Boarding home

Hace un par de años, conversando en Camagüey con un escritor cubano mencioné a  Lorenzo García Vega, todavía vivo en Playa Albina, que había pasado buena parte de su exilio miamense trabajando como bag boy en un supermercado. Él lo llamó el loco de Lorencito con la familiaridad de quien lo hubiera frecuentado y luego hizo un ademán con la mano como apartándolo, llamando al benjamín de Orígenes escritor menor. Yo saqué de una bolsa El oficio de perder, su grueso tomo de memorias, uno de los libros más raros y deslumbrantes que he leído y lo blandí ante él. Dijo que ese no lo había leído y lo miró con la codicia del lector omnívoro que no tiene acceso a casi nada de lo que quisiera revisar. Dijo que aquel era un buen título para un libro, vaya si lo era, y luego contó que una vez el loco Lorencito había acusado de lesbiana a Fina García Marruz, la mujer de Cintio Vitier, y que se había armado un escándalo y muchos le habían retirado la palabra (“pero qué le habrá pasado a Lorencito” se lamentaban sus amigos). Ahora pienso que de haberle nombrado yo a Guillermo Rosales lo hubiera menospreciado igual llamándolo escritor de 200 páginas, llamándolo escritor cuya principal virtud fue acaso la esquizofrenia, acaso el suicidio, escritor sobredimensionado postmortem por la industria editorial, autor de una obrita insignificante.

Guillermo Rosales nació en La Habana en 1946 y se pegó un tiro en Miami en 1993. Había escapado del castrismo en el 79, con una esquizofrenia diagnosticada en la URSS. Al contrario que otros escritores cubanos de su generación de prosa exuberante y neobarroca (pienso en Reinaldo y en Sarduy) Rosales parece dejar toda tradición en la orilla para instalarse en una pútrida patria donde sí, todo ha sido esquilmado. Literatura de frontera. De asilo. De hospicio. En el psiquiátrico de los mugrientos hay, siempre, un poeta. Una voz cuenta lo que ve. One Flew Over the Cuckoo’s Nest. El loco escapó de una tiranía. No escapó a su propia aniquilación. Narra sus despojos pero también su odio “estaba alimentado por el odio, era su principal motor. Un odio contra la naturaleza humana. No perdonaba a nadie, ningún defecto, ninguna debilidad, empezando con él mismo”, dice su amigo Carlos Victoria.

En 1967 había quedado finalista del premio Casa de las Américas con El juego de la viola. Pero en el jurado Noé Jitrik y Cortázar se inclinaron por una novela sobre las guerrillas bolivianas. Hasta su suicidio malvivió en asilos, hospitales, cuartuchos. En 1987 ganó un concurso local con el voto de Octavio Paz con Boarding Home, titulada luego La casa de los naúfragos y esos fueron sus 15 segundos de gloria. Guillermito era un loco agresivo. Siempre angustiado, siempre mordaz. El juego de la viola se publicó después de su muerte. El conjunto de relatos El alambique mágico permanece parcialmente inédito.

Su estancia en el boarding home, en La casa de los náufragos (1987) -publicada en España por Salvat en 1987 y reeditada en 2003 por Siruela con epílogo de Ivette Leyva Martínez, traducida como The Halfway House en Estados Unidos- se desgrana con prosa enjuta, es un rosario escatológico. Entre Faulkner y Kesey la redención, el asco, la furia. Rosales dejó este testamento: un libro lapidario de apenas cien páginas de un realismo tan sucio que mancha. Describe no sólo la rutina del home y la condición de exiliados de la vida de quienes están allí (o de suicidados de la sociedad, recordando a Artaud). La corrupción del burgués encarnada por el dueño de la casa, Curbelo, que roba cuanto puede a sus huéspedes; el ambiente de degradación de Miami con sus 150.000 marielitos esperando en el west una oportunidad; el fracaso del amor y la tristeza de todo, la imposibilidad del artista, acosado siempre por los demás y por sí mismo.

“Creo que la experiencia de quien vivió el comunismo y el capitalismo y no encontró valores sustanciales en ninguna de ambas sociedades (sic), merece ser expuesta. Mi mensaje ha de ser pesimista, porque lo que veo y vi siempre a mi alrededor no da para más. No creo en Dios. No creo en el hombre. No creo en ideologías”.

A mí la novela me parece buena.

Fuente: Ábaco. Precio: 4 euros

Fuente: Ábaco. Precio: 4 euros

Copio el principio.

La casa decía por fuera “boarding home”, pero sabia que sería mi tumba. Era uno de esos refugios marginales a donde va la gente deshauciada por la vida. Locos en su mayoría. Aunque, a veces, hay también viejos dejados por sus familias para que mueran de soledad y no jodan la vida de los triunfadores.

―Aquí estarás bien -dice mi tía, sentada al volante de su Chevrolet último modelo―. Comprenderás que ya nada más se puede hacer.

Entiendo. Casi estoy por agradecerle que me haya encontrado este tugurio para seguir viviendo y no tener que dormir por ahí, en bancos y parques, lleno de costras de mugre y cargado de bultos de ropa.

―Ya nada más se puede hacer.

La entiendo. He estado ingresado en más de tres salas de locos desde que estoy aquí, en la ciudad de Miami, a donde llegué hace seis meses huyendo de la cultura, la música, la literatura, la televisión, los eventos deportivos, la historia y la filosofía de la isla de Cuba. No soy un exiliado político. Soy un exiliado total. A veces pienso que si hubiera nacido en Brasil, Venezuela o Escandinavia, hubiera salido huyendo también de sus calles, puertos y praderas.

―Aquí estarás bien ―dice mi tía.

La miro. Me mira duro. No hay piedad en sus ojos secos. La casa decía “boarding home”. Es una de esas casas que recogen la escoria de la vida. Seres de ojos vacíos, mejillas secas, bocas desdentadas, cuerpos sucios. Creo que sólo aquí, en los Estados Unidos, hay semejantes lugares. Se les conoce también con el nombre de homes, a secas. No son casas del gobierno. Son casas particulares que cualquiera puede abrir siempre que saque una licencia estatal y pase un curso paramédico.

―…un negocio como otro cualquiera -me va explicando mi tía-. Un negocio como una funeraria, una óptica, una tienda de ropa. Aquí pagarás trescientos pesos.

Abrimos la puerta. Allí estaban todos. René y Pepe, los dos retardados mentales; Hilda, la vieja decrépita que se orina continuamente en sus vestidos; Pino, un hombre gris y silencioso que sólo hace que mira al horizonte con semblante duro; Reyes, un viejo tuerto, cuyo ojo de cristal supura continuamente una agua amarilla; Ida, la gran dama venida a menos; Louie, un yanki fuerte de piel cetrina, que aúlla constantemente como un lobo enloquecido; Pedro, un indio viejo, quizás peruano, testigo silencioso de la maldad del mundo; Tato, el homosexual; Napoleón, el enano; y Castaño, un viejo de noventa años que sólo sabe gritrar:”¡Quiero morir! ¡Quiero morir! ¡Quiero morir!”.

―Aquí estarás bien -dice mi tía―. Estarás entre latinos.

Avanzamos. El señor Curbelo, dueño de la Casa, nos está esperando en su buró. ¿Me dio asco desde el principio? No lo sé. Era gordo y fofo, y vestía un ridículo atuendo deportivo rematado por una juvenil gorrita de pelotero.

―¿Éste es el hombre? ―pregunta a mi tía con una sonrisa.

―Éste es -responde ella.

―Aquí estará bien -dice Curbelo―, vivirá como en familia.

Mira el libro que llevo debajo del brazo y pregunta:

―¿Te gusta leer?

Mi tía responde:

―No sólo eso. Es un escritor.

―¡Ah! ―dice Curbelo falsamente asombrado―. ¿Y qué escribes?

―Mierdas -digo suavemente.

―¿Trajo las medicinas? ―pregunta entonces Curbelo.

Mi tía las busca en su cartera.

―Sí -dice―, Melleril. Cien miligramos. Debe tomar cuatro al día.

―Bien ―dice el señor Curbelo con semblante satisfecho―. Ya lo puede dejar. Lo otro es asunto nuestro.

Mi tía vuelve a mirarme a los ojos. Creo ver, esta vez, una asomo de piedad.

―Aquí estarás bien -asegura―. Ya nada más se puede hacer.

Mi nombre es Wiliam Figueras, y a los quince años me había leído al gran Proust, a Hesse, a Joyce, a Miller, a Mann. Ellos fueron para mí como los santos para un devoto cristiano. Hace veinte años terminé una novela en Cuba que contaba la historia de un romance. Era la historia de un amor entre un comunista y una burguesa, y acababa con el suicidio de ambos. La novela nunca se publicó y mi romance nunca fue conocido por el gran público. Los especialistas literarios del gobierno dijeron que mi novela era morbosa, pornográfica, y también irreverente, pues trataba al Partido Comunista con dureza. Luego me colví loco. Empecé a ver diablos en las paredes, comencé a oír voces que me insultaban, y dejé de escribir. Lo que me salía era espuma de perro rabioso. Un día, creyendo que un cambio de país me salvaría de la locura, salí de Cuba y llegué al gran país americano. Aquí me esperaban unos parientes que nada sabían de mi vida, y que después de veinte años de separación ya ni me conocían. Creyeron que llegaría un futuro triunfador, un futuro comerciante, un futuro playboy; un futuro padre de familia que tendría un casa llena de hijos, y que iría los fines de semana a la playa y correría buenos carros y vestiría ropas de marca Jean Marc y Pierre Cardin; y lo que apareció en el aeropuerto el día de mi llegada fue un tipo enloquecido, casi sin dientes, flaco y asustado, al que hubo que ingresar ese mismo día en una sala psiquiátrica porque miraba con recelo a toda la familia y en vez de abrazarlos y besarlos los insultó. Sé que fue un gran chasco para todos. Especialmente para mi tía que esperaba una gran cosa. Y lo que llegó fui yo. Una vergüenza. Una mancha terrible en esa buena familia de pequeños burgueses cubanos, de dientes sanos y uñas pulidas, piel rozagante, vestidos a la moda, ataviados con gruesas cadenas de oro, y poseedores de magníficos autos último tipo y casas de amplios cuartos con aire acondicionado y calefacción, donde no falta nada en la despensa. Ese día (el de mi llegada), sé que se miraron todos con vergüenza, hicieron algún comentario mordaz, y salieron en sus autos del aeropuerto con la idea de no verme jamás. Y hasta el sol de hoy. La única que se mantuvo fiel a los lazos familiares fue esta tía Clotilde, que decidió hacerse cargo de mí, y me mantuvo durante tres meses en su casa. Hasta el día en que, aconsejada por otros familiares y amigos, decidió meterme en el boarding home; la casa de los escombros humanos.

―Porque comprenderás que nada más se puede hacer.

La entiendo.

Ese boarding home fue, originalmente, una casa de seis cuartos. Quizás viviera en ella, al inicio, una de esas típicas familias americanas que salieron huyendo de Miami cuando empezaron a llegar cubanos huidos del comunismo. Ahora el boarding home tiene doce cuartos pequeñísimos, y en cada cuarto hay dos camas. Cuenta, también, con un televisor viejísimo, que siempre está descompuesto, y una especie de salón de estar con veinte sillas duras y destartaladas. Hay tres baños, pero uno de ellos (el mejor) es del jefe, el señor Curbelo. Los otros dos tienen siempre los inodoros tupidos, pues algunos de los huéspedes meten en ellos camisas viejas, sábanas, cortinas y otros artículos de tela que usan para limpiarse el trasero. El señor Curbelo no da papel higiénico. Aunque por ley debía darlo. Hay un comedor, afuera de la casa, que atiende una mulata cubana, llena de collares y brazaletes religiosos, que se llama Caridad. Pero ella no cocina. Si ella cocinara, el señor Curbelo tendría que pagarle treinta dólares más a la semana. Y eso es algo que el señor Curbelo nunca hará. De modo que el mismo señor Curbelo, con su carota de burgués, es el que hace el potaje todos los días. Lo cocina de manera sencilla; cogiendo con la mano un puñado de chícharos o lentejas y metiéndolos (¡plaf!) en una olla a presión. Quizás le echa un poco de ajo en polvo. Lo otro, el arroz y el plato fuerte, viene de una cantina a domicilio llamada “Sazón”, cuyos dueños, como saben que se trata de una casa de locos, escogen lo peor del repertorio y lo mandan de cualquier manera en dos grandes cazuelas grasientas. Debían enviar comida par veintitrés, pero sólo mandan comida para once. El señor Curbelo considera que es bastante. Y nadie protesta. Pero el día que alguien protesta, el señor Curbelo, sin mirarlo, le dice:”¿No te gusta? Pues sino te gusta ¡vete!”. Pero… ¿quién se va a ir? La calle es dura. Aun para los locos que tienen los sesos en la luna. Y el señor Curbelo lo sabe y vuelve a decir:”¡Vete rápido!”. Pero nadie se va. El protestón baja los ojos, retoma la cuchara y vuelve a tragar en silencio sus lentejas crudas.

Porque en el boarding home nadie tiene a nadie. La vieja Ida tiene dos hijos en Massachusettes que no quieren saber de ella. El silencioso Pino está solo y sin conocidos en este enorme país. René y Pepe, los dos retrasados mentales, no podrían jamás vivir con sus hastiados familiares. Reyes, el viejo tuerto, tiene una hija en Newport que no lo ve hace quince años. Hilda, la vieja con cistitis, no sabe ni siquiera cuál es su apellido. Yo tengo una tía… pero “nada más se puede hacer”. El señor Curbelo sabe todo esto. Lo sabe bien. Por eso está tan seguro de que nadie se irá del boarding home y de que él serguirá recibiendo los cheques de trescientos dólares que el gobierno americano envía a cada uno de los locos de su hospicio. Son veintitrés locos; siete mil doscientos veintidós pesos al mes. Por eso el señor Curbelo tiene una casa en Coral Gables con todas las de la ley y una finca con caballos de raza. Y por eso se dedica los fines de semana al elegante deporte de la pesca submarina. Por eso sus hijos salen retratados el día de su cumpleaños en el periódico local, y él va a fiestas de sociedad vestido de frac y corbata de lazo. Ahora que mi tía se ha marchado, su mirada, antes cálida, me escruta con fría indiferencia.

―Ven -dice con sequedad. Y me lleva por un pasillo estrecho hasta un cuarto, el número cuatro, donde duerme otro loco cuyo ronquido recuerda el ruido de una sierra eléctrica.

―Ésta es tu cama ―dice, sin mirarme―. Ésta es tu toalla ―y señala una toalla raída y llena de manchas amarillas-. Este es tu closet, y éste es tu jabón -y saca la mitad de un jabón blanco del bolsillo y me lo entrega. No habla más. Mira su reloj, comprende que es tarde y sale del cuarto cerrando la puerta. Entonces pongo la maleta en el suelo, acomodo mi pequeño televisor sobre el armario, abro complemente la ventana y me siento en la cama que me han asignado con el libro de poetas ingleses entre mis manos. Lo abro al azar. Es un poema de Coleridge.

boarding homeboarding homeboardin home

Anuncios

2 comentarios en “Boarding home

  1. Excelente novela. Me arriesgo a comentar que es la mejor novela del realismo sucio cubano. Nadie como él expresó los desmanes que se viene en esos tugurios que son los bording home. También el juego de la viola es un buen texto. Desgraciadamente aún no he leído los relatos de Guillermo Rosales. Si tiene a mano alguno en versión digital, puede hacérmelo llegar a mi correo, pitopitocorojito@gmail.com
    Saludos, me llamo Jorge Carpio.

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s