El agrio

He leído estos días dos novelas muy cortas de Valérie Mréjen (París, 1969), El agrio y Mi abuelo (ambas en Periférica). No he encontrado todavía Eau Sauvage, la tercera de sus novelas publicadas en español, pero seguiré buscándola. Pongo el término novela bajo sospecha porque Mréjen se propone en sus libros contar una historia renunciando a narrar. Tanto El agrio, retrato de un amor de juventud, como Mi abuelo, una especie de película familiar muda, eluden deliberadamente toda psicología y se limitan a los hechos. No se trata siquiera de hechos objetivos. Los hechos objetivos no importan en literatura. La escritura de Mréjen es altamente subjetiva porque trabaja con la memoria. Cada párrafo es un indicio, una pincelada que hará que se forme en el lienzo una pieza reconocible aunque genéricamente difusa que después podremos adjetivar y olvidar ahí. La fiesta debe continuar. David Markson necesitó escribir cinco o seis novelas para decir que el autor había muerto y que por lo tanto el lector estaba en vías de extinción. DFW vino a decir que no era la literatura sino nosotros los que moríamos, es decir, que podemos matar al escritor pero la literatura es indestructible. Las novelas de Mréjen me recuerdan a las de Markson (sólo en la forma) porque están compuestas de enumeraciones, de párrafos cortos y separados que describen situaciones o personajes a través de sus gestos, sus manías, sus respuestas. No hay conclusiones tras los comportamientos. Ella cita a Perec, a Duras y a Ginzburg como principales influencias. Se nota en la textura de sus libros que Mréjen se dedica también a otras cosas. No sé bien si posmoderna o naif, su literatura. Pero renunciemos a la psicología y escribamos novelitas-esqueleto. Seamos franceses.

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