Trinidad (I)

El pintor Omar Alonso nos ofreció otra historia para nuestra suma de accidentes. Le había sucedido a su hermana. Su hermana iba en un coche, circulando dentro del parking del aeropuerto de la Habana. Había ido a recoger a alguien que llegaba. Al mismo tiempo otro hombre iba conduciendo dentro del parking del aeropuerto. Y a este hombre le dio un infarto al volante. Al parecer, víctima del agudo dolor en el pecho acompañado acaso de falta de respiración el hombre aceleró, el coche voló por los aires y fue a caer encima del coche que contenía a la hermana del pintor Omar Alonso. Salvó la vida de milagro. Esto lo cuenta el pintor trinitario Omar, con calvicie incipiente y retinopatía diabética, el día de su 48 cumpleaños. Sucedió hace 41 días. Y en agradecimiento a Dios Nuestro Señor, Omar Alonso no bebe ron desde hace 41 días. Es una promesa. Medito. ¿Una promesa? No es tan difícil de entender. Así lo interpreto: Omar Alonso se entera de que su hermana ha tenido un accidente y ha salvado la vida de milagro. Omar Alonso, para agradecerle a Dios Nuestro Señor que su hermana haya tenido un accidente pero no haya muerto, le ofrece a Dios su sacrificio: no probar el ron durante un número limitado de días, digamos entre 40 y 50 días. La renuncia al ron es la manera que ha encontrado Omar Alonso de decirle a Dios Nuestro Señor: estoy agradecido porque no has matado a mi hermana, sólo le has dado un susto de muerte. Todo esto está bien. Estos pactos del hombre con Dios están bien. El hombre necesita agradecer. Pedir y agradecer. Pero es curioso, porque generalmente se le ofrece a Dios un sacrificio a cambio del cumplimiento de un favor. En este caso, Omar Alonso agradece a posteriori que su hermana haya tenido un accidente pero Dios haya impedido su muerte, dando así por hecho que Dios ha impedido su muerte. De lo que se deduce que si la hermana de Omar Alonso hubiera muerto dentro del coche y dentro del parking del aeropuerto de la Habana, Omar Alonso, sin nada que agradecer a Dios Nuestro Señor, hubiera aceptado del trago de ron que le brindamos. De esa invitación no aceptada surge esta historia oída de sus labios en Trinidad, ciudad colonial.

En Trinidad los aparcacoches se hicieron cargo de nosotros enseguida, en la frontera del casco histórico, por así llamarlo. Llegamos hasta el lugar donde los coches ya no podían pasar y un hombre con chaleco rojo dijo que la vigilancia del coche costaba 1 peso por el día y 2 por la noche. Otro nos dijo que cerca había una casa donde podíamos pernoctar. También nos dijo que sabía dónde estaba el pintor Omar Alonso. Así que nos llevó hasta Villa Victoria portando sobre su hombro mi compacta maleta roja. Victoria era el estereotipo de la prostituta retirada y tenía el libro de registros forrado con fotos de los reyes de España. Respondía a mis preguntas imitando mi acento y hubo en todo momento entre nosotras una cortesía distante. Ella teñía su pelo de rubio y ceñía sus carnes opulentas con un corpiño entallado. Sus ojos achinados acumulaban toda la malicia de la experiencia y toda la disposición acaramelada que una pone al servicio de su propia empresa. Trató de manera imperiosa a su holgazana hija Ketty y lo dispuso todo para lograr que nosotros tomásemos el desayuno allí al día siguiente.

La habitación estaba en el corredor de un patio y cerca había plantas coloridas, árboles y pájaros enjaulados. Prendí el aire acondicionado y me tumbé en la cama. El dormitorio abundaba en edredones bordados y cortinas de encajes de ominosa baratura. Entonces percibí la nube negra de gasolina que me impregnaba y procedí a ducharme. El baño tenía una ventana de postigos que no cerraban y no lejos había otra casa de la que se desprendía una leve actividad. Decidí tender una toalla enganchada en los postigos para evitar un posible rascabucheo. Entonces me duché tranquila y con cierto orgullo por haber estropeado con total eficacia la intención de los mirahuecos.