Devaneo y muerte de Clarice Lispector

Está claro que los cementerios no forman parte del circuito turístico de Rio: no tienen vistas al mar. Y en cualquier caso, ¿quién nos movería a una pequeña peregrinación en esta ciudad? ¿Para escuchar qué extraño monólogo acudimos ante la tumba de un escritor? ¿Quién yace en la tumba de un poeta?, se pregunta Cees Nooteboom al comienzo de Tumbas de poetas y pensadores, compendio de un centenar de lápidas visitadas en varios continentes, agradecido producto editorial al fin, mezcla de semblanza y onanismo. La literatura como necrología, me digo después de leer algunas de las crónicas, pequeños ensayos algunas, poema escogido con foto de la tumba otras.

En Rio Nooteboom visita a Carlos Drummond de Andrade y a Machado de Assis, ambos en el cementerio de Sao Joao Batista en Botafogo, barrio céntrico. No visita en cambio a Clarice Lispector, que no es poeta ni pensadora  pero sí la escritora más importante del siglo XX brasileño y que descansa a unos 20 kilómetros de la zona sur y de las playas, en el cementerio israelita del barrio de Cajú. ¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto?, insiste Nooteboom. (…) porque queremos que los muertos reparen en nosotros (…) cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho (…) visitamos a unos muertos a los que conocemos mejor que la mayoría de los vivos.

Y bueno, después de la samba y las playas y esos funiculares que dejan al turista en la situación idónea para contemplar la vista aérea y por demás espléndida de la bahía me propongo al menos una antipostal carioca: un cementerio. La visita a la tumba de Clarice Lispector. El cementerio de Cajú es el mayor de Brasil, pero Clarice está enterrada en un pequeño cementerio judío aledaño al grande. Es domingo por la mañana y acaban de abrir. En la entrada hay un negro gordo ofreciendo kipás. Me escabullo hacia adentro eludiendo todo intercambio, con la sensación de que en cualquier momento me interpelará algún patriarca ortodoxo para preguntame qué vengo a hacer aquí. Pero no. Brilla el sol y algunas empleadas canturrean mientras limpian y me dan afablemente los buenos días. En frente ni un alma. La perspectiva es geométrica, abigarrada, solitaria. ¿Cómo encontraré la tumba de Clarice?

Recorro los estrechos senderos que separan las hileras y después de 15 minutos decido pedir ayuda a unos operarios que hacen labores de jardinería. ¿La escritora?, responden. Allí, enfrente de ese banco blanco. Y señalan con el índice un punto incierto a unos 30 metros de distancia. Estoy segura de que no la han leído, pero Clarice es una celebridad. Mal leída y muy manoseada. Clarice virou muito pop, había sentenciado Max diez minutos después de conocernos. Clarice virou chiclete. También estuvimos de acuerdo en que las dos mejores novelas brasileñas del siglo XX eran Gran Sertao: veredas, de Guimaraes Rosa y Os sertoes, de Euclides da Cunha. Y no sólo del siglo XX; de todos los tiempos. Todos los tiempos es muy poco tiempo aquí cuando hablamos de cualquier cosa, sobre todo de literatura. De Clarice escojo los cuentos, compilados en dos volúmenes: A felicidade clandestina y Laços de familia. Del primer libro me quedo con El huevo y la gallina, pieza lúdica y metafísica. Después de una década releo en estos días los primeros cuentos del segundo volumen y me siguen pareciendo buenos. Devaneos de personajes femeninos al borde de la epifanía. La inminencia del milagro en un viaje en tranvía. Toda la obra de Clarice tal vez puede resumirse en la búsqueda de la trascendencia a través del devaneo cotidiano, de un lenguaje que traspone sus propios límites en indagación desesperada.

Clarice murió el 9 de diciembre de 1977. Pocos meses antes le habían diagnosticado un cáncer terminal. Cuenta su biógrafo Benjamin Moser que el día de su muerte tuvo una hemorragia y se levantó de la cama del hospital. Quiso salir del cuarto. Una enfermera la detuvo y se lo impidió. Ella la miró con rabia. ¡Has matado a mi personaje!, exclamó. Alguien dijo que el mejor epitafio para Clarice sería: Converteu-se na sua própia ficçao. Y ciertamente es mil veces mejor que el que leo ahora ante mí. Tan impropio de Clarice me parece que decido sacarlo del plano.

clarice 1

Hoy hay al menos una docena de biografías de Clarice Lispector en cualquier librería carioca, pero nadie acudirá a visitar su tumba al cementerio mañana (hoy es 8 de diciembre), cuando se cumplan 36 años de su muerte. En cambio habrá algún homenaje en Rio, alguna obra de teatro, alguna mascarada pop para celebrar al icono. Todo estrictamente minoritario. Ante su lápida pienso en qué pinta tendrá Clarice ahí abajo y entonces recuerdo una anécdota macabra que cuenta Moser. Obsesionada por la decadencia de su belleza, en sus últimos años Clarice contrató a un maquillador de nombre Gilles para que una vez al mes acudiera a su domicilio para aplicarle un maquillaje indeleble. Pero Clarice solía caer en un sueño profundo debido a los medicamentos que tomaba. Entonces Guilles obtuvo permiso para maquillarla dormida. Lo más difícil eran las pestañas postizas, confesaría él tiempo más tarde.

Anuncios