Boceto para un estudio de Le rouge et le noir

Le rouge et le noir. Pero antes una somera biografía de Henri Beyle Stendhal. Nacido en 1783 en el seno de una familia burguesa, recibe una educación laica y se interesa por las matemáticas. Siendo aún adolescente marcha a París, donde lleva una vida desordenada desempeñando diversos oficios hasta que en 1800 viaja a Italia uniéndose al ejército de Napoleón en varias campañas. Stendhal le debe a este país una intensa vida amorosa y conocimientos de pintura renacentista y de música clásica neobarroca. Dos años después vuelve a París. Trabaja en la Administración, toma contacto con los ideólogos de siglo XVIII. A la caída del Imperio vuelve a Italia con la determinación de ser escritor. Con Luis Felipe vuelve a París y sus amigos liberales le concederán un puesto consular.

El rojo y el negro se publica en 1831 y está escrita en el año inmediatamente anterior. En la recta final del libro, reflejo de la realidad, grupúsculos jesuíticos y aristócratas conspiran para alejar a los liberales del poder. Pero será el propio Carlos X quien cabe su propia fosa firmando una serie de actas anticonstitucionales que causarán el furor de estudiantes y obreros y que desembocará en las Jornadas de julio, la abdicación del rey. La monarquía burguesa llega al poder en la figura de Luis Felipe de Orleans. Pero retrocedamos en el tiempo para comprender el espíritu con que Stendhal adorna a su héroe Julian Sorel. Al final de la novela Sorel cuenta 22 años; luego había nacido en 1808. La vehemencia romántica y las conquistas de Napoleón henchían el pecho de los jóvenes franceses alimentando además el tema que sería recurrente en la novela realista: el ascenso social, independientemente del signo bajo el que uno hubiera nacido. Julian Sorel, hijo de un carpintero de provincias, llega, haciendo uso de su hipocresía y enterrando sus escrúpulos, a rozar lo más alto de la sociedad parisina. Stendhal y Sorel sabían muy bien cuáles eran los medios para lograr este propósito: armas o sotana, representados simbólicamente en los colores del título.

A la caída de Napoleón se suceden en el trono Luis XVIII y Carlos X. Las constitucionales intenciones del primero se ven truncadas por la camarilla de reaccionarios que le rodea, sedientos de venganza tras el exilio.  Su gobierno evoluciona hasta el despotismo con la disminución de los derechos expresados en la Carta de 1789 y la supresión de la libertad de prensa y finaliza con su muerte en 1824. Carlos X tampoco supo ser un monarca constitucional. Sus medidas resultaron inaceptables cuando disolvió la Cámara. Stendhal, antimonárquico y anticlerical, retrata la corrompida sociedad que se gestó al amparo de la Restauración.

Julian Sorel se sabe la biblia de memoria y en latín, y ve en el camino sacerdotal el medio para hacerse un hueco en el poder de la capital. Sin embargo sus auténticas biblias son El memorial de Santa Elena, de su único y sempiterno héroe, y la Confesiones de Rousseau.

El retrato social de Stendhal es poco alentador: entre el podrido entramado de la Iglesia y la nobleza de salón ávida por conservar los privilegios, la burguesía provinciana con ilusiones aristócratas ruge (pero en silencio) de rabia por sus infructuosos intentos de instalarse en el poder. Mientras, se llenan los bolsillos con los chanchullos que les dictan desde arriba.

Stendhal es el gran maestro de lo que se ha denominado realismo romántico social: rechazo y supresión de la lírica romántica predominante durante el primer tercio del XIX (Musset, Lamartine). Voluntad de denuncia de una sociedad retratada desde un punto de vista omnisciente, a través de una prosa unívoca y cristalina que procede al análisis de los caracteres sirviéndose del monólogo interior que transparenta al lector el fuero interno de los protagonistas. Aleja de su obra los sentimentalismos melifluos que “como una plaga habían extendido por el mundo”: Chateaubriand (Atala), Saint Pierre (Pablo y Virginia), Rousseau (La nueva Eloísa) y todo un plantel de autores dedicados a escribir “novelas para criadas”. Pone ante nuestros ojos a un héroe frío y cerebral que prefiere morir con la cabeza alta, con plena conciencia y aceptación de la culpa que le lleva a la guillotina antes que ser absuelto por las malignas y putrefactas manos eclesiásticas que sostienen el poder. Esta es la ética del héroe y le conduce a un destino fatal cuando ya había rozado con sus manos la gloria.

Opuestas a las tradicionales heroínas románticas son las protagonistas femeninas de El rojo y el negro: La señora Renal, burguesa, diez años mayor que Julian, adornada con la sencillez y la bondad de la vida de provincias. Por el contrario, la joven y orgullosa Matilde de la Mole, gran lectora de Voltaire y de toda la literatura “osada” que caía en sus manos, es una muchacha noble con una mente fría que sólo desea ser arrastrada por la pasión por un verdadero héroe como Julian; rechaza a sus pretendientes duques y marqueses que la hacen bostezar hasta la desesperación en los salones de Saint Germain. Su amor por Julian es verdadero y revolucionario su papel en la novela al declarar al mundo su pasión por el hijo de un carpintero. Este personaje de mente novelesca, ansiosa por una verdadera pasión romántica, aparecerá veinte años más tarde bajo los ropajes de una campesina venida a más en la figura de Madame Bovary. Stendhal, con Balzac, inaugura el género realista. Flaubert le da la última estocada. Matilde, nacida aún en el esplendor napoleónico y habiendo visto mimada su fortuna y su linaje por las monarquías semiabsolutistas con las que llega a la edad de veinte años, sólo puede compararse con Emma en lo novelesco del delirio romántico. Ínfulas novelescas de esta última ribeteadas por la codicia hacia los adornos burgueses que propició la estancia de Luis Felipe en el trono. Matilde busca la resolución de sus anhelos por debajo de sus posibilidades. Emma se rompe las uñas pellizcando lo de arriba. Ninguna de las dos tiene sentimientos limpios: las dos están contaminadas por ríos de tinta y de “meandros lamartinianos”. En este punto se oponen  a la señora Renal, virgen en novela, verdadero primer y último amor de Julian, que cumple su promesa de no suicidarse tras la ejecución de este, aunque muere de su ausencia tres días más tarde. Como corresponde a su clase, Matilde revestirá de mármoles y piedras preciosas la sepultura de su amante y presumiblemente no tardará en reemplazarlo por el duque o marqués que todos esperan para ella y que le está predestinado.

La prosa de Stendhal es ágil y certera. Ninguna concesión poética hace posible la ambigüedad. (Es conocido que antes de ponerse a escribir leía el código civil para empaparse de su sequedad y evitar ser arrastrado por la florida prosa en boga que le era natural). Las descripciones físicas sirven solamente a la verosimilitud de la historia. Ninguna descripción entorpece el recorrido psíquico de los personajes. Su editor nos dice en el prólogo: “El señor Stendhal, aburrido de tanta Edad Media, de las ojivas y las vestiduras del siglo XV, se atrevió a contar una aventura que había tenido lugar en 1830 y a dejar al lector en la completa ignorancia de la forma de los vestidos que llevaban la señora Renal y la señorita Matilde de la Mole (…) representando a la mujer parisina que sólo ama a su amante mientras cree que está a punto de perderlo” […]

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