Vita, Violet, Virginia

En realidad nada ocurre hasta que describes. Así que tienes que escribir muchas cartas a tu familia y amigos, le dijo una vez Virginia Woolf a Nigel Nicolson, hijo de Vita Sackville-West. El Tractatus de Wittgenstein se había publicado en Londres hacía un par de años y Nigel nunca olvidó a aquella estrafalaria y meditabunda amiga de su mamá. El amor muere pero los buenos libros no, y Virginia hizo que aquella historia de amor trascendiera en Orlando y atravesara los siglos en dos direcciones. Pero es otro el libro que nos ocupa, un amor previo el que le da origen.

Retrato de un matrimonio (Editado por Grijalbo en 1975, comprado en saldos por 4 euros) nace cuando Nigel encuentra en 1968 un manuscrito en un maletín en la alcoba de su madre, en aquel castillo que coronaba una roca. El maletín portaba unas 60 páginas autobiográficas que Vita escribió en junio de 1920, cuando su historia con Violet Trefusis era todavía más fueguito que rescoldo. Los folios del maletín relataban una amistad de infancia y adolescencia y una pasión que nace en 1917 y dura tres años en los que van, vienen, viajan en tren y en barco y pasan semanas en casonas de campo mientras Europa se desgaja. Una escena como de cine mudo pone fin a la aventura: los dos esposos, Harold y Denys, cornudos ambos, alegre homosexual el primero, triste enfermizo el segundo, cruzan el Canal de la Mancha (ellas se escondían en una Amiens bombardeada) en una avioneta biplaza el 14 de febrero de 1920 para forzar un fin, para reclamar a sus mujeres respectivas en nombre de las buenas costumbres. La convención y algo que tuvo el viso de una emboscada en forma de malentendido que Harold tendió a Vita hace recular a las amantes fugadas y he aquí a Vita escribiendo a corazón abierto esas páginas  que componen las 2/5 partes de Retrato de un matrimonio. Las 3/5 partes restantes son la narración del propio Nigel, encargado de atemperar el romance descrito por su madre oponiéndole la constancia matrimonial.

RETRATO DE UN MATRIMONIO

Después de su ruptura con Vita, Violet Trefusis (hija de Alice Keppel, amante de Eduardo VII y confinada por la historia como socialité) tuvo una larga relación con Winnaretta Singer, heredera del imperio de las máquinas de coser y casada con un conde de Polignac que era a su vez homosexual. El de Harold y Vita fue un matrimonio bien avenido, con dos hijos y muchos perros y una complicidad tan grande como el castillo de alas separadas que compartían. Después de Violet llegó Virginia. Así se la describe a Harold cuando la conoció en 1922:

Sencillamente adoro a Virginia Woolf. Lo mismo te pasaría a ti. Te caerías de espaldas ante su encanto y personalidad. Fue una fiesta muy agradable. Me preguntó mucho por tu Tennyson (Harold también era escritor). La señora Woolf es sencilla: produce la impresión de algo grande. No es afectada en absoluto: no hay adornos exteriores… se viste atrozmente. A primera vista parece fea; pero enseguida se impone como una especie de belleza espiritual y te quedas fascinada, contemplándola. Anoche se presentó un poco mejor; es decir, reemplazó los calcetines de lana color naranja por unos blancos de seda, pero siguió usando esos zapatos grandes. Es distante y humana al mismo tiempo; se queda callada hasta que tiene algo que decir y entonces lo dice magníficamente. Es vieja (cuarenta años). Nadie me ha entusiasmado tanto, y creo que le gusto. Al menos me invitó a Richmond, donde vive. Querido, he perdido completamente el corazón .

Nigel dice que The land, la novela de Vita, desilusionó a Virginia, pero fue muy delicada al respecto. Después Nigel escribe:

¡Pero Orlando! imaginaos a esas dos mujeres, que se veían por lo menos una vez a la semana, escribiendo una sobre la otra, deslizándose de súbito en Knole (castillo familiar de los Sackville-West) para arrebatarle otro párrafo al castillo, a Long Barn para que Vita confesase algo más sobre su pasado (Violet, a quien Virginia conoció, aparece en el libro como Sasha, una princesa rusa, “como un zorro o un olivo”), arrastrando a Vita a un estudio de Londres para que las fotografiaran, fascinándola, dejando entrever algo del gran juego imaginativo pero sin mostrarlo nunca del todo, hasta que el día anterior al de la publicación llegó Orlando envuelto en un paquete de Hogarth Press seguido varios días después por la autora con el manuscrito de regalo. Vita le escribió a Harold: ya voy por la mitad del Orlando y estoy en tal torbellino de excitación y confusión que apenas sé dónde me hallo o quién soy. Se sintió halagada, por supuesto, pero, más aún, la novela la identificó siempre con Knole. Virginia, con su genio, había entregado a Vita un consuelo único por haber nacido niña (siempre quiso ser niño) y quedar excluida de su herencia por la temprana muerte de su padre ese mismo año. El libro, para ella, no fue solo una brillante máscara o exhibición. Fue un verdadero monumento.

Vita en un álbum de Virginia, a mediados de los años 20

Vita en un álbum de Virginia, a mediados de los años 20

y:

Se mostraban mutuamente provocativas y solícitas, Vita pareció sorprenderse de que Virginia pudiera llegar a amarla carnalmente (en términos de la propia Virginia) y cuando, en diciembre de 1925 se acostaron juntas por primera vez en Long Barn, la casa de Vita cerca de Knole, parece que la iniciativa fue tanto de Virginia como de la más experimentada Vita (…) Virginia no mostró miedo o vergüenza al acometer con 41 años de edad la primera aventura amorosa de su vida. Los biógrafos de Virginia, su sobrino Quentin Bell y el propio Nigel entre ellos, están de acuerdo en que el matrimonio con Leonard -también bien avenido- nunca se consumó.

Cuando Virginia empezó a escribir Orlando Vita tenía ya un affair con una tal Mary Campbell. No se lo ocultó a Virginia, que se lo reprochaba medio en broma en sus cartas (si te has entregado a Campbell, no tendré nada que ver contigo y así quedará escrito claramente en Orlando).

De una carta de Virginia a Vita el 15 de marzo de 1927:

Te encantará saber, porque eres un ogro, si alguna vez existió alguno, que pasé el día de ayer hundida en la melancolía. La ratonera se llenaba y rellenaba y no había carta tuya, nada durante quince días. Hasta la señora Cartwright notó mi melancolía y me ofreció un bollo. Al fin, cuando parecía haber muerto la última esperanza y las aguas de la desesperación se habían cerrado sobre mi cabeza mientras yo estaba sentada junto al fuego de gas, llegaron dos, llenas como nueces, deliciosas, lechosas, carnosas, satisfaciendo todos los deseos de mi alma, excepto porque, querida, había una ausencia absoluta de palabras cariñosas. Para castigarte, no te llamaré ni una sola vez cariño en esta carta. Ahí tienes. Oh, sí, Vita, soy más sutil de lo que piensas. Lee entre líneas, burrito West; ponte tus gafas de cuerno y los bordes áridos de mi prosa florecerán como el desierto en primavera: ciclámenes y violetas, todos floreciendo, todos meciéndose.

Las cartas entre Virginia y Vita se van espaciando, se vuelven ácidas por despecho, por distancia, por rencillas literarias (Virginia difundió que Vita escribía con “pluma de latón”).

Una de las últimas cartas que le escribe Virginia en febrero de 1939 empieza así:

Se rumorea que últimamente se ha visto en Piccadilly un enorme y desaliñado perro ovejero. Al ser interpelado, respondió al nombre de V. Sackville-West.

Vita retratada por Inge Morath un año antes de su muerte (1961)

Vita retratada por Inge Morath un año antes de su muerte (1961)

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