por poner una rama donde pudo haber un número. El sol cayendo a la arena blanca envolvía al pueblo en un resplandor imposible de mirar. Desde la casa de doña Rita el horizonte era una línea difusa entre las dunas y el cielo, así que nos encaminamos a la búsqueda del mar como si la orilla fuera el norte de una brújula, un signo comprensible en  el espacio. Pronto estábamos descalzos sobre las huellas que la resaca dejó, hasta el tobillo dentro del charco baboso de un pequeño manglar. El océano no estaba abierto ante nosotros. Era el río Preguiça desembocando en remanso. Las dunas no las vimos todavía. Lo que vimos fue algo que creímos un bar y hacia allí nos encaminamos. Resultó ser una casa particular rodeada de alambrada. Según supimos más tarde, sus habitantes eran unos autómatas programados para complacernos. Abrieron la cancela, nos dieron agua y conversación. Uno de ellos, el más alto y cortés, llegó incluso a mencionar a Teófilo Stevenson cuando supo que uno de nosotros era cubano.