Una belleza vulgar

Una belleza vulgar (Caballo de Troya, 2011. 125 páginas), de Damián Tabarovsky (Buenos Aires 1967). Comprada intacta en librería de saldo por 3,50.

Sinopsis: Una hoja se desprende de un árbol de la calle Thames en Buenos Aires. Pasa por delante de portales y de vidas apenas esbozadas. Gente vulgar con su vulgar biografía y sus dramas vulgares que no ve la hoja (la ven sólo el narrador y una chihuahua). Su trayectoria ora ascendente (desafiando la gravedad) ora descendente (termina cayendo, depositada por el viento sobre la calzada) es el pretexto de Tabarovsky para escribir como de pasada (pasa la hoja) un fragmento de una ciudad tantas veces escrita y teorizar un poco (ya que estamos aquí) sobre la narrativa posible, el rumbo de esta historia y su posible reverso. A Tabarovsky no le interesa (tampoco a nosotros) esa gente cuya existencia apenas menciona. Son habitantes/figurantes del paisaje urbano que el autor ha escogido. Un nimio fragmento de ciudad en el que caben todos los dramas de los que es testigo un volátil y perecedero fragmento, manoseada naturaleza muerta. El vendedor de empanadas, la estudiante de letras, la peluquera hastiada, el pescador solitario son presencias necesarias pero insustanciales, anodinas,  banales. Ya se ocupó de ellos el siglo XIX. Nos queda la silueta del personaje; el personaje está agotado y está gastada la literatura. Aquí no hay anécdota ni argumento. Hay una descripción que se va por encima de las veredas y las fachadas cuando un viento teórico eleva el discurso a la altura de los tejados. A veces la literatura es lo que sucede cuando nos preguntamos por la literatura y este es acaso uno de sus derroteros más plausibles.

“Quizás la historia trivial de la hojita que se suelta de una rama en la calle Thames haya engendrado otro tipo de historia, no lo sublime magnífico, no lo sublime inexpresado, no lo sublime absoluto, sino un nuevo capítulo en la historia de lo sublime. Sí, algo nuevo (¿qué sentido tiene contar una historia si no aspira a lo nuevo, a la novedad radical?). ¿Y qué capítulo sería? Ya no lo sublime de la grandeza y lo terrible, sino ese sublime de las cosas de nada, de la nadería, de la trivialidad: lo sublime del detalle insignificante, de las pequeñas formas, de la repetición y la variación de la repetición. Lo sublime repetitivo, lo sublime de la banalidad. Contar una y otra vez que ya no hay historia para contar, narrar una y otra vez el banal relato de que el relato es banal, hasta que la repetición se vuelva una forma de novedad y la novedad una forma de lo sublime. Lo sublime de lo nuevo que no renueva nada. O tal vez sí. Tal vez lo propio de la novedad hoy -de la vanguardia- ya no sea la creación de una novedad entendida como la primera vez; sino que es vanguardista quien escribe por primera vez lo ya escrito, quien hace por primera vez lo ya hecho, quien crea por primera vez lo ya creado. Esto ya ha sido escrito antes, pero ¿qué importa? Quizás haya que inventar una literatura y un arte que creen novedad no como una ruptura que borra las huellas del pasado, sino como la introducción de paradojas en los discursos existentes, en el discurso presente”.

A punto estuve de buscar en google maps la calle Thames. Pero me detuvo a tiempo la impresión de que incurriría en un acto profundamente antiliterario que en nada ayudaría a esta reseña.

Damián Tabarovsky

Entre la novela y la camiseta me quedo con la remera.