Bufo & Spallanzani, de Rubem Fonseca

Si tuviera que elegir a un novelista brasileño de la segunda mitad del siglo XX me quedaría sin duda con Rubem Fonseca. Guimarães Rosa murió en el 67 y publicó su obra maestra en el 56, de modo que apenas podría entrar en esa categoría, aunque la mejor novela del siglo XX brasileño sea de lejos Gran Sertón: Veredas. Rubem Fonseca ha saciado de manera razonable mi curiosidad por una crónica policial carioca narrada lacónicamente desde el cinismo profesional (y el escepticismo vital) que va desde el crimen espantoso a la construcción de un entramado social que trasciende siempre el mero argumento negro. Es el caso de El gran arte (1983), mi novela favorita de Fonseca (1925), expolicía y abogado y literato a partir de los 38 años, cuando ya había metido las narices en el último rincón de cada comisaría o celda de Botafogo o Copacabana y había visto de cerca la correosa cara del mal en la justicia y en el ajusticiado.

Bufo & Spallanzani (1986), mi segunda novela favorita de Rubem Fonseca, lleva en su centro además un juego autorreferencial que acaba convirtiendo la novela en una cosa muy diferente a lo que al comienzo insinúa: un escritor de cierto éxito que está intentando terminar su novela Bufo & Spallanzani viaja a un refugio perdido en medio de la selva, una especie de resort en la espesura donde supuestamente encontrará sosiego para avanzar en su libro. Tras romper el hielo con los demás residentes y entablar una conversación sobre arte y literatura (que si Flaubert tardó cinco años en escribir Madame Bovary trabajando a diario durante muchas horas, que si Dostoievski escribió El jugador en treinta días) los reta a escribir un texto en prosa sobre el tema oculto que él propondrá (les tiende unos papelitos con una palabra escrita y todos, incluido el escritor, cogen uno al azar). Aunque los otros no lo saben, en todos los papeles el escritor ha trazado la palabra SAPO. El reto es, por tanto, escribir un relato que contenga sapos. Todos, excepto el escritor, narran un texto autobiográfico o autoficcional donde los sapos aparecen de manera incidental y un tanto forzada. Al menos ninguno recurre al viejo truco del sapo que besado por un dama se convierte en príncipe, etc.

Bufo & Spallanzani es una novela negra cuyo tema fundamental es la metaficción. El autor que aspira a escribir Bufo & Spallanzani es un antiguo maestro y agente de seguros que devino escritor tras una experiencia catártica de reclusión en un manicomio. Había esclarecido con pruebas vividas en carne propia el caso de un acaudalado treintañero que se hace un seguro de vida millonario y al poco tiempo de pasar las revisiones médicas que debían autorizar la realización de un seguro tan costoso muere fulminado como por un infarto. El agente de seguros asume el rol del detective y descubre (siempre con la inestimable ayuda de su amada Minolta, poeta andrajosa y musa) que el supuesto difunto se ha hecho zombificar por su falsa viuda. Habiéndole suministrado una cierta dosis del veneno glandular del sapo de caña (Bufo marino) quedan suspendidas las constantes vitales (se levanta el acta de defunción, se entierra al sujeto) para después devolverle a la vida mediante el principio activo de la datura. (Este no es, desde luego, el principal misterio de la novela, aunque tal vez sí sea el de mayor interés antropológico. A mí me llevó directamente a Wade Davis y a The serpent and the rainbow, que narra las expediciones del etnobotánico a Haiti para investigar el secreto del veneno zombi en el seno del vudú). El agente y futuro escritor desmonta el timo (en que están involucrados una gran cantidad de personas poderosas) pero acaba en el psiquiátrico. Cuando sale su único empeño es escribir Bufo & Spallanzani, novela que, como hemos visto, tiene un sapo (o dos) en el centro de la narración.

bufo

Fragmento:

– Los culpables de la actual decadencia de la literatura, porque supongo que estará usted de acuerdo conmigo en que la literatura está en decadencia, ¿no?, son los propios escritores -dijo Orión.

– Claro. Ya no hay escritores como los de antes -ironicé.

– Leí una entrevista en la que Borges se enorgullecía de no haber escrito nunca una palabra difícil que obligase al lector a buscarla en el diccionario. Me parece que las palabras raras son sólo buenas para esos filósofos franceses que se ponen de moda y dejan de estarlo cíclicamente, y que, cuando no tienen nada que decir, echan mano de una verborrea críptica, del mismo modo que los médicos hacen ininteligible la caligrafía de sus recetas para ungirse de mayor autoridad.

– También puedo ser leído con la ayuda del diccionario -dije.

– Protomano, hybris -dijo Orión.

– La mano del sapo fue la primera mano de cinco dedos que existió en el reino animal. Protomano, sí. En cuanto a hybris, es un bello cliché helénico. A los lectores les encanta.

Tal vez Orión tuviese razón, y cualquier idiota puede ser escritor, bastándole para ello con ser un impúdico exhibicionista con un ego desmesurado. Allí estaba yo, leyendo una página de mi novela sólo para exhibirme ante Roma, una página que me había empeñado en mostrar para dar la impresión de que era inteligente y culto, aparte de dominar el difícil arte de escribir. Para un escritor la información no vale nada. Para escribir Muerte y deporte (Agonía como esencia), llené mi ordenador con millares de datos, todo lo que iba leyendo en los libros de los otros, etc, ad nauseam. El ordenador archivó aquella brutal masa de datos en los órdenes innumerables que me interesaban y, a la hora de escribir, me bastó con apretar una o dos teclas para, en un segundo, disponer de la información que precisaba en el momento exacto. Muerte y deporte no pasa de ser una inmensa colcha hecha con millares de retazos viejos que, bien cosidos, parecen una cosa original.

– Me gustó lo de no revelar, hasta avanzado el relato, que Bufo y Marina eran sapos -dijo Carlos, siempre con su voz sofocada.

– ¿Fue ese el mote que les dio? -preguntó Vaslav.

– ¡Ojo! ¡Cuidado! -dije, reclamando silencio a Suzy y Roma.

Alguien preguntó si Spallanzani había existido. Claro que existió. Inicialmente, yo había pensado en escribir un libro en que los personajes principales serían una salamandra y santa Catalina de Siena, incombustibles ambas, según la leyenda. Pero por un motivo que no quise revelar a los otros huéspedes, acabé cambiando los personajes de la historia y, con ellos, la misma historia. Siempre, desde mis tiempos de colegial, me había interesado Spallanzani. Él fue quien hizo la primera inseminación artificial, en una perra. Fue él quien describió el aguzado sentido del murciélago, un animal que también me interesa mucho. Spallanzani se anticipó a Pasteur en sus experiencias sobre la generación espontánea. Estudió la circulación de la sangre, la digestión gástrica, la respiración, aparte, evidentemente, de la regeneración de los apéndices de los anfibios. Luego, por aquella razón secreta que no quería revelar a mis compañeros del refugio, Bufo sustituyó a Salamandra, y Spallanzani entró en el lugar de santa catalina de Siena. La Salamandra, dicho sea de paso, tenía ya a su sabio loco, llamado Gesner, que infligió también sufrimientos terribles a los individuos de esa especie para demostrar, sin conseguirlo, sus fantasiosas teorías. Pero no estoy hablando sólo de locura al usar a Spallanzani como símbolo de la arrogancia autoritaria del científico (véase mi libro Joseph Mengele, el Ángel de la Muerte).

– Va ser un libro difícil de leer -dijo Juliana.

– Esa Catalina, ¿es Catalina la Grande?

¿Qué se puede responder a esa pregunta? La única Catalina grande fue en realidad santa Catalina de Siena, Catalina Benincasa, el único gran autor analfabeto de la literatura universal, con sus textos dictados en el siglo XIV (…)

(Traducción de Basilio Losada)

El escritor como detective y asesino es otro de los temas de Bufo & Spallanzani. Pero el escritor como escritor es el tema principal. Un escritor posmoderno y envanecido por el éxito comercial de sus libros que acaba defendiendo la banalidad del asesinato y también de la erudición. A través, claro, de la novela que hay dentro de su novela. O viceversa.