El placer y el sereno, de Orestes Hurtado

                                                            texto leído en la presentación del libro, en el Centro de Arte Moderno de Madrid

El placer y el sereno es el segundo libro publicado de Orestes Hurtado (aunque tiene una abundante obra inédita; confío en que vaya apareciendo en breve, aunque sea en pequeñas dosis como esta). Lo ha editado Bokeh, un sello radicado en Leiden, Países Bajos, con el escritor también cubano Waldo Pérez Cino al frente del proyecto y que cuenta con un catálogo muy cuidado en que el figuran obras de Carlos Alberto Aguilera, Ena Lucía Portela, Reina María Rodríguez o José Kozer, entre otros.

Orestes nació en la Habana pero lleva viviendo en Madrid desde el año 95. El libro abarca 20 años de escritura y en él el autor nos propone un tránsito, una especie de recorrido iniciático desde el Vedado a Chamberí, pero también, para ser más exactos, del Vedado a Júpiter: el primero (barrio habanero) es el escenario donde un niño ve cómo se aproxima la tormenta y en el último un hombre intenta salvarse en el corazón de la tormenta, en un vórtice anticiclónico del planeta Júpiter conocido como “la gran mancha roja”. El narrador va de Cuba a Júpiter como si tal cosa y de alguna manera el libro es lo que sucede entre esas dos tormentas.

La composición de este volumen, la selección de textos que incluye, lleva implícita la voluntad de marcar pero también de cerrar fases de escritura. Se trata de ir zanjando vías, maneras de calibrar sus intereses como escritor y sus preferencias como lector.

Decía que es su segundo libro publicado. El primero fue Cuentos de salir, editado por Verbum en 2009, un volumen que reunía 9 cuentos o relatos en los que un narrador salía de un lugar más o menos concreto y llegaba a un sitio bastante extraño. Salir y llegar eran solo dos premisas, dos actos para narrar un fragmento de vida mental que adoptaba la forma de una diatriba, una distopía o de un sueño que quiere probarse un disfraz aún más misterioso.

Comparte en cierta medida el mismo proyecto estético El placer y el sereno. A los no cubanos les voy a aclarar que placer no es solamente lo que parece. En Cuba se le llama placer a un solar o a un campo yermo, y esta polisemia nos permite imaginarnos a un vigilante, a un flâneur persiguiendo con el lenguaje una forma placentera para su paseo solitario o para su ronda nocturna.

A los textos que componen el libro prefiero no llamarlos cuentos ni ensayos ni poemas porque uno de los placeres del sereno consiste precisamente en dinamitar  la frontera entre los géneros y darles otro además nombre: túmulo, lámina, apológo, sermón o simplemente historia. Historias que hablan de la imposibilidad de escribir una historia (y de que esas historias tengan un final). Historias que proponen la trastienda de un relato y que a veces son solo un vislumbre que quedó ahí como una huella. Historias cuyo cometido es invocar un misterio y que a veces nos parecen incompletas porque plantean un suspense sin desenlace. Aquí el misterio está presente no como un subterfugio narrativo sino como una condición del propio lenguaje. Una definición posible para este libro sería: sucesión de  micromundos mentales de un narrador al que le interesa hacer cristalizar determinadas zonas de la atención.

Como además de lectora de Orestes soy amiga suya y hemos compartido unos cuantos paseos veo que al autor y al narrador les une una inclinación a focalizar su atención en ciertas subtramas, en posibilidades derivativas de un estado alterado de conciencia o en datos que vienen de la memoria pero que van a otra parte. El nombre compuesto de un actor secundario que siempre hacía de asesino; una conversación entre porteras al pasar (no solo lo que se dicen si no también el tono en que lo dicen y tal vez el intercambio de un adjetivo que ha caído en desuso); un dato biográfico de apariencia irrelevante pero que podría ser el germen de una novela policiaca o metafísica; el último tema de la cara B de una cinta, una versión acústica y por supuesto analógica que de tan gastada arrastra unos ruidos como de psicofonía… Este  tipo de cosas a las que Orestes presta atención como transeúnte tiene que ver con su escritura y con el hecho de que sus temas sean irreductibles al argumento o a la sinopsis. Hay una relación entre esta cara B de la atención y el modo en que el narrador hace avanzar el relato a través de una serie de bucles mentales en los que el lenguaje inicia una persecución o se decanta por una posibilidad.

Fue precisamente esto lo primero que me llamó la atención cuando leí las historias que componen El placer y el sereno: el hecho de que el autor había descartado la anécdota, la peripecia, los actos físicos. En estas historias incluso el escenario es una mera sugerencia, una mínima premisa para poner en marcha una poética o activar una memoria.

La carrera a lomos de una bicicleta de la infancia

El recuerdo de una velada que nos cambió para siempre

El paseo que sirvió de prólogo a un poema

La atención que un joven lector presta a cuanto sucede en el vagón de tren donde viaja

Un hombre que espera y con el mismo acto de esperar emprende un combate verbal

Un hombre derrotado que inventa una vida para cada una de las pelusas de su casa

Estas pequeñas sinopsis son solo un intento de reducir a hechos o de esbozar un pequeño contexto para las voces que el narrador despliega, a veces como un detective en su tanteo, a veces como punto de partida (como decía) para la persecución de una forma.

Es la vida del lenguaje lo que está en juego, la posibilidad de despojar a la lengua de algunos sus vicios, con un narrador al que le adivinamos su condición de extranjero (extranjero en cualquier parte y en un sentido amplio) por su búsqueda de una nueva familiaridad con la lengua, en la elección de unas palabras que puedan crujir dentro de un envoltorio nuevo e iluminar de otra forma el significado o el sentido.

Hay una subversión, las ganas de romper un orden, la intención de provocar en el lector pequeñas detenciones, mínimos cortocircuitos. La escritura de Orestes camina por unos derroteros muy alejados del mainstream, de la prosa eficaz, la trama eficiente y los personajes inolvidables. Lo que le interesa a Orestes como narrador es vérselas con el lenguaje, haciendo uso de la libertad absoluta que solo en él reside.

Hace décadas, en un volumen titulado precisamente El placer del texto, Roland Barthes decía: En la lengua servilismo y poder se confunden ineluctablemente. Si se llama libertad no solo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad fuera del lenguaje. Desgraciadamente el lenguaje humano no tiene exterior: es un recinto clausurado. Sólo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística según la describió Kierkegaard, o por el amén nietzschiano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua. Pero a nosotros, que no somos caballeros de la fe ni superhombres, solo nos resta, si puedo decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, yo por mi parte, la llamo: LITERATURA.

Literatura entendida como búsqueda, literatura entendida como espacio para la anomalía verbal. Literatura que en el caso de Orestes asume como influencias la ecuanimidad y el ritmo de Reinaldo Arenas, la sugerencia de atmósferas raras de Calvert Casey y Lino Novás, la fábula antropofágica de Virgilio Piñera, la excepción morfológica de Lezama Lima o el misterio sellado de Dulce María Loynaz. A pesar de reconocer una cierta deuda con estos autores reacciona también contra ese canon vaciando el relato de todo aquello que puede ser considerado “capital simbólico” o “repertorio” de la tradición cubana.

Orestes ha ido reflexionando a lo largo del tiempo sobre su propia escritura y ha ido reuniendo una serie de fragmentos que componen una especie de corpus teórico y poético sobre su concepción de la literatura. Voy a leer algunos porque ilustran de manera más precisa lo que yo he pretendido decir aquí.

He ido probando sistemas de desmembramiento. Maneras de liquidar las convenciones o por lo menos que la prosa conduzca por un camino que sea el que a mí me interesa. A veces me interesa ir por lo más trillado y demostrarme que ahí, en esa apariencia puede latir (en ciertos pliegues o en ciertos finales) una sensación, un ritmo, una juguetona sensación de ser marioneta que mueve otros hilos más pequeños, como de un little golem o de una brizna de polen.

Cuando Bacon le decía Duras que él no dibujaba, sino que hacía todo tipo de manchas y esperaba lo que llamaba el accidente. Eso puedo entenderlo. Mi manera de escribir es esa. Escribo manchas que sé que me importan por razones del todo herméticas. Las escribo porque me es inevitable hacerlo y voy empujando manchas por un paisaje mental. Bacon decía que no se puede comprender el accidente, pero que el método para recibirlo era una suerte de “imaginación técnica”.

La prosa absoluta. El concepto me viene de Benn, a través de Albert Béguin. Me proporciona una dimensión otra para el continente o prosa. Más que simple información se pretende colocar en el molde de palabras densas la idea translímite de que le cabe todo o de que todo se le puede acercar. Que no es solo poema, es una organización textual que del poema extrae posibilidades y se encamina hacia un bosque de sentido cuyo etiquetado es irrisorio.

Hace unos días me topé con una reflexión del escritor argentino Daniel Link que me parece que está conectada con la literatura de Orestes y con esta cita voy a terminar la introducción. Dice: Mis obsesiones como crítico (pero sobre todo como escritor) tienen que ver con el modo en que se puede articular la vida con la escritura. Me interesan esos momentos en que los textos vacilan, cuando hay algo que los vuelve inclasificables y no se sabe bien lo que se está leyendo: ¿un diario?, ¿una carta?, ¿un poema?, ¿una novela? Y si me importan esos momentos de vacilación es precisamente porque me parece que en esos intersticios cabe un mundo entero. Se trata de aprender a leer eso que falla.

Se trata de aprender también, podríamos añadir, a leer eso que falta. Esta es una de las exigencias (o de las complicidades) que Orestes nos demanda como lectores. Porque a pesar de sus líneas discontinuas y sus fracturas voluntarias detrás de la letra impresa hay un relato de vida.

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