Virutas de David Lynch

Lars Von Trier, Polanski, Atom Egoyan y David Lynch son algunos de mis directores favoritos en activo, aunque en el caso de Lynch (Montana, 1946) nunca se sabe a qué tipo de actividad se está dedicando. El sábado 19 de noviembre anunciaba a través de twitter que su Crazy Clown Time ya estaba disponible en itunes. Por el momento sólo he escuchado la pieza que da título al álbum, con la marca de la casa Badalamenti y la vocecilla cretina de Lynch haciendo de Crazy Clown. El resultado es un tema incidental capaz de inducir al crimen (o a la locura) a la mismísima Mary Ingalls. Pero no frivolicemos. Lynch habla del miedo y habla del mal. Habla de los espacios donde el mal es posible, del “mal como entorno”, dice David Foster Wallace.  De ahí la “antimateria espiritual ambiental que flota en el aire de sus películas”.

Después de Inland Empire (2006), verdadera vuelta de tuerca de su evolución como cineasta a partir de Blue Velvet (1986) y comprensible sucesora de la genial Mullholand Drive (2001) ¿qué sorpresas nos deparará?

El año pasado vi en el Cine Doré One, el documental sobre… bueno, sobre los procesos creativos de Lynch y sus Cortometrajes, los cortos de su web más ocho capítulos de la serie Dumbland. Para mi sorpresa los cortos incluían una explicación de Lynch, que desde su estudio u oficina los prologaba verbalmente dando razones o breves pistas sobre cómo fueron hechos. Todos son altamente experimentales. Algunos exasperantes, meros caprichos de un creador que difícilmente podrá superarse ya. Después de una hora de exasperación llega la eclosión humorística con Dumbland, en la tradición de la animación políticamente incorrecta americana tipo South Park pero mucho más rudimentario, más esquemático y por esa misma razón desencadenante de la hilaridad más rotunda. Realmente cómica y escatológica y bruta, con un vecino que se folla a los patos, un tipo a quien se le queda atravesado un palo en la boca y cuando intentan sacárselo le sacan los ojos también y luego además le pasa un camión por encima etcétera. La serie parece estar dibujada por un niño y narrada por un adulto perverso. Tal vez en este curioso desajuste tan lynchiano radique gran parte de su gracia o como se le quiera llamar a esa cualidad que hace que un adulto más o menos impávido y poco receptivo a los chistes llore de risa durante su visionado (yo misma).

No sé. No me parece mal que el señor Lynch experimente en sus ratos libres mientras sus películas sigan siendo memorables. Viendo esos cortos nada parece indicar que ese señor alto, fornido sin ser gordo, con esa consistente mata de pelo tan cinematográfica, con su camisa blanca de manga larga abotonada hasta el cuello y destinando toda una tarde al bricolaje (en uno de los cortos él es el protagonista, fabricando meticulosamente algo así como una lámpara con un pie de escayola) haya sido capaz de engendrar películas como las obras maestras anteriormente mencionadas. Esto es una verdad de Perogrullo. Ningún artista aparenta ser artista. O mejor dicho, a simple vista nadie parece capaz de producir una obra maestra, porque no hay en el físico de cada uno nada que pueda revelar al genio o al maestro.

Y Lynch no hace discursos ni intelectualiza ni dice nada muy profundo ni demasiado esclarecedor ni en el documental ni en los cortos. No se deduce de sus palabras, ni de su aura, que sea capaz de rodar una gran obra. Es difícil de explicar. David Foster Wallace lo explicó muy bien en su reportaje-ensayo sobre Lynch y sobre el rodaje de Carretera perdida (1997) titulado David Lynch conserva la cabeza, incluido en el volumen Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (publicado en España por Mondadori en 2008 en traducción de Javier Calvo). Lo recomiendo con fervor, aunque dudo que haya entre ustedes alguien que no lo haya leído a estas alturas.

De los cortos de Lynch cabe destacar el cuento gótico The Grandmother, de 1970, filmado gracias a una subvención del Instituto Norteamericano de Filmografía o algo parecido. El resto son experimentos de dudoso gusto o chanzas tipo cómo ven los norteamericanos a los franceses. Muy gracioso pero muy banal.

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