John Franklin Bardin

John Franklin Bardin (Ohio 1916, Nueva York 1981) era un escritor perfectamente desconocido hasta que en 1976 Penguin publicó en un solo tomo sus tres mejores novelas: The Deadly Percheron, The Last of Philip Banter y Devil Take the Blue-Tail Fly, escritas entre 1946 y 1948 en un apartamento del Greenwich Village. Se ganaba la vida como relaciones públicas, editor de revistas y profesor de escritura creativa. Su vida estuvo marcada por la muerte prematura de su padre y de su hermana y por la esquizofrenia de su madre. No es casual que las enfermedades mentales tengan un peso determinante en sus obras y que a menudo el psiquiatra sea un héroe y el teniente un patán. Al lado de sus protagonistas camina siempre un dopplegänger nacido del delirio alcohólico o de la amnesia.

Cabrera Infante afirmó categóricamente que solo existían tres escritores de novelas de misterio genuinamente originales: Poe, Hammett y Bardin. Julian Symons contribuyó a extender su fama entre el público inglés: Bardin era un adelantado a su tiempo; estaba más cerca de Patricia Highsmith que de Agatha Christie. Sus maestros fueron Graham Greene y Henry James.

Mi novela favorita de Bardin es El percherón mortal. Puede que el título dé ganas de cabalgar desenfrenadamente en dirección opuesta. Pero está magistralmente traducida al castellano por César Aira para Versal, Barcelona (Ediciones B también lo ha publicado en bolsillo) y es una joya del hard-boiled psiquiátrico (si tal subgénero existe), con el Nueva York de la Segunda Guerra Mundial de fondo y unos secundarios escapados de Freaks de Tod Browning.

John_Franklin_BardinOctubre de 1943. El doctor George Matthews es psiquiatra en Nueva York. Una mañana llega a su consulta un joven llamado Jacob Blunt, rico heredero. Acude a la consulta para verificar si se está volviendo loco. Cuenta que hay unos hombrecillos vestidos de malva y verde. Le encargan que reparta monedas entre la gente que encuentre a su paso. Los hombrecillos le pagan por llevar una flor en el pelo. Una distinta cada día. Le pagan por silbar en el Carnegie Hall. Afirma que los hombrecillos son duendes irlandeses, leprechauns que han liberado un enorme tesoro y lo están distribuyendo. El doctor piensa que Blunt es un neurótico o un esquizoide. Pero de la conversación que mantienen sobre su vida y su familia no saca ninguna conclusión. Sus reacciones son normales y sus respuestas no demuestran inquietud.

Jacob Blunt afirma que ha quedado con uno de los hombrecillos, de nombre Eustace, en una cafetería de la Tercera Avenida esa misma tarde. ¿Querría acompañarlo George Matthews a la cita y así comprobar si es todo una alucinación o por lo contrario que es cierto que Eustace existe?

En el bar Eustace emerge de un corro de parroquianos. Ha estado jugando a los dados. Su puntería parece sobrenatural. Viste efectivamente chaqueta verde y pantalones malva. Es un enano típico. No un duende irlandés sino un enano norteamericano. Se sientan los tres a la barra. Eustace no parece estar contento con la presencia del doctor. Jacob le dice que el doctor puede trabajar para ellos, si ellos quieren. Eustace dice que no cree que sea el tipo adecuado para el trabajo que ellos pueden darle. Además, Jacob ya no tiene que repartir monedas. Lo que tiene que hacer esa misma noche es ir al apartamento de Frances Raye, la primera bailarina de la ciudad, y entregarle un caballo percherón. Jacob titubea. ¿Y si ella no está en casa?

En mitad de la noche el teniente Anderson, viejo amigo de George Matthews, le llama por teléfono. Han encontrado muerta a Frances Raye. Alguien la apuñaló por la espalda. Jacob Blunt estaba en el portal, borracho, tocando el timbre del edificio, con la tarjeta del doctor en el bolsillo. Había un percherón atado a una farola. Anderson y Matthews se reúnen en la comisaría. Ni uno ni otro opinan que Jacob sea el asesino. Pero hay que vigilarle. Averiguar qué ha sucedido. Deciden que Jacob  quedará por unos días bajo la custodia del doctor para así recabar información. Llegan los policías con Jacob. Pero no es Jacob. Es un hombre que no se parece nada a él. El doctor duda sobre cómo debe actuar. Decide seguir la corriente y simular creer que ese tipo es Jacob, su paciente del día anterior. Piensa que una vez en la consulta obtendrá algún dato de utilidad. Pero cuando están bajando al metro alguien golpea al doctor y pierde toda conciencia.

Meses después despierta en un psiquiátrico, en una cama con correas. Soy el doctor George Matthews, afirma. No, le dice el médico. Usted es John Brown, maleante. No, soy George Matthews. Llame a mi consulta. Mi enfermera se lo dirá. El médico regresa diciendo que el doctor Matthews ya no trabaja allí. Llame al teniente Anderson, pide George. El médico dice que el teniente afirma que su amigo George Matthews se suicidó hace casi un año. Llame a mi esposa. Su esposa se ha mudado y no dejó la nueva dirección. Entonces George acepta que le han robado su vida, si es que aquella otra alguna vez fue su vida. No comprende ni recuerda pero asume su situación y decide hacer las cosas bien. En el hospital responde adecuadamente a las preguntas de los psiquiatras que le atienden. Por supuesto él se sabe todos los trucos y consigue que le den el alta. Ha inventado una vida para John Brown y sus custodios se la han creído. Los doctores dictaminan que Brown se ha recuperado. Puede salir al mundo, tener un empleo. Hará las cosas con calma.

El hospital le consigue trabajo como camarero en una cafetería de Coney Island. Allí ve su rostro en un espejo después de todo ese tiempo. Una cicatriz roja y mal curada le atraviesa la cara en diagonal. No puede creerlo. Su rostro es asimétrico, una mueca grotesca se dibuja en sus labios. Por el bar transitan todo tipo de seres caídos, mujeres barbudas y microcéfalos que trabajan en el parque de atracciones vecino. Empresarios venidos a menos y mujeres tiradas que han leído a Kant y a Spinoza. Permanece algún tiempo en ese limbo nocturno de feria. Decide vivir esa vida que ya es tan suya como la otra. También es verdad que está paralizado por la incomprensión de lo que le ha sucedido.

Ahora el asesinato de Frances Raye parece un asunto secundario.

Corresponde al doctor George Matthews desvelar ambos misterios.

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