Gótico sureño

El muchacho a quien vemos sonreír bajo estas líneas tiene 28 años. Se llama Michael Perry. Ha pasado los últimos diez años en la cárcel. Cuando tenía 18 asesinó a tres personas en compañía de un compinche. Asesinó a una mujer, a su hijo de 16 años y a un amigo de este para apoderarse del flamante coche rojo que la mujer guardaba en el garaje. En Texas. Un jurado popular condenó a muerte a Perry y a cadena perpetua a su compinche. En 2010 Werner Herzog filma un documental sobre este caso policial y la pena de muerte. Cuando Herzog habla con él a Perry le quedan ocho días de vida. En ocho días le aplicarán inyección letal y morirá en un plazo de nueve minutos. El estado de Texas me va a ejecutar, dice Perry. Si su familia no lo reclama lo enterrarán bajo una cruz sin nombre. ¿Por qué sonríe Perry, si le quedan ocho días de vida? Por tres razones. Porque es ligeramente retarded, porque en la penitenciaría llevan diez años drogándole y porque además cree en el Paraíso.

La historia del documental recuerda violentamente a  A sangre fría hasta en el nombre de Perry. Tres personas tienen que morir por un coche de alta gama. Tres personas mueren para nada. No es ninguna novedad. Pero hay una poderosa novela gótica americana por debajo y Capote lo sabía, Faulkner lo sabía y Herzog lo sabía. Herzog es firme adversario de la pena de muerte y lo dice pero reduce al mínimo acotaciones o reflexiones propias. Deja que los implicados hablen. Deja que los familiares de la víctimas hablen. Habla el policía que investigó el caso. Habla el funcionario que ejecuta. Habla el párroco que asiste al último suspiro del condenado y reza entre dientes por la salvación de su alma. El tema esencial del documental es la pudrición. Herzog es un humanista y logra que esta historia tan pedestre, tan de familia americana que se reúne ante el televisor cargada de patatas y coca cola para ver las historias terribles que les pasan a los demás se convierta en otra cosa. El documental es un alegato contra la hipocresía. La atrocidad está servida a poco que Herzog escarbe con un palo y escuche lo que tienen que decir los familiares de las víctimas: gente muy maltratada por la vida y con una sed de venganza estimulada por la propia-vida-americana. Herzog escarba y aflora la sentimentalidad podrida. Una mujer llora la pérdida de los suyos y dice sí, que ejecuten a ese hijo de puta. Me lo debe mi país. El estado me vengará. Mi vida está vacía. Muy vacía. Dice la hija-hermana de dos de las víctimas. Otras ven un arco iris que es como una revelación y piensan sí, Dios existe y fulano es inocente. No es el arco iris de la gravedad sino el arco iris de lo profundamente banal. El crimen, banal. La vida, banal. El padre del compinche (cadena perpetua) cumple una condena de 40 años por robos reiterados. Era alcohólico y drogadicto. El padre de una víctima estaba en la cárcel en el momento en que asesinaron a su hijo. Hay una cadena interminable de analfabetos,  muertes accidentales y suicidios en las familias de los que quedaron. La hija-hermana de las víctimas cuenta que está sola en el mundo. Que ha decidido no tener teléfono en casa para no recibir otra noticia atroz. Su vida está vacía. Muy vacía, dice. Y Herzog nos dice a nosotros (sin palabras) que es América quien la ha vaciado.