El hombre en el castillo

Alemania y Japón han ganado la guerra. Europa, África y el este de los Estados Unidos hasta las Rocosas pertenecen al Reich. Asia, las islas del Pacífico, Sudamérica y la Costa Oeste de Estados Unidos está controlada por los japoneses. Los alemanes han dominado la carrera espacial: los cohetes de Lufthansa ya llegan a Marte y a Venus. Han secado el Mediterráneo para dedicarlo a la agricultura y han convertido a media África en pastillas de jabón o en algo peor; el narrador evita dar demasiados detalles sobre este punto.

Los japoneses ejercen sobre los americanos un yugo menos rígido. Estamos en San Francisco, aproximadamente en 1960. La novela comienza en Artesanías Americanas, la tienda de Robert Childan, americano. Alemanes y japoneses coleccionan antiguos artículos yanquis: mecedoras, armas, objetos labrados y en general toda bagaleta made in USA antes de la segunda guerra mundial. Es un negocio próspero. El señor Tagomi, alto funcionario de Japón en San Francisco, está buscando un regalo para agasajar a un empleado del Reich, el señor Baynes, que está por llegar en misión comercial. Por medio del atribulado señor Childan consigue para Mr. Baynes un reloj de pulsera de Mickey Mouse de 1938. Es un regalo perfecto. Sólo quedan diez ejemplares en el mundo.

Mientras tanto, Frank Frink, que trabajaba fabricando artículos americanos de imitación, ha sido despedido tras el descubrimiento por parte de los comerciantes de un falso Colt 44 de la guerra de secesión vendido como auténtico. Con otro empleado del taller monta un pequeño negocio de joyas contemporáneas que ellos mismos diseñan y funden. El señor Kasoura, cliente de Childan, descubre que estas piezas -brazaletes, pendientes, alfileres- carecen de wabi pero tienen wu: transmiten satisfacción. Podrían -sugiere Kasoura- venderse como amuletos entre las poblaciones incultas de oriente y Sudamérica. Childan tiene en sus manos un gran negocio y también un dilema moral: ¿traicionar el auténtico e incipiente arte norteamericano? Frink, que le ha añadido a su apellido una r para disimular su origen judío, acaba de separarse de Juliana, una bella entrenadora de judo. Ella ha encontrado en su camino a un camionero italiano -exsoldado fascista- con el que se dirige a Denver a pasar unos cuantos días de diversión. También planean visitar al misterioso escritor Hawthorne Abdensen.

En la zona japonesa, ante cualquier incertidumbre inmediata todos consultan el I Ching, El libro de los cambios, el oráculo chino de más de cinco mil años de antigüedad. Además del I Ching rueda de mano en mano otro libro, una novela: La langosta se ha posado, de Hawthorne Abdensen, que vive en un castillo en Wyoming rodeado de fuertes medidas de seguridad. En ella Abdensen narra -ucronía dentro de la ucronía, el juego de los espejos siempre imantó a Dick- cómo sería el mundo si las potencias del Eje no hubieran ganado la guerra. Juliana y su amante italiano, Childan y sus clientes japoneses e incluso los oficiales del Reich leen La langosta con reverencia y temblor. La imaginación y la exactitud con la que Abdensen narra otra historia posible en la que los nazis perdieron la guerra es prodigiosa y sobrecoge a los germanos, que lamentan que los japoneses no prohibieran su publicación en su zona de influencia.

The man in the high castle (1962) le granjeó a Philip K. Dick el respeto del público y aún hoy es considerada una de sus novelas más importantes. Obtuvo con ella el premio Hugo, galardón que ha recaído después en autores como Frank Herbert (Dune), Isaac Asimov (Los propios dioses) o más recientemente en China Miéville (La ciudad y la ciudad). Por primera vez en su carrera como escritor no imagina un futuro hipotético, sino un pasado diferente. El I Ching fue fundamental para la composición de El hombre en el castillo. Jung fue uno de sus más famosos adeptos. John Cage lo utilizó para derivar las progresiones de su acordes. Algunos físicos lo usaron para determinar el comportamiento de las partículas subatómicas. Dick reconoce su influencia al principio de la novela. Usa la versión de Richard Wilhelm traducida al inglés en 1950 por Cary F. Baynes, apellido que Dick le da a un personaje que no es quien parece ser. Mundos paralelos, amenazas de destrucción, espionaje, neurosis y filosofía Zen componen la substancia de un texto cuyos giros argumentales decide Dick/Abdensen a golpe de hexagrama. Todo puede ser lo que realmente es y también su contrario. Todo aquí posee (gracias únicamente al lenguaje) una forma inquietante de familiaridad.

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