Carson McCullers, biografía

“¿Cómo puede vivir un escritor a quien el acto de escribir le está físicamente vedado?”, se pregunta Josyane Savigneau (también biógrafa de Marguerite Yourcenar) hacia el final de su biografía (Circe, 1997) de Carson McCullers (Columbus, Georgia, 1917- Nyack, New York, 1967). Voluntad inquebrantable, fuerza espiritual extraordinaria, amor propio desmedido son expresiones que no dicen nada cuando el sujeto de estas cualidades está relegado a la postración total y asediado por un dolor del todo inimaginable por usted y por mí. Pero lo cierto es que Carson McCullers jamás se rindió. Pocos meses antes de morir, ya completamente paralizada, acepta la invitación que le hace John Huston y vuela hasta Irlanda para pasar unos días en la propiedad del cineasta. Va a adaptar su novela Reflejos en un ojo dorado (1941) y lo va a hacer a lo grande, con Marlon Brando y Elisabeth Taylor como actores principales. Carson McCullers no llegará a ver la película. Muere en septiembre. La película se estrena en octubre de 1967.

En un prólogo pertinente Savigneau avisa de que al menos dos biógrafos la precedieron en esta tarea: la norteamericana Virginia Spencer Carr  (The lonely hunter) con un trabajo exhaustivo pero frío y carente de simpatía hacia el objeto de su estudio, y Jacques Tournier (À la recherche de Carson McCullers), un texto por el contrario “íntimo, entusiasta y apasionado”. Ella se coloca entre uno y otro y aprovechando el trabajo previo de ambos ejecuta una biografía correcta desde una absoluta distancia emocional. Evita por todos los medios ofrecer interpretaciones, de tal manera que la objetividad que sería en principio agradecible funciona como una mampara que nos impide rozar la “humanidad” de McCullers. Vemos una sombra pasar y cuando terminamos de leer ella sigue siendo una perfecta desconocida. Una niña prodigio obstinada que se rompió pronto, una niña-mujer vestida de hombre que dejó su huella en la “literatura del sur” de mediados del siglo XX,  después de Faulkner y al lado de Truman Capote, Eudora Welty, Flannery O´Connor y Tennessee Williams, su amigo más fiel.

Hay un piano al principio de la carrera artística de Carson McCullers. La niña Carson, aún Smith, choca con un piano en la casa de unos primos y lo toca de manera natural. Sus padres descubren con asombro que es capaz de reproducir cualquier melodía escuchándola una sola vez. También compone. Le compran un piano y empieza a asistir a clases. Esta capacidad para la estructura musical desarrollada durante su infancia y adolescencia podría explicar en parte que tras su descubrimiento de la literatura y su inmersión en los clásicos sea capaz -sustituido el piano por una máquina de escribir- de componer con poco más de veinte años una novela tan complejamente sutil como The heart is a lonely hunter (1940), acogida unánimemente por la crítica como un hallazgo: parece la obra de un escritor maduro y no la novela de una escritora nobel. Carson se convierte en la revelación literaria del momento.

McCullers a principios de los 40

Lula Carson Smith se ha casado en 1937 con Reeves McCullers, el marido que toda madre quisiera para su hija. Apuesto, gentil, cultivado. Con inquietudes literarias también que jamás ve florecer, opacado por su talentosa esposa. El soldado McCullers, veterano de guerra que desembarcó en Normandía y regresó como un héroe se aboca a la autodestrucción y se suicida con cuarenta años. Como le sucediera a Lowry, se ahoga con su propio vómito después de ingerir alcohol y barbitúricos. ¿Le echa de menos Carson? No mucho, la verdad. Se había casado con él “sólo porque fue el primer hombre que me besó”. Su universo afectivo es más bien asexuado y tiende a enamorarse castamente de mujeres a quienes llama “amigas imaginarias”. La más célebre fue la malograda escritora y aristócrata suiza Annemarie Schwarzenbach (Zúrich 1908- 1942), drogadicto y andrógino ángel inconsolable que se estampó contra un árbol por retirar las manos del manillar mientras pedaleaba por algún sendero de montaña. Su muerte, señala Savigneau, marcó el fin de la juventud de Carson. Cinco años después se convierte en una inválida.

Annemarie Schwarzenbach

Fue la psicoterapeuta Mary Mercer quien logra obtener de un equipo médico un diagnóstico exacto del mal físico que aqueja a Carson. Reumatismo articular, no tratado a tiempo. Ha sufrido ya varios ataques y está parcialmente paralizada. Mercer es una psicoanalista a quien la escritora acude después de serias dudas y fervientes recomendaciones. Fue un encuentro crucial para la escritora, en 1957. La biógrafa sostiene que su amistad con Mary Mercer -y también la ayuda profesional que esta le brindó- le permitió vivir diez años más.

Los críticos norteamericanos están de acuerdo en que Frankie y la boda (1946) (acaso la menos conocida de sus novelas en España, adaptada al teatro y representada en Broadway con gran éxito de público y crítica en 1951) y La balada del café triste son los mejores libros de Carson. Entre las dos primeras, es Reflejos en un ojo dorado la que tiene más adeptos. El reloj sin manecillas, la novela en la que volcó sus últimas energías en un combate cuerpo a cuerpo con el dolor y la postración, es considerada la menos lograda de sus obras. No opina así la crítica Margaret McDowell, que destaca sus cualidades:

“McCullers, en un grado mucho mayor que en sus novelas anteriores, centra este último libro en los aspectos económicos, políticos e ideológicos de un Sur que sufre el cambio o se resiste a él. Aunque parte de la sátira política, de la explotación de los estereotipos para producir un efecto irónico y de la comedia de costumbre estilizada, su mayor virtud reside donde siempre: en su manera de dramatizar el conflicto interior de sus personajes. El antagonismo racial, la controversia política, las diferencias de clases y las barreras generacionales son recursos que, en esta novela subrayan la soledad, el aislamiento y las luchas interiores”.

Amenazada por el Ku Klux Klan y reprobada con ferocidad por la conservadora sociedad sureña por abordar temas tan escabrosos para la época como la homosexualidad (de un oficial del ejército) y el racismo, rechazó el ofrecimiento de la biblioteca de su ciudad natal de depositar allí sus manuscritos. No estaba permitida la entrada de negros. Por lo tanto no se trataba de una biblioteca pública, en contra de lo que el director presumía.

Varias personas que conocieron a Carson señalan que la encontraban a menudo bebiendo “grandes vasos de agua”, a veces en compañía de Tennessee Williams, que también parecía sediento. Era ginebra pura.

A veces té con jerez.

McCullers en los 60

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