Destrucción de la mañana, J. M Fonollosa

Como nunca he visto una foto de Fonollosa me lo imagino con la cara de Eugenio. El responsable de esta suplantación es Albert Plà o en todo caso el productor del Supone Fonollosa, disco mítico de los 90 que me descubrió a ambos -a Albert Plà y a José María Fonollosa- y donde Eugenio recitaba el introito del disco, léase Puedo empezar. A Fonollosa lo veo con cara de Eugenio entrando o saliendo de hoteluchos con goteras y con muchachas desamparadas en los catres. Lo imagino doblando esquinas con abrigo largo y sucio, fumando tabaco negro, en días grises. El caso es que el otro día fui a la filmoteca a ver una película coreana y antes entré en la librería, una sucursal pequeña pero bien provista de La buena vida y quedaba un ejemplar de Destrucción de la mañana editada por la desaparecida DVD, y la compré. La película, por si a alguien le interesa, se titulaba Peppermint Candy, de Lee Chang-dong y era sobre un tipo que se suicida. Es decir, se suicida al comienzo de la película y después hay 127 minutos para explicar los motivos que le llevaron al suicidio mediante capítulos retrospectivos que cuentan la vida que el tipo llevó en los últimos veinte años, de tal manera que el espectador aplaude la iniciativa del protagonista y se dice que sí, que el cretino se merecía el suicidio o una bala perdida. La película no me entusiasmó (o se me hizo larga) pero era domingo y llovía y estaba Fonollosa también y una especie de existencialismo sucio (si existe el realismo sucio debe existir también el existencialismo sucio, son la misma cosa). Era, en resumen, un día perfecto para el suicidio. No para el mío, claro. Pero pensé en el suicidio como en algo incuestionable. Incuestionables sus razones, quiero decir. Con el tiempo una aprende a respetar ese tipo de decisión porque nadie se quita la vida por pereza o por vanidad. El protagonista de Peppermint Candy es un perdedor que ha matado por error y ha torturado queriendo y ha sido engañado, en general. Ha sido una víctima de sí mismo y de la historia reciente de su país. Decide que la vida no vale la pena y se arroja a las vías del tren al grito rabioso de “volveré”. Volverá para vengarse de la vida cochina que tuvo, me digo. Pero ese me parece un mal motivo para volver. Decisión kármicamente nefasta la venganza o la ira. Volverá siendo un caniche en Corea del Norte, me digo. O lo que es peor, siendo un hombre en Corea del Norte. Me río. Pero juzgar si la vida vale o no la pena es la cuestión fundamental de la filosofía, dice Camus al principio de El mito de Sísifo. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce, viene después. Se trata de juegos; primero hay que responder (…) Si me pregunto por qué juzgo tal cuestión más urgente que la otra, respondo que por las acciones a las que compromete. Nunca he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Y del suicida coreano vengativo regreso a Fonollosa, que murió solo y de un infarto en su piso de Barcelona en 1991, rodeado de discos de jazz y de libros y de mugre, con un poema escrito a lápiz sobre la mesa, poema leído después por Robe Iniesta para cerrar el Supone y que dice así: No a la transmigración en otra especie, no a post vida, ni en cielo ni en infierno, no a que me absorba cualquier divinidad… Rechaza otro existir, tras consumida mi ración de este guiso indigerible. Otra vez, no. Una vez ya es demasiado. Y pienso que después de todo y a pesar de todo ese existencialismo sucio, de todo ese nihilismo impregnado de sobras y de humo, tipos como Fonollosa decidieron vivir y cargar con todo eso y hacer su obra. Es la obra lo que perdura. La vida sólo me ha servido para la obra. Siempre he tenido el deseo de inmortalidad y me parece que la conseguiré. Quiero dejar una muestra de que yo también he estado aquí. Esto lo dijo Fonollosa en la presentación de Ciudad del hombre: New York, un año antes de su muerte, en una cafetería anodina. Se negó a la sesión fotográfica. La certeza triunfal aunque esquemática de estas palabras choca contra todo su corpus poético, son pura paradoja pero también un reconocimiento íntimo de la vida. La vida sólo me ha servido para la obra. Quien escribe para dar fe del fracaso vital, de lo absurda y cochina que es la vida, tiene, al fin, tamaña esperanza: ser inmortal.

1. Y de pronto una voz, mirada, un gesto
tropieza con mi idea de mí mismo
y veo aparecer en el espejo
a un ser inesperado, insospechado,
que me mira con ojos que son míos.

Ese desconocido que soy yo.
Ese al que los demás se dirigían
al dirigirse a mí, sin yo saberlo.
Ese irreconocible ser inmóvil
que inspecciona mis rasgos hoscamente.

En vano apremio al otro, el verdadero,
a aquel que unos segundos antes yo era.
Sólo está frente a mí, con ceño adusto,
ese desconocido inesperado
que me mira con ojos que son míos.

13. Salgo a la calle. Dudo hacia cuál lado
dirigirme. Da igual un sitio que otro.
Todas las direcciones se bifurcan
en incomodidad o aburrimiento.

De la alta oscuridad baja la lluvia
tropezando en las ráfagas del aire
y se agarra al cabello, manos, traje…

Es bueno caminar en la llovizna.
Es bueno andar despacio bajo el agua.
Sin rumbo uno asimismo, lluvia y viento,
como agua y soplo, nada, por la calle.

14. Los nudillos golpean los cristales
de un bar en una esquina. Hasta mí arriba
mi nombre que me busca entre la lluvia.

Es grato oír el nombre que uno lleva.

Es grato descubrir que uno aún importa.
Que importa a sus amigos que le llaman
cuando pasa uno andando por la calle.

40. Subo las escaleras de mi casa
despacio, descontento, taciturno.
Tan sólo un pensamiento me conforta:

Las casas están llenas de frustrados.
De seres, como yo, sin aptitudes
para ser singulares en enjambres
pese a aspirar brillara su luz propia.

Y poco a poco fueron acogiéndose
a un amor, profesión, final destino
que no era el que anhelaran. Y están solos.

41. Entro en mi habitación. Entramos ambos
mutuamente, eludiéndonos, sombríos.
Está cansado. Noto su cansancio.
Antes no me cansaba con mi cuerpo.

Le miro en el espejo. Está en silencio.
Abatido. Presume su derrota.
Pesaroso. Le escupo varias veces.
Tal vez me compadece y le doy lástima.

Acaso me comprende y me disculpa.
Quizás él también sufre al conocerse
indeseado en mí y juzga que es inútil
pretender que tolere su presencia.

Le aborrezco, es verdad. Y mi desprecio
se extiende por su rostro palidísimo
como áspera maleza por el monte.
Y golpeo el cristal que me lo muestra.

Hasta que le hago huir de mi mirada
sangrándole las manos. ¿O son mías,
por el dolor que corre entre los dedos
y vocifera alertas a mi mente?

Pero está ahí, en el suelo. En mil lugares
se distingue su faz atribulada
que me observa. Y transforma su expresión
en la actitud absorta que era mía.

Cierran el volumen tres cartas en que el autor explica sus intenciones poéticas a tres corresponsales. Fonollosa comenzó a escribir Destrucción de la mañana en Cuba en 1955 (vivió allí una década) y luego lo retomó en 1987 en Barcelona. Menciona el trabajo de decantación, la búsqueda del ascetismo del lenguaje, un despojamiento que se parezca a la crisis emocional del antihéroe. Aun suponiendo que Fonollosa y su antihéroe se parecen (el doble y el poeta durante todo el libro se persiguen, comparten la misma sombra el flâneur y el otro) hay un gramo de placer en dejar constancia de la sangre corriendo, de la desidia, del fracaso, de lo inútil de todo. Porque la destrucción es su contrario. Escupirle al espejo donde uno se mira es el gesto que decide, aunque el razonamiento sea absurdo, que vale la pena vivir.

Más poemas de F.

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .