Los tres estigmas de Palmer Eldritch

En uno de los futuros imaginados por Philip K. Dick todo el que puede permitírselo se somete a una cosa llamada terapia evolutiva. Es necesaria para afrontar el recalentamiento de la Tierra: la piel quitinosa y el metabolismo alterado proporcionan una mejor ventilación. Puede alcanzarse también la capacidad precognitiva, muy útil para prever las tendencias empresariales y adivinar los planes del enemigo. En este futuro la ONU controla la colonización de algunos rincones del sistema solar. Los colonos de Marte viven en refugios sometidos a todo tipo de inclemencias: un polvo tenaz que lo cubre todo, chacales telepáticos y organismos autóctonos que muerden o chupan. Pronto les vence la apatía. Para evadirse de esa realidad inhóspita y remedar la nostalgia de la vida terráquea recurren a drogas de traslación. La masticación de un comprimido de Can-Di los transporta al mundo adolescente y despreocupado de la muñeca Perky Pat. Pero el misterioso magnate Palmer Eldritch lanza al mercado el Chew-Zi con el siguiente señuelo: “Dios promete la vida eterna, nosotros la proporcionamos”. El consumo colectivo de drogas es análogo al ágape de los cristianos primitivos. El rito repetido en comunión depara a los fieles un buen rato de alienación total, la incursión en un mundo alternativo mejor. Pero el Chew-Zi es impotente contra el pasado. Quien bajo sus efectos intente cambiar los hechos que ya sucedieron encontrará que es imposible reconstruirlos a voluntad. El camino al infierno está pavimentado de juicios a posteriori, dice Barney Mayerson, nuestro antihéroe de hoy. Así debe ser el infierno: implacable y repetitivo. La capacidad de modificar el pasado fue (después de la invisibilidad) nuestro superpoder favorito. De qué nos sirven las drogas, los mundos paralelos, la vida eterna y las sucesivas reencarnaciones si nuestro único deseo es volver al pasado y remediar un error, tomar otro camino. ¿Qué sustancia, qué demiurgo nos concederá ese deseo? ¿A qué precio? ¿En qué realidad?

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