El Cobre (II)

Eran las cuatro de la tarde de un lunes, llovía incesantemente y estábamos en el Cobre. Es raro estar en el Cobre, un lunes. Es raro. Yo había estado mirando por encima un libro que era la correspondencia entre Lezama y Rodríguez Feo entre 1945 y 1953. Ese libro lo había comprado en Trinidad, en la única librería que encontramos. Los precios eran en pesos cubanos y compramos como cinco o seis libros. Todas ediciones muy malas (o sea, muy feas) lógicamente cubanas. Leí, en la tarde lluviosa del Cobre, balanceándome en la mecedora y fumando un purito también, algunas cartas de ese libro. Leía con más interés las de Lezama, pero todo lo leí muy negligentemente. Había cartas de Lezama de ritmo muy poético, cartas hechas de versos tensos. Me gustó, en este estilo, una del 25 de agosto del 46 en pleno influjo de Virgo: un proustiano revela americanamente la forma atildada de su espera.

Para antinarrar un lunes en el Cobre tengo que traer a unas camareras negras famélicas, a una perra mojada y a un hueso mondo.

En el refectorio de paredes pintadas de azul lechoso como lago patagónico me senté a las 18.00 horas. Servían la cena de 18.00 a 19.00 y me senté allí por motivos ajenos al apetito: yo pensaba que aquella era un hora descabellada para cenar. Yo era una observadora de la escena disfrazada de comensal. La camareras-celadoras ya habían comenzado a distribuir los platos en sus carritos de hospital. Dos o tres mesas estaban ocupadas por lacónicas parejas cubanas llegadas de otros extremos. Entraba por los vanos una luz alucinógena. Cinematográfica. Pensé en Pasolini. A escenarios sobrios, argumentos disparatados. A hospitales robados, un cuento del Decamerón. El refectorio, perfecto en su sobriedad, estaba apuntalado en sus esquinas por dos objetos históricos decorativos: una máquina registradora americana de los 50 y una máquina para hacer churros. Iba y venía una negra con mirada de pozo y se acercó para tomarme nota del menú. Era extraño que me tomara nota, pues no había alternativas. Había arroz y había pollo asado. Sin embargo, frente a mí, la negra estuvo escribiendo un rato en su libretita, el pie derecho descalzo sobre el mocasín izquierdo. El hijo de Juanito estaba arriba haciendo fotos pero yo igual encargué el menú de él, que aterrizó sobre la mesa antes que él. Se posaban las moscas sobre su plato y yo miraba hacia la escalinata tratando de describir.

Arroz hecho en olla arrocera, al vapor, sin un gramo de grasa, seco. Pollo asado seco también. Enjuto. La única bebida era un zumo de mango muy dulce a temperatura ambiente. Carencia de cerveza pseudocola o agua embotellada. La cena se convirtió en un emplasto y cada bocado exigía un concienzudo ejercicio de salivación. Yo había decidido no tomar el zumo de agua de grifo, dulcísimo y del tiempo, y picoteé en la cena como una presidiaria su rancho el primer día de condena. (Soy muy consciente de estar narrando además de describiendo, pero si no, ¿cómo traer aquí a las camareras, a la perra mojada y al hueso mondo?). ¡Mi reino por una cristal!

Luz alucinante y vespertina entrando por los vanos, luz azulando bizantinamente las paredes del refectorio, luz de cine, salón 1936, opulenta (decorativa) caja registradora, camareras negras arrastrando mocasines, miradas tristes y fronterizas, perra mojada ladrando fuera. Sobre los cafetales iba opacándose la niebla como una sábana. Masticación dificultosa.

La cena dejó de mi lado una magnífica osamenta.

Muslo y contramuslo del enjuto pollo de importación canadiense atacado sin ganas por sus partes más carnosas relucía de blanqueces sobre mi plato. La negra lo retiró con mirada neutral de limítrofe pobre. ¿Había hambre en esa mirada? ¿Cenaban las camareras atrás, en la invisible cocina? (Se escuchaba el inevitable trajín de los cacharros) ¿O en su pírrico salario no estaba incluida la cena? ¿Quién administraba aquello? ¿Unas monjas? Por alguna razón yo había esperado ver monjas con hábito y toca pululando por la hostería en lugar de santiagueras famélicas, madres de familia luchadoras habitantes del pueblo chabolista del Cobre.

Aquí hace su aparición una perra mojada que había llegado al hall bajo la lluvia con cara de quien reclama un hueso. Salimos y allí estaba ella, negra. Con cara de yo no fui, con cara de esperar un hueso. Entablamos con ella una pequeña conversación de la que se dedujo que sí, que esperaba roer alguna cosa.

El hijo de Juanito fue hacia donde aún estaban las camareras y les pidió un hueso para la perra negra. Al poco regresó… con hueso mondo. Absolutamente mondo. ¿De dónde había salido ese hueso tan mondo? No de mi plato, desde luego. Tampoco del suyo. De todas formas la perra se contentó: lo atrapó entre los dientes y se escabulló fuera. Había que buscar un buen escondite para roerlo en paz. Lejos del asedio de otros perros mojados y hambrientos. Después pensé que tal vez las camareras tenían ellas mismas perros que alimentar y habían reservado para ellos las osamentas más carnosas. Era lógico.

<no continuará>

<por ahora>