Los proust

¿Y después? Habría que tenerlo todo preparado. Decir con Fonollosa puedo empezar pues a escribir mi libro. Querrán saber dónde vivo y cómo soy. Habrá que definirse. Tocar un poco las palmas. Hale hop, como en aquel desalmado poema del Exterminador. La luna era mi madre y el fin es ese después de todas las ceremonias, los huracanes y las muertes. Después de todos los ensayos y todas las pantomimas ligeramente ensangrentadas ejecutar el libro como quien admite que el ridículo inevitable es un acto más digno aunque sea pueril la entrega, aunque después estemos vacíos respondiendo cuestionarios. Queremos saber cuál es su virtud favorita, qué músicos y pintores han llenado su vida como razonable complemento en los ratos que no se mata. Esos pequeños suicidios. Insignificantes y necesarias muecas para quienes asomados a la ventana gustan de hurgar con un lápiz en el ojo de la abuelita.  No me sea usted sádica y responda cuanto antes con mucha o ninguna sinceridad (la impostura es lo inteligente). Diga cuál es su cualidad favorita en una mujer (las preguntas van en serio). El humor. La capacidad analítica. Qué risa. Tu principal defecto. Tu pájaro favorito (somos tolerantes, nos ponemos exóticos a veces). Tus autores de ensayo favoritos (a veces nos ponemos intelectuales, intentamos serlo todo el tiempo pero tenemos hijos de los que ocuparnos). El libro que estás leyendo ahora. El idiota. Huy, el idiota dice. ¿Un actor? ¿Una actriz? A todas las preguntas habrá que responder. Sin despeinarse. Sin quedarse calva. Defínase pero ya. Si no fueras tú qué personaje quisieras ser. ¿De ficción? ¿De la vida real? ¿Pero existe la vida real? Qué risa señora. Me pilla usted muy desprevenida. Lo ético sería cortarse las venas buscando  un rojo arterial, como Rothko (el letón) o meter la cabeza en el horno después de darles el desayuno a los niños. Perdone mi pesimismo, señora. Voy a servirme una copa de vino. En la selva vino no beben. No acompaña el clima. El clima de la selva representa en sí mismo la condición de la barbarie. Es difícil mantener la salud, incluso la elegancia, en un lugar así. Recuerde esas pieles constantemente lubricadas por la transpiración. No es civilizado eso. Lo civilizado es meter la cabeza en el horno mientras los niños desayunan risueñamente en el cuarto. Sobre un mantel de cuadros. Hacerse el harakiri como Salgari en lo alto de una colina. Lo razonable es precipitarse al vacío, como Primo Levi. Cuarenta años después de sobrevivir al holocausto. Rociarse de gasolina y darse candela como la negra anónima. Lo ético es negarse a responder. Lo ético es no exponerse.  “Es más tarde de lo que crees”.

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