Los tres estigmas de Palmer Eldritch

En uno de los futuros imaginados por Philip K. Dick todo el que puede permitírselo se somete a una cosa llamada terapia evolutiva. Es necesaria para afrontar el recalentamiento de la Tierra: la piel quitinosa y el metabolismo alterado proporcionan una mejor ventilación. Puede alcanzarse también la capacidad precognitiva, muy útil para prever las tendencias empresariales y adivinar los planes del enemigo. En este futuro la ONU controla la colonización de algunos rincones del sistema solar. Los colonos de Marte viven en refugios sometidos a todo tipo de inclemencias: un polvo tenaz que lo cubre todo, chacales telepáticos y organismos autóctonos que muerden o chupan. Pronto les vence la apatía. Para evadirse de esa realidad inhóspita y remedar la nostalgia de la vida terráquea recurren a drogas de traslación. La masticación de un comprimido de Can-Di los transporta al mundo adolescente y despreocupado de la muñeca Perky Pat. Pero el misterioso magnate Palmer Eldritch lanza al mercado el Chew-Zi con el siguiente señuelo: “Dios promete la vida eterna, nosotros la proporcionamos”. El consumo colectivo de drogas es análogo al ágape de los cristianos primitivos. El rito repetido en comunión depara a los fieles un buen rato de alienación total, la incursión en un mundo alternativo mejor. Pero el Chew-Zi es impotente contra el pasado. Quien bajo sus efectos intente cambiar los hechos que ya sucedieron encontrará que es imposible reconstruirlos a voluntad. El camino al infierno está pavimentado de juicios a posteriori, dice Barney Mayerson, nuestro antihéroe de hoy. Así debe ser el infierno: implacable y repetitivo. La capacidad de modificar el pasado fue (después de la invisibilidad) nuestro superpoder favorito. De qué nos sirven las drogas, los mundos paralelos, la vida eterna y las sucesivas reencarnaciones si nuestro único deseo es volver al pasado y remediar un error, tomar otro camino. ¿Qué sustancia, qué demiurgo nos concederá ese deseo? ¿A qué precio? ¿En qué realidad?

El hombre en el castillo

Alemania y Japón han ganado la guerra. Europa, África y el este de los Estados Unidos hasta las Rocosas pertenecen al Reich. Asia, las islas del Pacífico, Sudamérica y la Costa Oeste de Estados Unidos está controlada por los japoneses. Los alemanes han dominado la carrera espacial: los cohetes de Lufthansa ya llegan a Marte y a Venus. Han secado el Mediterráneo para dedicarlo a la agricultura y han convertido a media África en pastillas de jabón o en algo peor; el narrador evita dar demasiados detalles sobre este punto.

Los japoneses ejercen sobre los americanos un yugo menos rígido. Estamos en San Francisco, aproximadamente en 1960. La novela comienza en Artesanías Americanas, la tienda de Robert Childan, americano. Alemanes y japoneses coleccionan antiguos artículos yanquis: mecedoras, armas, objetos labrados y en general toda bagaleta made in USA antes de la segunda guerra mundial. Es un negocio próspero. El señor Tagomi, alto funcionario de Japón en San Francisco, está buscando un regalo para agasajar a un empleado del Reich, el señor Baynes, que está por llegar en misión comercial. Por medio del atribulado señor Childan consigue para Mr. Baynes un reloj de pulsera de Mickey Mouse de 1938. Es un regalo perfecto. Sólo quedan diez ejemplares en el mundo.

Mientras tanto, Frank Frink, que trabajaba fabricando artículos americanos de imitación, ha sido despedido tras el descubrimiento por parte de los comerciantes de un falso Colt 44 de la guerra de secesión vendido como auténtico. Con otro empleado del taller monta un pequeño negocio de joyas contemporáneas que ellos mismos diseñan y funden. El señor Kasoura, cliente de Childan, descubre que estas piezas -brazaletes, pendientes, alfileres- carecen de wabi pero tienen wu: transmiten satisfacción. Podrían -sugiere Kasoura- venderse como amuletos entre las poblaciones incultas de oriente y Sudamérica. Childan tiene en sus manos un gran negocio y también un dilema moral: ¿traicionar el auténtico e incipiente arte norteamericano? Frink, que le ha añadido a su apellido una r para disimular su origen judío, acaba de separarse de Juliana, una bella entrenadora de judo. Ella ha encontrado en su camino a un camionero italiano -exsoldado fascista- con el que se dirige a Denver a pasar unos cuantos días de diversión. También planean visitar al misterioso escritor Hawthorne Abdensen.

En la zona japonesa, ante cualquier incertidumbre inmediata todos consultan el I Ching, El libro de los cambios, el oráculo chino de más de cinco mil años de antigüedad. Además del I Ching rueda de mano en mano otro libro, una novela: La langosta se ha posado, de Hawthorne Abdensen, que vive en un castillo en Wyoming rodeado de fuertes medidas de seguridad. En ella Abdensen narra -ucronía dentro de la ucronía, el juego de los espejos siempre imantó a Dick- cómo sería el mundo si las potencias del Eje no hubieran ganado la guerra. Juliana y su amante italiano, Childan y sus clientes japoneses e incluso los oficiales del Reich leen La langosta con reverencia y temblor. La imaginación y la exactitud con la que Abdensen narra otra historia posible en la que los nazis perdieron la guerra es prodigiosa y sobrecoge a los germanos, que lamentan que los japoneses no prohibieran su publicación en su zona de influencia.

The man in the high castle (1962) le granjeó a Philip K. Dick el respeto del público y aún hoy es considerada una de sus novelas más importantes. Obtuvo con ella el premio Hugo, galardón que ha recaído después en autores como Frank Herbert (Dune), Isaac Asimov (Los propios dioses) o más recientemente en China Miéville (La ciudad y la ciudad). Por primera vez en su carrera como escritor no imagina un futuro hipotético, sino un pasado diferente. El I Ching fue fundamental para la composición de El hombre en el castillo. Jung fue uno de sus más famosos adeptos. John Cage lo utilizó para derivar las progresiones de su acordes. Algunos físicos lo usaron para determinar el comportamiento de las partículas subatómicas. Dick reconoce su influencia al principio de la novela. Usa la versión de Richard Wilhelm traducida al inglés en 1950 por Cary F. Baynes, apellido que Dick le da a un personaje que no es quien parece ser. Mundos paralelos, amenazas de destrucción, espionaje, neurosis y filosofía Zen componen la substancia de un texto cuyos giros argumentales decide Dick/Abdensen a golpe de hexagrama. Todo puede ser lo que realmente es y también su contrario. Todo aquí posee (gracias únicamente al lenguaje) una forma inquietante de familiaridad.

themaninthehighcastle

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos/ Ubik

En el Moratorio de los Amados Hermanos yacen los semivivos hasta que el residuo de actividad cerebral se agota para siempre.

Un día, en una revista, había leído un artículo sobre la criogenia que consiste en conservar a los muertos congelados, en lugar de enterrarlos, hasta el día en que la ciencia sea capaz de devolverlos a la vida. Walt Disney, según parece, contaba con ella para hacerse inmortal. También era posible hacerse congelar poco antes de que acaeciera la muerte clínica, de manera que se pudiera conservar una mínima actividad encefálica, cosa que evidentemente aumentaba las posibilidades de despertar algún día. Sentado frente a su máquina de escribir  paralizada, de espaldas al monstruoso archivador que contenía sus tesoros, Dick imaginó, sobre la pantalla negra del monitor ubicado en la cabecera de un cuerpo congelado, el centelleo silencioso del electroencefalograma: casi plano, pero no del todo. ¿Qué podía corresponder a esas vibraciones apenas perceptibles, en el cerebro de una persona conservada en semivida? ¿Eran sueños, fragmentos de pensamiento, imágenes que vagaban a la deriva en la oscuridad? ¿Un residuo de conciencia? ¿Algo que persistía, confusamente, en percibirse como un «yo» y en representarse un espacio, un tiempo, límites, la propia condición? Quizá, en el fondo de ese coma, alguien o algo que había sido alguien se veía bajo la forma arbitraria de un autor de ciencia ficción con el cerebro derretido (…)

Así narra Enmanuel Carrère en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos – heterodoxa y divertidísima biografía de Philip K. Dick, traducida magistralmente por Marcelo Tombetta para Minotauro-  la chispa que enciende la concepción de Ubik (1969), la más grande novela de Dick según Lem. Menos comedido, su editor francés le aseguró a Dick que Ubik era una de las cinco mejores novelas jamás escritas. Espera un momento¿te refieres a las cinco mejores novelas de ciencia ficción? -quiso matizar  Dick. No -repuso el editor-. Me refiero a las cinco mejores novelas de la humanidad. Desgraciadamente no sabemos cuales son las otras cuatro que integran la flamante y subjetiva pentagonía, aunque intuimos que formaban también parte  de su catálogo. Por su parte, Lem resume así la trama de la novela en su famoso artículo “Philip K. Dick, un visionario entre charlatanes“:

El dominio de los fenómenos telepáticos en el contexto de la sociedad capitalista ha hecho que estos se comercialicen, al igual que cualquier otra innovación tecnológica. Así, los hombres de negocios contratan telépatas para robar secretos comerciales a la competencia, y ésta, por su parte, se defiende con la ayuda de “inerciales”, personas cuyas psiques anulan el “psicocampo” que hace posible captar los pensamientos ajenos. La especialización ha hecho que surjan empresas dedicadas a alquilar, por horas, los servicios de telépatas e inerciales, y el magnate Glen Runciter es propietario de una de estas compañías. La medicina sabe ya como impedir la agonía de las víctimas de enfermedades mortales, pero aún no tiene medios para curarlas. Por tanto, a esas personas se las mantiene en un estado de “semivida” en instituciones especiales, los “moratorios” (“lugares de aplazamiento” de la muerte, obviamente). Si se limitaran a poner a los inconscientes en sus ataúdes de hielo, sus allegados no recibirían mucho consuelo, así que se ha desarrollado una técnica para mantener la vida mental de esas personas. El mundo que experimentan no es parte de la realidad, sino una ficción creada con los métodos apropiados. De todos modos las personas normales pueden contactar con las congeladas, porque el aparato de sueño frío dispone, en este lado, de los medios necesarios, algo semejante a un teléfono.

Telépatas y precos son una especie de hackers del cerebro humano. Runciter y Asociados  preservan la intimidad de la gente y los secretos de las empresas.

El pesimismo paranoide de Dick en relación al crecimiento de los niveles de entropía le había hecho ubicar la trama de la novela en 1992, lo que provoca cierta hilaridad en el lector actual. Eso y la vestimenta de tweed, bombachos de lamé dorado, pantalones de falsa vicuña y gorras rematadas en hélice con que atavía a los personajes. Pero el atrezzo era lo que solía imaginar en primer lugar en el momento de componer una novela. Había determinado también que un apellido polisílabo revelaba la identidad de un hombre de éxito (Runciter) mientras que los nombres de pila y los apellidos monosílabos correspondían a pobres diablos depresivos de bolsillos agujereados (Joe Chip).

Este no es Phil K. Dick

Este no es Phil K. Dick

La acción de Ubik comienza cuando Runciter, Chip y un grupo de once inerciales a sueldo viajan para neutralizar el campo psiónico de un asentamiento lunar. Apenas en la superficie de Luna -lugar desconfiable para quienes viven en la Tierra, tendrían que haberlo tenido en cuenta- Runciter y los suyos son víctima de un atentado terrorista. El villano Stanton Mick les ha tendido una emboscada. La explosión (consistente en una reacción nuclear micrónica, como más tarde deducen) acaba con Runciter, que es trasladado al Moratorio de los Amados Hermanos de Zurich, donde nada pueden hacer por conservarle con semivida. El ambiente se ha enrarecido. El aturdido comando ha regresado a la Tierra y los rodea un halo de descomposición. Los cigarros se convierten en polvo con solo tocarlos, el café y la leche están rancios, las monedas que hacen funcionar los aparatos no son de curso legal, una de las anti-psi de Runciter se ha convertido en una momia en el transcurso de una noche y un cansancio mortal se abate sobre los inerciales que se apartan del grupo. ¿Qué está sucediendo?

Joe Chip mira el informativo. Tras la noticia de la muerte a traición del magnate Runciter  aparece  un anuncio publicitario. Un ama de casa de mandíbula equina recomienda Ubik, aerosol que evita el halo de vejez y descomposisión que hace presa en las cosas y en la gente. Una rociada con Ubik revierte el proceso de deterioro, dotando a la comida y a los electrodomésticos de un viso moderno y normal. A esta altura de la novela, superado con creces su ecuador, Ubik es un producto enigmático pero familiar para el lector, pues cada capítulo comienza con un epígrafe publicitario que alaba las virtudes del versátil spray en estos términos:

Tomado de acuerdo con las instrucciones, Ubik le deparará un sueño ininterrumpido y un despertar libre de molestias. Con Ubik usted se levantará fresco como una rosa y dispuesto a enfrentarse a esos pequeños problemas que le preocupan cada día. No exceda la dosis aconsejada.

Esto no es Ubik

Esto no es Ubik

Ubik sirve para todo: contra el insomnio, para conseguir un afeitado apurado y sin escozor, para lucir un espléndido cabello, para las digestiones pesadas, para ahuyentar el mal olor corporal, para el dolor de cabeza. Pero de repente la mujer de mandíbula equina desaparece y es Runciter quien irrumpe en la pantalla ante el rostro atónito de Chip.

Lleva algún tiempo tratando de mostrarse ante su hombre de confianza. También mediante graffitis de esta laya en los retretes:

DE CAGAR Y JODER YO NO ME PRIVO, OS DICE A LOS MUERTOS EL QUE ESTÁ VIVO.

¿Están todos muertos menos Runciter? ¿Es la semivida un limbo tan real como la vida? ¿Es la semivida más real que la vida? ¿Hay depredadores psíquicos en la semivida que se comen la actividad encefálica de los demás haciendo que caigan en la muerte definitiva?

Dick escribió el final de Ubik sumido en el pánico. Mediante una paradoja bastante cruel, el aerosol Ubik, el único remedio eficaz contra la entropía, está sometida a ella; sus efectos son obsoletos. El depredador psíquico Jory, ingresado siendo niño en el Moratorio de los Amados Hermanos, ha logrado recrear un mundo paralelo con el aspecto que las cosas debían tener en 1939 y Ubik, el aerosol que puede detener la regresión, retrocede hasta el estadio de un inocuo ungüento para dolencias renales o para el dolor de cabeza.

ubik

Yo soy Ubik. Antes de que el universo existiera yo existía. Yo hice los soles y los mundos. Yo creé las vidas y los espacios en que habitan. Yo las cambio de lugar a mi antojo. Van donde yo dispongo y hacen lo que yo les ordeno. Yo soy el verbo, y mi nombre no puede ser pronunciado. Es el nombre que nadie conoce. Me llaman Ubik, pero Ubik no es mi nombre. Yo soy. Yo seré siempre.

Así comienza el último capítulo, a imitación del prólogo de San Juan y del Tao Te Ching.

Se amontonan las hipótesis metafísicas, las exégesis platónicas y los giros argumentales que hacen nacer en el lector incógnitas irresolubles.

Dice Lem: ¿Qué es Ubik? Es un símbolo, pero, ¿un símbolo de qué? No es fácil responder a esta pregunta (…) es una expresión de nostalgia por un reino ideal perdido de orden imperturbado, pero también una expresión de ironía, ya que esta “invención” no se puede tomar demasiado en serio, por supuesto. Más aún, Ubik desempeña en la novela el papel de “micromodelo interno”, ya que contiene, in nuce, todo el abanico de problemas específicos del libro, aquellos de la lucha del hombre contra el Caos, al final de la cual, tras éxitos temporales, le aguarda inexorable la derrota.

Y ahora, tras ingerir mi dosis diaria de derivado sintético de cornezuelo de centeno, me retiro a mi semivida agostina a seguir leyendo a Dick, mi nuevo amor de verano.