La muerte y Lernet-Holenia

Para Alexander Lernet-Holenia vida y muerte no difieren demasiado y el sueño linda con ambas, es un estado intermedio parecido a un carnaval de sombras, una mascarada, un espejismo de húsares y dragones que beben y danzan, el abrevadero de la psique tras una herida casi fatal. En esta triple frontera demarcada por el campo de batalla sucede una de sus novelas más famosas, El Barón Bagge (Siruela, 1990, reeditada en 2006), nouvelle fantástica en todas las acepciones del término y editada por primera vez en 1936, cuyo argumento no esbozaré para no restarle ni una brizna de sorpresa o de deleite al futuro lector. Sí me atrevería a pergeñar para El conde luna (Siruela 1993), aunque fracasaré en el intento, una solapa alternativa que cuidadosamente eludiera el saldo de cadáveres y la naturaleza de la persecución que día y noche asedia a Jessiersky, protagonista -por no decir antihéroe- de esta historia detectivesca y fantasmal.

Un barón (Bagge) y dos condes (Luna y Siruela) son demasiada aristocracia para este comienzo. Se dice que el propio Lernet-Holenia (1897-1976) era hijo ilegítimo de un archiduque de la casa de Habsburgo que fue adoptado por la acaudalada familia materna. Combatió en la Primera Guerra Mundial y dejó las armas por las letras. Publicó sus primeros poemas bajo el auspicio de Rilke, admiró profundamente a Hofmannsthal, fue amigo de Zweig, de Perutz, de Horváth. En 1926 recibió el premio Kleist por su obra dramática. Además de las dos mencionadas, otras novelas suyas traducidas al español son El estandarte, Yo fui Jack Mortimer, El conde de Saint Germain, El joven Moncada y Marte en Aries, estas dos últimas editadas por Minúscula. En las fotos de juventud le vemos fumando con una  boquilla larga sostenida por dedos igualmente largos y un semblante distinguido y melancólico. Este retrato de madurez resulta más inquietante.

alexander lernet-holenia

El protagonista de El Conde Luna es Alexander Jessiersky, un individuo de dudosa catadura, hijo, nieto y biznieto de advenedizos rusos y polacos que fueron desplazándose hacia el oeste hasta instalarse, gracias a sucesivas fortunas aportadas por sus cónyuges, en el  corazón mismo del Imperio. Los destinos de Jessiersky y de Luna se cruzan en la Viena de 1940 a través de un conflicto comercial. El damnificado de toda esta historia será el enigmático conde Luna, acusado de monárquico y castigado en consecuencia por el Tercer Reich.

Los estudios genealógicos encantan a Lernet-Holenia. De ambos protagonistas, de Jessiersky y de Luna, persigue los ancestros el narrador y lo hace con la fe de quien está seguro de que este rastro conduce a alguna verdad inapelable. “Así como él creía poder explicar su carácter deduciéndolo del carácter de sus antecesores, los Jessiersky, así quería descubrir la esencia de Luna a través de todos los Luna, para saber a qué atenerse y defenderse mejor de sus ataques”. Porque ¿quién es el conde Luna? Una metáfora de la decadencia de los imperios y una representación de la manía persecutoria de su antagonista.

También los señoríos de la muerte fascinan a Lernet-Holenia. El conde Luna comienza con Jessiersky adentrándose en las catacumbas romanas de la Via Appia (el título original de la novela es Die Katakomben, 1955). Toda la acción posterior narrará cómo y porqué y asediado por qué demonios llega el hombre hasta Roma y a través de qué conductos, bajo qué forma del sueño, regresa a las fincas heladas de sus antepasados.

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