Tusk, de Kevin Smith

Uno o más pardillos se adentran en terreno desconocido y salen muy mal parados. Esta es a grandes rasgos la fórmula que el cine de terror adolescente (o más propiamente el slasher) ha seguido desde los años 80 para que el espectador, parapetado tras su montaña de palomitas, se sienta más listo (y más a salvo) que el protagonista y pueda disfrutar así de las mutilaciones, torturas y mutaciones diabólicas a las que un agente del mal o un asesino en serie somete a una familia entera, a una pandilla de amigos o a un incauto solitario, de Wes Craven a Adam Wingard.

Tusk (2014), la segunda incursión de Kevin Smith en el terror, sigue este patrón pero se remonta a Tod Browning y rinde homenaje al pulp para revisar el tema crucial  de la metamorfosis. La metamorfosis entendida como castigo o fatalidad pero también como posibilidad de supervivencia.

Al contrario de lo que sucede en el cine de terror clásico, en el que la anomalía o la deformidad es un punto de partida, en Tusk la transformación es un destino final. Cuando el psicópata es misántropo y cirujano nos encontramos con un posible reverso del doctor Frankenstein.

El hombre lobo, el hombre araña, el hombre elefante, los freaks de Freaks… Kevin Smith no habla aquí de la deformidad congénita ni de la psicología de un tipo que va de feria en feria para ganarse la vida u oponerle al amor verdadero esa miseria física que es. Kevin Smith es un gordo al que echaron de un avión por ser demasiado gordo y constituir por tanto una amenaza para sus congéneres; es natural que desee vengarse de quienes escriben las normas.

Una breve sinopsis: Un  periodista fracasado (Justin Long) convertido en locutor de podcasts (aquí el origen de la película) viaja de California a Canadá para entrevistar a un friqui que se ha hecho viral con un vídeo gore. Cuando llega se encuentra con que el friqui se acaba de suicidar, así que para que el viaje no sea en balde se ve en la obligación de encontrar otra buena historia para su programa. Y sí, va hacia una buena historia cuando acude al reclamo del misterioso personaje Howard Howe (Michael Parks) para pasar una noche en su mansión escuchando anécdotas extraordinarias. El anciano anfitrión es un veterano de guerra que sobrevivió a un naufragio y pasó seis meses en una costa helada con la única compañía de una morsa, el único amor de su vida.

Kevin Smith logra refutar el género de terror revitalizando el pulp, narrándonos una historia tan sumamente grotesca que termina siendo cómica, aunque este hecho no le ahorre al espectador ni un ápice de malestar ni la solitaria desolación final. Del mismo modo que fue capaz de abordar el porno desde la comedia romántica (en Zack and Miri make a porno, 2008) para reírse a carcajadas de la industria y ya puestos rendirle homenaje a John Hughes, Kevin Smith consigue filmar en Tusk un cuento de horror mutante, mutante como su propio cine, y hacernos pensar de paso (como diría aquel) en la porosidad de ciertas fronteras.

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