Arno Schmidt: momentos de la vida de un fauno

Hanna O. Semicz cumple un año y 100 entradas.

(Las más leídas Diarios de John Cheever; Perder teorías; Chet Baker piensa en su arte; Otra novela fallida; Cambiar de idea; Reader’s post)

Nos vamos de vacaciones. Volveremos (tal vez no) en unas semanas. Estamos tratando de elegir los libros que nos llevaremos. Libros con los que esperar el apocalipsis.

No sin serias vacilaciones (y tal vez animada por la delirante sinopsis de la contratapa) Leni decide incorporar a su maleta El arco iris de gravedad, de Pynchon:

Tyrone Slothrop, un militar norteamericano que trabaja para la inteligencia aliada en Londres, en 1944, padece un grave problema: siempre que cae una de las bombas autopropulsadas alemanas V-2, él tiene una erección. De niño, Slothrop fue sometido a experimentos pavlovianos por el profesor de Harvard Laszlo Jamf, un loco científico alemán que ahora trabaja para los nazis. Laszlo inventó el Imipolex G, un nuevo plástico útil en el aislamiento de los cohetes, y condicionó las partes pudendas de Tyrone para que respondieran a la presencia de ese nuevo plástico. Ahora, ya adulto, nuestro protagonista no puede evitar sentir la presencia del Imipolex en las bombas, y sus superiores militares están investigándolo. En una Alemania devastada por la guerra, Tyrone se enfrenta a legiones de extraños enemigos, de los que tendrá que huir haciendo cabriolas.

Pero enseguida comprueba que tiene 1148 páginas y se echa a dormir.

Tras amplios paseos por la estantería patea una y dos veces con su pezuña afelpada el lomo de Los hijos de Nobodaddy. ¡Ese tampoco, Leni! Yo había comprado ese libro para no leerlo. Pero ahora lo abro, empiezo y caemos dentro durante toda una noche o más:

Momentos en la vida de un fauno

El bosque es un organismo vivo. Late cargado de milenios y acarrea en su savia la Historia. El gran bosque del romanticismo alemán ha venido a desembocar aquí. Va a ser pisoteado y antes de la conflagración Mr Schmidt en boca de su narrador Herr Düring saluda sus esquirlas, construye frases que son versos de un extraño resplandor.

El calvo cráneo mongólico de la luna se me acercaba suavemente

La corneja describió un negro arco en medio del aire sin ecos.

La antenas de los abedules me rozaban los costados.

Roja como un rubí una ígnea anémona de mar comenzó a palpitar en un bosque que parecía descrito por Döblin.

El austriaco de nacimiento y belga de adopción Jean Améry, víctima también del Tercer Reich de otro modo, prisionero de los alemanes en Gurs y Auschwitz y suicida en 1978, alude en alguna parte al bosque, el mismo que transpira en la obra de Schmidt: “Se puede hablar de la tradición literaria romántica que convertía todo espacio forestal en un constituyente anímico. Se puede constatar con sobriedad imperturbable el efecto fisiológico del ozono y la clorofila que dan un sentido muy concreto a la clave “bosque”, y afirmar que toda la superestructura del irracionalismo adicto al bosque es reducible a una reacción del sistema neurovegetativo. Por otro lado se puede argumentar que el paisaje mediatizaba una resistencia (…)”.

Y mención a Stifter, a Thomas Glahn, a Jens Peter Jacobsen.

Novela en primera persona armada en sucesión de viñetas secuenciales, cortas, donde cada frase inicial, en cursiva y sangrada a la izquierda destaca por su impacto poético y atrae al lector  hacia el centro de ese espacio narrado.

La forma de escribir una novela no debe ser un continuum; debe ser una estructura articulada en cada período. Cada fragmento debe ser algo separado -delimitado-, un todo válido por sí mismo.

Vida e ideas de un funcionario esteta y malthusiano salvado de la ramplonería moral circundante (también sus hijos, a quienes deplora, han sido educados en las consignas del nacionalsocialismo; su hijo cae en el frente ruso y al padre le importa un pito) a través de la investigación (trascendiendo para su solaz las instrucciones del señor consejero, a saber, ordenar un archivo) y la creación (fragmentos de 1939 y fragmentos de 1945). Del caldo de cultivo a la hecatombe. Mientras tanto:

Todo escritor debería recoger a manos llenas las ortigas de la realidad y mostrárnoslo todo: las raíces negras y viscosas, los tallos verdes y venenosos, las flores insolentes. Y en cuanto a los críticos, esos sempiternos aguafiestas, parásitos del espíritu, deberían dejar de dar alfilerazos a los poetas y dar a luz a su vez una obra “distinguida”: ¡Entonces el mundo se extasiaría y exhalaría gritos de gozo! Claro es que la poesía, como cualquier otra beldad, está siempre rodeada de eunucos, pero únicamente los moros verdaderos pueden apreciar las manchas en el sol.

Tres libros componen el volumen Los hijos de Nobodaddy (DeBolsillo 2012): Momentos de la vida de un fauno, El brezal de Brand y Espejos negros, publicados los tres por vez primera entre 1951 y 1953.

(Alguien debería tomarse la molestia de ampliar la entrada de Arno Schmidt en la wikipedia, ¿no? Esto es lo que dice:) Arno Schmidt (Hamburgo 1914- Celle 1979) fue un individualista, ateo y solipsista convencido y estricto. Su negativismo procedía de la experiencia alemana del Tercer Reich y sus terribles consecuencias. Su estilo sigue una línea uniforme adaptada al lenguaje coloquial. (?) Desarrolló una ortografía particular con la que pretendía mostrar el verdadero significado de las palabras hasta desarrollar una teoría atomista de las mismas.

Aquí tenemos algo más sobre su vida gracias a Patricio Pron, germanófilo. También en el texto de Julián Ríos que prologa el volumen.

El brezal de Brand

El protagonista, también narrador en primera persona, ha pasado un tiempo prisionero de los ingleses (como Schmidt, que fue traductor y combatiente en el frente occidental de Baja Sajonia). Interpelado por un aldeano sobre su profesión, contesta: “escritor” y el aldeano “para periódicos, ¿no?” y él “nada de eso (no aprecio el trabajo de los periodistas). Relatos breves, antaño lindos, ahora furiosos. En los intervalos, la biografía de Fouqué: una especie de lamparilla perpetua”.

Y continúa un flujo narrativo limítrofe con Joyce hasta llegar al apocalipsis en Espejos negros, lectura que decidimos aplazar para no poder decir que hemos leido los hijos de Nobodaddy.

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4 respuestas a Arno Schmidt: momentos de la vida de un fauno

  1. blumm dijo:

    Acabas de prescribir, no sé si eres consciente: ¡apuntado! (El caso es que -y no tiro ni de notas ni de archivos ni de libros- este tipo me suena demasiado; Arno Schmidt, Arno, Arno… Schmidt, Schmidt…)
    Descanse usted, y escriba…

  2. uff, no sabía de la edición de estas tres obras en un tomo, qué bueno. A mi me faltaba la última, espejos. Me encanta ese gato-a, y se parece tanto al mío (Pisco), que también mantiene una relación de concubinato con los libros. Saludos.

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