Breve biografía de Lúdica S.L

Lúdica, esquiva al tremebundo lastre genético que la bisabuela decimonónica propensa al bocio le aportara, recorre hoy, sin ton ni son, una serie de países. La gota de sangre de estirpe judeoconversa (y extramatrimonial) insuflada al alcornoque o al olmo seco, la libró, furtivo drible de última hora, de las taras que la endogamia propinara a sus hermanos varones por parte de madre. El bombeo de la sangre rezagada, tiñendo la costumbre y la evolución natural de las especies de cierto viso de prosperidad normal, colocó a la generación siguiente viendo el parte en tresillos de escai. Las décadas posteriores soplaron el papel pintado de las paredes del comedor pero no la reproducción enmarcada del entierro del conde de Orgaz, ni el bodegón tétrico con mondas y mortero, ni la versión fronteriza y atroz del cambista y su mujer. Sentados al brasero de la camilla, quienes contaban ávidos monedas eran, hepáticos, la cambista y su marido. Ni un solo vestigio macilento teñirá de espanto la rememoración que acaso perpetren las generaciones venideras, instaladas a todas luces en un mundo aséptico y funcional, dormitando sobre perfiles de cuño sueco.

En la línea paterna, la abuela morisca -sombra en fachadas encaladas, tarde de moscas y cortinas de cuentas- dueña y señora de agujas de punto remedaba celosías. Nada se sabe hoy del bandolero con patillas que por ventura la embistió. Mas la rima y el saqueo fueron clara impronta de su herencia en su exigua descendencia.

Permeable a la oleada noventayochista de pesimismo, acabó la primera sus días pescando salmonetes en un charco úrico a los pies de un colchón de lana, alpistada y senil. Longeva y marchita la segunda, murió evocando a su hijo fusilado y la vejación de la que ella misma fuera objeto en plaza pública: su pelo blanquísimo lanzó un último destello bajo el sol del mediodía y se emboscó sin dudarlo al oscuro reflejo de un pozo.

Habiendo intuido Lúdica las penosas represalias que iba a acarrearle el ejercicio público de sus más brillantes constataciones, rehusó indagar en la repercusión de las humillaciones históricas que desde un rey gotoso hasta acá el imperio padeciera; se sumió en un mutismo cerril y se abandonó a la deriva buscando otras patrias.

Muy lejos siempre de la profesionalidad, trémula en la antesala de lo irrisorio, se implicó vitalmente en las aristas carnales de la agorafobia y la hipocondría, en baudelaireanas embriagueces, en precarios cambios de sexo, dislexias respiratorias, contagios delirantes, poluciones del automatismo. Su iniciación sexual corrió a cargo, huelga decirlo, de unos quinquilleros desaprensivos.

¡Qué disparate!, ¡qué desatino!, gritaron al unísono el enano velazqueño y un pariente entrometido cuando lograron reponerse de unas chanzas en prime-time.

Con el paso de los años, luchando encarnizadamente contra la anemia que se impone prestigiosa en estos tiempos, logró eludir como lugares de residencia recintos que ella denominaba “el tronco hueco”, “la habitación desmantelada”, “el esqueleto que me sostuvo”. Sacrificada en la ardua tarea de ser la gemela superviviente, buscó aislamientos revocables para ver cómo la noche construye un sentido para la ausencia, para ver cómo grapa lo grave lo blando, cómo coloca diques metálicos en un mar lácteo puesto a enfriar, un mar lácteo que no levantará más olas cuando descienda sobre él la noche con su peso y con ademán adusto apuntale las cimas, apacigüe las crestas, amanse lo infantil de nuestro llanto. Para que la noche reduzca a hilo de cobre una madeja desmelenada, para que convierta en efigie tersa y pétrea a una mujer de Picasso llorando con pañuelo. Para que pulverice con las herramientas que ostenta lo tajante las hilachas vergonzantes de un lamentable melodrama, con sus erres y sus jotas, botas militares sobre las emes y las eles que se ondulan en lástima y melaza. Sacar a colación la afirmación lezámica de que existe un cinismo más trascendental que desdeña las formas elementales de la desnudez os hará suponer que agazapado entre estas líneas palpita un cuerpo acorazado. Pero no tanto; cuelgan de las más pudendas regiones unas telas muy raídas, harapos descoloridos que bien pudieran servir todavía para remendar un camisón. Sobre las brasas frías de esta noche una estrella cadente se apaga. Si un humillo delatara la presencia de un carbón aún encendido habría que pedirle a Severo (prestidigitador circense, domador estrambótico, ágil hijo de la maleza) que acuda a orinar en los rescoldos. Entre esta noche madrileña de verano y el remoto territorio de la huida varios años se interponen. Pero en realidad ni varios ni años, ni indeterminación ni cantidad. Sólo un tiempo vacío de desembalaje y provisionalidad: instalarse -tan precariamente siempre- en un cuarto que se nos parezca: libros contra la pared, apilados en columnas. Autorretratos de otros, pequeños. Una ventana mezquina que más nos vale cerrar: no se divisa el cielo. Pasa con aire distraído un plumero de avestruz por los estantes. Se deshace de una montaña de periódicos reducidos ya a pura celulosa, a una determinada cantidad de papel reciclable. Cambia de lugar un cenicero, un ornamento. Sopla el borde de una mesa para asistir a la perezosa reinstalación de unas partículas. Busca para las ruinas una solución de continuidad. Aquí, y sólo aquí, se lo permite todo. Nada acaba todavía.

macel_marien

 

 

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4 comentarios en “Breve biografía de Lúdica S.L

  1. Muy bien escrito y bien pensada cada frase. Un estilo muy personal, difícil (no te lo voy a negar) pero atractivo para profundizar, extraer y reflexionar muchos pasajes de esta biografía: “Muy lejos siempre de la profesionalidad, trémula en la antesala de lo irrisorio, se implicó vitalmente en las aristas carnales de la agorafobia y la hipocondría, en baudelaireanas embriagueces”, “Con el paso de los años, luchando encarnizadamente contra la anemia que se impone prestigiosa en estos tiempos, logró eludir como lugares de residencia recintos que ella denominaba “el tronco hueco”, “la habitación desmantelada”, “el esqueleto que me sostuvo”. por citar algunos. Muy bueno te felicito, seguiré atento, pero muy atento…

  2. Gracias. El mérito no es mío sino de Hanna O. Semicz, desaparecida hace ya casi siete años en la amazonia brasileña.

  3. A Hanna O. Semicz la comparación la hubiera ruborizado, creo. Yo me convertí en su albacea de un modo extraño- más adelante lo narraré- sin haberla conocido personalemnte siquiera. Este no es el más kafkiano de sus textos. Pero en efecto, hay mucho de Kafka en ella. Es claro que fue una de las lecturas más importantes que hizo (sobre todo El Proceso y los Diarios. También las Cartas a Milena y a Felice). Gracias por pasar por aquí. Al parecer Hanna tiene ya más amigos en Uruguay que en cualquier otro país. ¡Vivan Levrero y Felisberto!

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